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Rediseñar el modelo de negocio cooperativo impulsado por tecnología

Rediseñar el modelo de negocio cooperativo impulsado por tecnología

 

Esta semana quiero compartirles nueve historias de innovación en procesos y servicios digitales dentro del sector cooperativo en América Latina. El tema cobró aún más fuerza después de escuchar dos frases inspiradoras durante el Congreso Nacional Cooperativo, celebrado en Cartagena los días 28 y 29 de agosto.

El primero del gerente de una cooperativa grande en Colombia fue: “para nosotros  la transformación digital no es tener más sistemas, es hacer que el asociado pueda llevar a su cooperativa en el bolsillo y que pueda desde pedir un crédito hasta participar en una asamblea con un clic”.

 El segundo comentario,   del gerente de una cooperativa mediana también de Colombia,  quién decía con cierta nostalgia: “Oscar, hace 20 años nuestro mayor logro era entregar créditos de manera rápida en 15 días; hoy un joven asociado espera que lo hagamos en 15 minutos, desde su celular y sin papeles.” 

Me quedé pensando en estos dos comentarios y también que ambos resumen el gran desafío que enfrentan las cooperativas en América Latina por estos tiempos.

Durante varias décadas, el sector solidario se ha sostenido sobre tres pilares: confianza, solidaridad y democracia participativa; sin embargo, los cambios en los hábitos transaccionales de los asociados, la entrada de las fintechs, las billeteras digitales, los avances en open finance en América Latina que están abriendo el acceso y la interoperabilidad de datos financieros entre entidades y las nuevas exigencias regulatorias como la llegada de los pagos en tiempo real (RTP), han acelerado un proceso inevitable: rediseñar el modelo de negocio cooperativo y solidario con apoyo de la tecnología.

Sin embargo, la pregunta que muchos líderes cooperativos se están haciendo hoy, es ¿cómo puede una entidad con varias décadas de historia, adaptarse a un mundo digital sin perder su esencia solidaria? Personalmente, considero que la respuesta está en comprender que la tecnología no sustituye el ADN cooperativo sino que por el contrario, lo amplifica, lo vuelve más cercano y más relevante en la vida de los asociados.

Cuando hablamos de rediseñar, no nos referimos a comprar la última plataforma de moda sino de algo más profundo que consiste en repensar cómo la cooperativa crea, entrega y multiplica valor para sus asociados; es decir, rediseñar no es digitalizar, es re-imaginar el valor; en la práctica, esto implica, esforzarnos como entidad por integrar experiencias digitales en toda la cadena de valor, generar nuevos ingresos a través de alianzas y servicios complementarios, usar datos y analítica para ampliar el impacto social.

Estudiando un poco,  investigando en toda Latam, y revisando algunos proyectos recientes, logré consolidar algunas historias de innovación en procesos que me parecieron interesantes para compartir.

La primera de ellas,  tiene que ver con la aprobación de Créditos solidarios en horas, y no en semanas; en este caso me refiero a una cooperativa mexicana, en la cual, los créditos solían tardar entre 7-9 días en aprobarse; pero hoy, gracias a un modelo de machine learning que cruza información alternativa como los pagos de servicios, el historial de aportes, y su consumo digital, la aprobación llega en cuestión de horas.

El impacto fue enorme ya que cientos de asociados que antes quedaban por fuera del sistema financiero, hoy acceden a crédito justo a tiempo; un cambio de proceso que no solo mejora la experiencia, sino que fortalece la inclusión financiera.

La segunda historia, tiene que ver con las asambleas digitales; en este caso,  se trata de una cooperativa rural en Colombia. Para los asociados, asistir a la asamblea implicaba viajar horas por carretera; sin embargo, hoy, con una plataforma de asambleas virtuales y votación en blockchain, esos mismos asociados participan desde sus celulares y el resultado logrado, es que la participación subió del 41% al 73%;  y esto significa que a más voces, más democracia, por ende, más esencia cooperativa.

En Chile, nuestra tercera historia, tiene que ver con varias cooperativas medianas que migraron su operación contable y de gestión documental a la nube y el resultado fue de  cerca de un 30% menos en costos operativos y la posibilidad de presentar reportes regulatorios en la mitad del tiempo; el ahorro se reinvirtió en programas de educación financiera para jóvenes asociados; este es un ejemplo claro de cómo la tecnología libera recursos para fortalecer el propósito social cooperativo.

Nuestra cuarta historia, tiene que ver con los servicios digitales; en este caso, el desarrollo de una billetera solidaria en Argentina;  resulta que un grupo de cooperativas lanzó una billetera electrónica propia; los asociados pueden transferir dinero sin costo, acceder a descuentos en comercios aliados y, lo más innovador, recibir beneficios sociales integrados en la app; esta historia me gusta en particular porque no se trata solo de competir con bancos o fintechs, sino de crear un ecosistema donde cada transacción refuerza la pertenencia cooperativa.

En Chile, varias cooperativas agrícolas enfrentaban un problema común ya que tenían que  vender su producción a precios injustos; y acá empieza la quinta historia de éxito, la solución fue un marketplace solidario donde los asociados venden directamente al consumidor. El resultado: hasta un 40% más de ingresos para los productores. La tecnología no solo transformó un canal de venta, transformó vidas.

En Colombia, un fondo de empleados es el protagonista de nuestra sexta historia; el fondo, lanzó una app gamificada para enseñar a los jóvenes a ahorrar, y a medida que cada reto es cumplido, se otorgan insignias y recompensas simbólicas. En seis meses, más del 60% de los menores de 30 años aumentaron su saldo de ahorro voluntario, constituyéndose como una prueba de que la educación financiera también puede ser divertida y efectiva.

Ejemplos con casos de éxito dignos de emular, existen muchos, mi objetivo al compartirlos con todos ustedes es motivarlos a pensar por fuera de la caja, a dejar de lado los mitos alrededor de la transformación digital y la falsa idea de que si no se realizan inversiones cuantiosas, no es posible llevar la entidad a un nivel de madurez digital más avanzado. Para finalizar quiero contarles las últimas tres historias; la Caja Popular Mexicana; protagonista de nuestra séptima historia de éxito, esta entidad,  digitalizó créditos y transferencias, manteniendo la confianza de más de tres millones de socios. La octava historia, corresponde a Cooprogreso de Ecuador, quienes crearon una “superapp solidaria” que integra desde apertura de cuentas hasta pagos de servicios básicos. Y finalmente, nuestra novena historia de éxito corresponde a Credicoop de Argentina, quienes apostaron por la banca electrónica y los servicios digitales sin perder su identidad de base social. 

En todos estos casos analizados, se demuestra que la clave no es el tamaño de la entidad, ni el país, sino la decisión de innovar con visión digital; considero que el verdadero riesgo es no actúar ya que el inmovilismo tiene un costo alto; para empezar nos podríamos convertir en irrelevantes frente a fintechs más ágiles, corremos el riesgo además de desconectar a las nuevas generaciones que esperan experiencias móviles y finalmente, quedar rezagados frente a las exigencias regulatorias de seguridad y digitalización de cada país.

La verdadera amenaza no es la tecnología, es no moverse a tiempo. La tecnología no debe verse como un fin, sino como una herramienta al servicio del propósito solidario. Rediseñar el modelo de negocio cooperativo no significa traicionar la esencia, significa ser coherentes con ella; y si el propósito es servir al asociado y generar bienestar colectivo, la tecnología es el vehículo más poderoso para lograrlo de manera más inclusiva, eficiente y sostenible. 

Las claves son claras desde mi perspectiva; en primer lugar, mantener el propósito social en el centro, pensando siempre desde las necesidades del asociado, para quien trabajamos todos nosotros finalmente; en segundo lugar, usar la tecnología para multiplicar valor y finalmente, construir una cultura de innovación constante.

El futuro de las cooperativas en América Latina no se decidirá por quién tiene la app más vistosa, sino por quién logra hacer de la tecnología un aliado estratégico del propósito solidario; de este modo, las preguntas que cada entidad debe hacerse son sencillas; por ejemplo: ¿Qué proceso puedo transformar hoy? , ¿Qué servicio digital puedo lanzar mañana?, ¿Cómo quiero que mis asociados recuerden a su cooperativa en 10 años?, entre otras.

Aquellas cooperativas que se atrevan a responder con acción serán las que marquen el futuro del sector; no se trata de comprar más tecnología, sino de diseñar estrategias digitales coherentes con el propósito solidario.

Si alguna(s) de estas historias te motivaron, o si  en tu cooperativa están evaluando cómo dar este paso, conversemos: será un gusto escuchar sus retos y compartir experiencias que les ayuden a avanzar con confianza.

¿Cómo rediseñar el modelo de negocio cooperativo con apoyo de la tecnología sin perder la esencia solidaria?


En este artículo comparto 9 historias de innovación en procesos y servicios digitales en Latinoamérica que muestran que sí es posible.

 

Te invito a leerlo y a compartir tu experiencia.


#TransformaciónDigital #SectorSolidario #InnovaciónCooperativa #OpenFinance 

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¿Está tu cooperativa lista para el futuro digital? el reloj ya empezó a correr.

En la última década, hemos visto cómo sectores completos en Latinoamérica han perdido relevancia por no adaptarse a tiempo. Las empresas de transporte tradicional frente a las plataformas de movilidad, las cadenas minoristas que tardaron en apostar por el comercio electrónico, o las agencias de viajes que ignoraron la digitalización son solo algunos ejemplos ilustrativos.

En todos los casos, el denominador común fue el mismo: subestimar la velocidad del cambio y confiar en exceso en la posición que ocupaban en el mercado.

En el sector cooperativo, el riesgo es similar. La transformación digital ya no es una iniciativa que pueda postergarse o “esperar a que sea obligatoria para comenzar”. Hoy es el elemento que definirá la competitividad, la sostenibilidad y la relevancia social de nuestras organizaciones en los próximos años.

El desafío no es solo incorporar tecnología, sino repensar cómo ésta habilita mejores experiencias para el asociado, agiliza procesos y garantiza cumplimiento regulatorio. La pregunta clave es:


¿Está mi cooperativa preparada para competir en un entorno donde la inmediatez, la experiencia del usuario y la eficiencia digital son la norma?

En el sector solidario, digitalizarse no se trata simplemente de instalar una aplicación móvil o modernizar la página web; la verdadera transformación digital implica repensar el modelo de negocio, es decir, revisar cómo generamos valor, qué servicios ofrecemos y cómo los entregamos a nuestros asociados; implica además, alinear el plan estratégico con la tecnología, no adoptar herramientas de moda, sino aquellas que soporten y potencien la visión de la organización, de acuerdo a nuestra realidad tecnológica y presupuestal; y desde mi experiencia, la más importante es la de construir una cultura digital que involucre a todos los colaboradores  en una mentalidad de mejora continua, agilidad y apertura al cambio.

Una cooperativa que se limita a comprar tecnología sin repensar sus procesos y cultura puede terminar gastando mucho dinero sin obtener beneficios reales.

El Índice de Madurez Digital (IMD) es una herramienta que evalúa de forma estructurada el nivel de digitalización de una entidad;  analiza variables como la digitalización de los procesos internos, la experiencia que tienen en los diferentes canales digitales nuestros asociados, el nivel de adopción tecnológica de nuestro equipo humano, la integración con ecosistemas externos como por ejemplo Open Finance, interoperabilidad, redes sectoriales, entre otros y finalmente, pero no menos importante, la seguridad y gobernanza tecnológica.

El IMD es clave, porque lo que no se puede  medir, no se puede mejorar; nosotros siempre sugerimos involucrar a la alta dirección con datos claros y comparables y en lo posible conformar un comité del cuál hagan parte las personas claves de la entidad. Volviendo al IMD, saber si la entidad está en un nivel inicial, intermedio o avanzado permitirá priorizar inversiones según el impacto, evitar compras tecnológicas innecesarias, diseñar una hoja de ruta realista que parta del diagnóstico, esté alineada con la estrategia, validada por algún(os) proyectos pilotos que me den la capacidad de escalar, y todo esto soportado y potencializado a través de la cultura organizacional.

Muchas veces se ve la transformación digital como un gasto; qué lástima! sin embargo, el verdadero costo puede estar en no actuar, como lo mencionamos en un artículo anterior, son innumerables los riesgos, solo por mencionar algunos podríamos hablar de la pérdida de asociados jóvenes que esperan inmediatez, personalización y autogestión digital; las sanciones regulatorias,  la eficiencia, dejando procesos manuales de lado, dado que implican más tiempo, más errores y mayores costos operativos; y finalmente, el deterioro reputacional, ya que un servicio lento o poco confiable daña la confianza, el activo más valioso de cualquier cooperativa.

 

En 2023 por ejemplo,  una cooperativa mediana en Centroamérica perdió el 18% de sus asociados menores de 35 años en un año. Las encuestas internas mostraron que el principal motivo fue la falta de servicios móviles y pagos digitales. La inversión para recuperar esa base terminó costando 3 veces más que haber modernizado su plataforma a tiempo.

Sobre los aspectos regulatorios, hemos observado patrones de comportamiento similares en toda la región durante los últimos años; tal es el caso de Colombia, en donde el Decreto 0769 de 2025 establece obligaciones claras para las entidades solidarias en materia de canales digitales, ciberseguridad y gobernanza tecnológica, fijando plazos y responsables para implementar una política de transformación digital alineada con las exigencias de la Superintendencia de la Economía Solidaria. 

En Ecuador, la Resolución No. 584-2020-F habilita a las cooperativas a realizar asambleas y procesos deliberativos de forma virtual, incorporando herramientas digitales seguras para votación, registro y participación, fortaleciendo así la modernización de su gobernanza. Complementariamente, la Ley Orgánica para la Transformación Digital exige planes estratégicos que integren objetivos, métricas y programas de digitalización institucional; en Guatemala, las iniciativas como el programa DigiLab Finance, impulsado por la IFC y Visa, han guiado a cooperativas de ahorro y crédito en la definición de hojas de ruta digitales, con énfasis en pagos electrónicos, canales digitales y modelos de negocio adaptados a un entorno tecnológico creciente, y de manera general en Centroamérica, las normativas prudenciales y de supervisión en países como Costa Rica, El Salvador y Panamá incorporan requisitos de gestión de riesgos operativos y tecnológicos, incentivando a las cooperativas a fortalecer sus canales digitales, su infraestructura tecnológica y sus protocolos de ciberseguridad. 

Existen casos inspiradores en toda la región, como es el caso de Cooperativas en Brasil que adoptaron integraciones con Pix (pagos inmediatos), aumentando su base de asociados activos en un 25% en un año. Fondos de empleados en Colombia que implementaron onboarding 100% digital, reduciendo los tiempos de vinculación de 7 días a 30 minutos. Cajas de compensación en Chile que incorporaron inteligencia artificial para responder consultas por WhatsApp, mejorando la satisfacción del usuario y reduciendo en un 40% la carga del call center.

El patrón común de todos ellos: una visión clara de negocio, un liderazgo comprometido y un plan gradual pero consistente.

Para evitar que la tecnología se convierta en un parche sin dirección, la clave está en alinear el plan estratégico con la transformación digital, algunos pasos recomendados de acuerdo a nuestra experiencia serían, en primer lugar, partir de un diagnóstico integral, medir IMD, evaluar procesos, la cultura de la entidad y las expectativas de los asociados; en segundo lugar, definir prioridades estratégicas, es decir, lo que queremos lograr en los próximos 12, 24, 36 meses (No recomendamos planes a más de dos o tres años); en tercer lugar, seleccionar tecnologías habilitadoras como plataformas de core financiero, canales digitales, CRM, analítica, automatización entre otras, en cuarto lugar, involucrar al liderazgo de la entidad (no “lanzarle” al responsable de TI el asunto), formar un comité directivo digital que tome decisiones informadas; y en quinto lugar, medir y ajustar continuamente con KPIs claros y revisiones periódicas.

La transformación digital no es un accesorio, es una oportunidad para reinventar cómo creamos valor rediseñando el modelo de negocio cooperativo con tecnología en el centro; logrando con esto, muchas cosas práctica:  tener la capacidad como entidad de desarrollar nuevos productos y servicios, tales como microcréditos instantáneos, programas de ahorro gamificados, seguros on-demand; ofrecer canales de atención 24/7 apoyados en chatbots, apps móviles, banca por voz; y como siempre le digo a nuestros clientes, el mundo no es blanco o negro, la transformación no es 100% digital o 100% física, debemos pensar en modelos híbridos, combinando cercanía física con eficiencia digital como es el caso de una cooperativa de crédito en México que integró un marketplace de productos y servicios para sus asociados dentro de su app, generando nuevas fuentes de ingreso por alianzas comerciales.

En múltiples proyectos de consultoría hemos visto patrones de error tales como comprar tecnología sin estrategia, vemos a menudo plataformas subutilizadas y altos costos de mantenimiento sin un “doliente”; falta de liderazgo digital en proyectos que dependen de una sola persona y se frenan ante cambios de personal; subestimar la gestión del cambio y la resistencia interna, generalmente por miedo y cuando haces doble click, es desconocimiento; y mi favorita, no medir resultados; muchas iniciativas sin métricas que terminan perdiendo relevancia y drenando recursos valiosos.

Cuando la transformación digital está bien ejecutada, son muchos los beneficios tangibles;  y no hablo solo de eficiencia;  los resultados se notan cuando los proyectos de transformación bien diseñados y aun mejor, ejecutados de forma adecuada, representan ingresos adicionales por nuevos servicios digitales; incremento en la fidelización gracias a experiencias personalizadas; transparencia y control con datos en tiempo real además por supuesto de la sostenibilidad al reducir consumo de papel, energía y desplazamientos.

Desde nuestra perspectiva, para 2026, algunas tendencias tecnológicas marcarán el sector; obviamente la tan de moda inteligencia artificial que evoluciona a diario pero aplicada al servicio para nuestro asociado, análisis de riesgos más ágiles,  y  la personalización de ofertas por citar algunos; desde la perspectiva de Open Finance y pagos inmediatos, que abrirán oportunidades de integración y nuevos modelos de negocio (creo que será el próximo gran movimiento), pasando por la interoperabilidad a través de conexiones entre cooperativas para compartir servicios y reducir costos y finalizando con la automatización de procesos, RPA y flujos inteligentes que eliminan tareas repetitivas.

El tiempo para actuar no es mañana, es hoy.

 

Cada cooperativa tiene un punto de partida distinto, pero todas comparten la misma urgencia: entender dónde están, definir hacia dónde ir y construir el camino para llegar. La transformación digital no se improvisa; se diseña, se lidera y se ejecuta con propósito.

Si en tu organización aún no han hecho un diagnóstico claro o no tienen una hoja de ruta priorizada, este es el momento de sentarse a evaluarlo con datos y perspectiva estratégica. No se trata de correr detrás de la tecnología, sino de ponerla al servicio de la visión y el propósito cooperativo.

La pregunta ya no es si avanzar, sino cómo hacerlo de manera ordenada, sostenible y con resultados medibles. El reloj ya está corriendo; la decisión está en tus manos.

La transformación digital en el sector cooperativo de LATAM ya no es opcional y no se trata solo de tecnología, sino de repensar procesos, cultura y modelo de negocio para seguir siendo relevantes; en mi último artículo comparto experiencias, cifras y pasos clave para construir una hoja de ruta realista que genere impacto.

Si eres parte de una entidad del sector cooperativo de LATAM como asociado o colaborador; quisiera conocer tu percepción sobre el avance digital de tu entidad.

Pregunta:

¿En qué nivel crees que está la madurez digital de tu entidad?

1️ Nivel inicial: procesos manuales y baja digitalización.
2️ Nivel intermedio: algunos servicios y canales digitales.
3️ Nivel avanzado: servicios 100% digitales y cultura innovadora.

 

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¿Qué piensas que es lo más difícil en el camino hacia la transformación?

 

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¿Y si no hacemos transformación digital, saldrá muy costoso?

Imagina una cooperativa tradicional, balances saludables, confianza local arraigada; pero todo cambia el día que un competidor introdujo una app móvil que permitió abrir cuentas, enviar remesas y recibir ahorro programado en segundos. Esa cooperativa que no adoptó transformación digital perdió asociados jóvenes, ingresos potenciales y eventualmente su relevancia.

Ese escenario podría ser el tuyo. Hoy más que nunca, el costo de quedarte estático puede superar cualquier inversión en Transformación Digital. Acompáñame en esta historia que rompe mitos y revela realidades, con cifras, normas y ejemplos del sector cooperativo latinoamericano.

 

Mitos vs. realidades: ¿por qué seguimos sin transformarnos?

El mito que más escuchamos en nuestras reuniones es que la transformación digital es solo para grandes fintech o bancos; y la realidad es que hoy las cooperativas en toda Latinoamérica tienen acceso a plataformas de core bancario en la nube, módulos de pagos digitales y canales no presenciales perfectamente adaptados a su escala. El Decreto 0769 de Colombia, promulgado el 7 de julio de 2025, obliga a que cooperativas de ahorro y crédito habiliten canales no presenciales para órdenes de pago y transferencias entre asociados, diferenciando según su categoría (plena, intermedia, básica).

 

El segundo mito es que es muy costoso y arriesgado; cuando en realidad, el costo de no transformarse, en términos de eficiencia, fuga de asociados, sanciones regulatorias e imagen, solo por mencionar algunos, es mayor que el de invertir en transformación. De acuerdo con un informe de CGAP (Consultative Group to Assist the Poor) citado por BFA Global en su estudio sobre la digitalización de cooperativas en México, la adquisición digital puede ser entre un 85 % y un 95 % más barata que la adquisición a través de canales tradicionales en sucursales. En algunos casos, los bancos digitales operan con costos equivalentes al 5 % de una estructura física tradicional.

 

El tercer mito, es la interrogante que se presenta acerca de si tener una app o mejorar la web; cuando en realidad, digitalizar es solo un componente; transformarse implica cultura organizacional, gobernanza digital, métricas de madurez y gestión de cambio efectivo.

 

El cuarto mito, es  “nuestros asociados son mayores, casi no usan tecnología” y en realidad; incluso personas mayores adoptan soluciones digitales si el diseño es intuitivo y aporta un valor claro. La pandemia demostró esta capacidad de adaptación en todo el sector solidario latinoamericano.

 

Realidades y oportunidades: la digitalización como palanca de crecimiento

La transformación digital no solo moderniza procesos; es una estrategia de crecimiento integral para las cooperativas y fondos de empleados. Lejos de ser un fin en sí misma, la tecnología bien implementada amplifica el propósito social y financiero de estas entidades.

Uno de los primeros beneficios tangibles está en la eficiencia operativa ya que digitalizar procesos como la conciliación automática de transacciones, la gestión documental o los flujos de aprobación reduce errores, mejora los tiempos de respuesta y disminuye significativamente los costos de atención. Esto libera recursos que pueden redirigirse a iniciativas estratégicas o programas sociales.

Por otro lado, la digitalización también abre nuevas fuentes de ingreso ya que por ejemplo, productos como pagos digitales, remesas, microcréditos en línea o integración con fintechs permiten a las cooperativas llegar a públicos que antes estaban fuera de su alcance, especialmente a las nuevas generaciones acostumbradas a operar desde su celular.

En términos de relacionamiento con los asociados, la transformación digital fortalece la fidelización, ya que con iniciativas como la atención multicanal (presencial, telefónica, WhatsApp, app), los portales de autoservicio o la mensajería instantánea, se aumenta la satisfacción del asociado y se disminuyen la fricción en el acceso a productos y servicios.

Además, la digitalización se ha convertido en un tema regulatorio. En Colombia, por ejemplo, el Decreto 0769 de 2025 obliga a las cooperativas con sección de ahorro y crédito a formular políticas de transformación digital que incluyan gobernanza tecnológica, metas claras, cronogramas y mecanismos de reporte ante la Supersolidaria. No cumplir con estas disposiciones no solo implica riesgos legales, sino que también pone en evidencia una falta de visión estratégica.

Y finalmente, uno de los desafíos estructurales más grandes del sector: el talento humano. Las organizaciones que inician procesos de transformación digital se vuelven más atractivas para el talento joven y técnico, facilitando la renovación generacional, la profesionalización de equipos y la consolidación de culturas organizacionales orientadas al cambio y la innovación.

El informe Capacidad digital en las cooperativas financieras de América Latina y el Caribe de BID Invest (2021) muestra que las instituciones más avanzadas priorizan la transformación digital a través de visión de corto y largo plazo, alineando los canales digitales con su propósito asociativo. Por ejemplo, una cooperativa colombiana que inició un proceso digital desde 2009 creó incluso una fintech asociada que fortaleció servicios y retención. En Ecuador, otra cooperativa ha habilitado soluciones digitales para manejar remesas de asociados en EE.UU., mejorando tiempos y cobertura.

 

El costo de no hacer nada: una

Ahora imagina esta historia, la entidad aún hoy, continúa operando con sistemas manuales para registrar aportes y gestionar desembolsos. Las demoras son habituales, los errores frecuentes, las quejas crecen, pero nada cambia. Todo parece estar funcionando bien hasta que se cruzan dos factores que hoy son inevitables: la presión regulatoria y la exigencia de los usuarios digitales. A partir de ahí, el deterioro es inevitable ya que vienen las sanciones administrativas, la pérdida de reputación y, lo más crítico, la salida silenciosa de los jóvenes.

Este caso, que puede estar ocurriendo ahora mismo en cualquier país de América Latina, nos lleva a preguntarnos: ¿cuánto le cuesta realmente a una entidad no transformarse?

Desde el punto de vista financiero, el impacto es amplio y profundo:

Menor volumen de transacciones digitales: al no ofrecer canales ágiles ni automatizados, se pierden ingresos potenciales por comisiones, transferencias, pagos y otros servicios que podrían monetizarse.

Ineficiencias operativas crecientes: mantener personal dedicado a tareas repetitivas, resolver reprocesos, y gestionar procesos lentos genera costos invisibles pero acumulativos. A esto se suma el desgaste del equipo humano y la baja productividad.

Riesgo regulatorio y reputacional: En Colombia por ejemplo, no cumplir con normativas como el Decreto 0769 (en cooperativas) o la Circular Externa 87 (en fondos de empleados) puede implicar sanciones, llamados de atención formales e incluso procesos de vigilancia especial. Pero aún más grave es el deterioro de la confianza, tanto de los asociados como de los entes supervisores.

Fuga de asociados jóvenes: la falta de canales digitales y experiencias personalizadas expulsa silenciosamente a las nuevas generaciones, lo que compromete el crecimiento natural de la base social a mediano plazo.

Oportunidades perdidas con fintechs: sin capacidades tecnológicas básicas, la entidad no puede integrarse a ecosistemas de innovación ni aprovechar alianzas estratégicas para interoperabilidad, nuevos productos o monetización de datos.

En resumen, el costo de no hacer nada es acumulativo, silencioso y devastador. Es una pérdida de ingresos, de eficiencia, de reputación, de competitividad… y de futuro.

 

Casos de éxito reales desde México y Ecuador

El caso en México, se refiere a una cooperativa de ahorro apoyada en una plataforma digital que lanzó un canal de pagos móviles y ahorro programado en 2023; durante 12 meses, redujo el costo de adquisición de nuevos asociados en casi un 45 %, duplicó clientes digitales y disminuyó los errores en conciliaciones en un 21 %. Cerca de 3050 kilometros al sur, en Ecuador, una cooperativa rural digitalizó su core y habilitó transferencias entre asociados online y durante los primeros 18 meses, bajó tiempos de operación manual, mejoró la satisfacción de sus asociados y generó un nuevo producto de microcrédito digital, con crecimiento de cartera crediticia del 15,22 %. Ambos casos surgieron de diagnósticos internos, pilotajes controlados y liderazgo fuerte; elementos que cualquier organización puede replicar.

 

¿por dónde empezar?  

Mi recomendación es empezar con evaluar la madurez digital a través de un diagnóstico con una adecuada metodología adaptada al sector solidario, ya que tiene unas características maravillosas que lo diferencian de los demás sectores de la economía; sin embargo las dimensiones de análisis y medición deberían como mínimo cubrir: Personas, Tecnología, Gobierno, y Procesos.

La transformación digital no ocurre de la noche a la mañana, pero puede comenzar con decisiones estratégicas y acciones concretas, de acuerdo a mi experiencia, estas son algunas recomendaciones clave para iniciar:

En primer lugar, podrías identificar un piloto de alto impacto y rápida implementación: Comienza por una iniciativa sencilla pero visible, como habilitar un canal de pagos digitales, lanzar un módulo de autoservicio web o una app básica para consultas y transferencias; esto permite demostrar resultados tempranos, generar confianza interna y obtener retroalimentación real de los asociados.

Yo diseñaría una política institucional de transformación digital para la entidad; este documento deberá incluir objetivos estratégicos, cronogramas de implementación, responsables internos y mecanismos de información para los asociados. Además, debe contemplar cómo se cumplirá con los reportes periódicos exigidos por la Supersolidaria. Tener esta política no solo es obligatorio en Colombia, sino también es un marco que da coherencia y dirección al proceso de cambio.

Prestaría mucha atención al fortalecimiento del liderazgo digital dentro de la organización identificando y formando líderes internos que impulsen la transformación desde sus áreas. Además, conformaría un Comité Directivo Digital con representación de la alta gerencia, tecnología, riesgos y servicio al asociado. Este comité deberá tomar decisiones, monitorear avances y garantizar el alineamiento estratégico.

Algo que puede acelerar las cosas, de forma eficiente, es elegir aliados tecnológicos con experiencia en el sector solidario y con visión regional, ya que no todos los proveedores entienden las particularidades del modelo cooperativo; trabajaría con aliados que conozcan el contexto normativo, la dinámica social de las entidades solidarias y las oportunidades de integración con ecosistemas fintech e infraestructura de pagos en tiempo real.

 

¿Cuánto le costará a tu entidad seguir igual un año más? 

El costo del no hacer nada no es solo hipotético: es real, tangible y recurrente; cada día sin transformación, estás cediendo eficiencia, competitividad y credibilidad.

Si estás listo para dar el primer paso, contáctame: puedo ayudarte a construir un plan de transformación digital a la medida que impulse tu entidad solidaria hacia el futuro.

Transformarse no es un lujo; es la ruta para permanecer relevante, rentable y cercano a tus asociados; tu estructura puede ser tradicional, pero tu visión debe ser digital ya que el costo de no hacerlo si puede salir demasiado alto.

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Bre-B y el futuro del sector solidario: ¿Estamos listos para dar el salto?

Imagina que estás en una fila esperando una transferencia bancaria. Es lunes, son las 3:59 p. m., y tienes que enviarla “antes de las 4”. El sistema del banco está lento, y sabes que si no logras hacerlo ahora, tendrás que esperar hasta el día siguiente. ¿Te suena familiar?

Ahora imagina que esa transferencia llega en segundos, a cualquier hora del día, incluso un domingo a las 10 de la noche, sin importar la entidad. Esa es la promesa de los pagos en tiempo real. Y en Colombia, esa realidad está más cerca de lo que pensamos.

Durante septiembre comenzará a operar Bre-B, el nuevo sistema de pagos inmediatos del Banco de la República. Inspirado en el exitoso modelo PIX de Brasil, este sistema busca transformar radicalmente cómo enviamos y recibimos dinero en el país. Pero la gran pregunta es: ¿está listo el sector solidario para este cambio?

 

Bre-B no es solo tecnología. Es una oportunidad histórica

No estamos hablando de una nueva app ni de una simple actualización tecnológica. Estamos hablando de un cambio estructural en la manera como operan las entidades financieras. Un cambio que representa una oportunidad única para el sector solidario colombiano: cooperativas, fondos de empleados, cajas de compensación y demás organizaciones de ahorro y crédito.

Estas entidades han sido históricamente los actores más cercanos a las comunidades. Han garantizado el acceso al crédito en zonas donde la banca tradicional no llega. Pero también han enfrentado retos importantes: limitaciones tecnológicas, procesos manuales, baja interoperabilidad y, en muchos casos, una transformación digital aún pendiente.

 

¿Por qué Bre-B importa tanto?

Porque representa mucho más que rapidez. Bre-B promueve inclusión financiera, reducción del uso de efectivo, interoperabilidad real y acceso equitativo, con el respaldo del banco central colombiano. Cualquier entidad —grande o pequeña— podrá permitir transferencias 24/7, 365 días al año, en segundos, entre cualquier entidad del sistema.

Y eso no es un lujo. Es una expectativa del usuario moderno. Un asociado que ya está acostumbrado a la inmediatez de las plataformas digitales, a las billeteras móviles y a experiencias simples, seguras y rápidas.

 

¿Y qué rol debe jugar el sector solidario?

Un rol protagónico. Las cooperativas y fondos no deben ser simples observadores de este cambio, sino actores activos de esta transformación. Pero para lograrlo, necesitan enfrentar algunos desafíos clave:

  • Modernizar su infraestructura tecnológica.
  • Digitalizar sus procesos internos y canales de atención.
  • Elevar su madurez digital institucional.

Porque la transformación digital no se trata solo de tener una app. Se trata de transformar la cultura, el modelo operativo y la relación con sus asociados. Es un viaje profundo que toca todos los rincones de la organización.

 

¿Por dónde empezar?

Aquí algunas acciones urgentes para no quedarse atrás:

  1. Sensibilizar a directivos y juntas.
    La transformación digital ya no es un tema del área de sistemas. Es una prioridad estratégica.
  2. Medir el nivel de madurez digital.
    ¿Dónde está la entidad hoy? ¿Qué capacidades necesita para conectarse a Bre-B?
  3. Diseñar una hoja de ruta clara.
    Con metas, prioridades y enfoque en mejorar la experiencia del asociado.
  4. Buscar aliados tecnológicos.
    No hay que inventar la rueda. Existen soluciones asequibles y adaptables al sector.
  5. Conectarse con el ecosistema Bre-B.
    Participar en pilotos, entender la regulación, escuchar al Banco de la República.

 

Bre-B no es solo para los grandes bancos

Un mito común es pensar que este tipo de innovaciones son exclusivas de bancos grandes o fintechs. Nada más lejano de la realidad.

Bre-B está diseñado como un sistema abierto y colaborativo, donde todas las entidades pueden participar. Lo que se necesita es decisión, liderazgo y una visión clara del futuro.

 

El momento de actuar es ahora

El sector solidario colombiano ha sido clave para el desarrollo del país. Pero también enfrenta una encrucijada: adaptarse o volverse irrelevante para las nuevas generaciones.

Bre-B puede ser el impulso que necesitamos para dar el salto digital. Para renovar la promesa de valor del modelo solidario. Para competir con calidad y confianza en un mundo donde lo digital ya no es una opción, sino la norma.

Con la entrada de Bre-B, se prevé una transformación profunda del ecosistema de pagos del país. Este cambio estructural afectará tanto los hábitos de los usuarios como la estrategia de los distintos actores del sistema financiero, incluyendo al sector solidario.

Uno de los principales impactos será sobre el uso del efectivo, actualmente el medio preferido por más del 75% de los colombianos. Bre-B, al facilitar transferencias instantáneas 24/7, reducirá de forma significativa la dependencia del efectivo, especialmente en zonas rurales y sectores tradicionalmente excluidos. Esto representa una oportunidad para cooperativas y fondos de empleados de ampliar su cobertura y eficiencia operativa.

El uso de tarjetas débito podría disminuir, dado que su propuesta de valor es comparable (o incluso inferior) a la de los pagos inmediatos. Con más de 41 millones de tarjetas activas en el país, este cambio podría impactar el modelo tradicional de adquirencia y originar ajustes en la estrategia de los bancos y redes.

En contraste, las tarjetas de crédito mantendrán su vigencia, ya que ofrecen beneficios adicionales como financiación, lealtad o cashback. Igualmente, las billeteras digitales (Nequi, Daviplata, etc.) podrían integrarse al sistema Bre-B, logrando por fin una interoperabilidad real entre ellas y con los canales del sector solidario.

Por su parte, PSE también podría ver reducida su participación, como ocurrió en Brasil tras la entrada de su sistema RTP. Esto abre la puerta a modelos de pago más sencillos, interoperables y de bajo costo.

En este nuevo panorama, el rol de las cooperativas y entidades solidarias puede ser crucial si se adaptan estratégicamente, integran nuevas tecnologías y fortalecen su propuesta de valor digital. Bre-B no solo es una infraestructura, es una invitación a transformar la inclusión financiera desde la base solidaria del país.

 

Conclusión

La inclusión financiera del siglo XXI no se mide por el número de oficinas, sino por la capacidad de brindar servicios ágiles, confiables e interoperables.

Y ahí, el sector solidario tiene todo para destacar: cercanía con las comunidades, propósito social y legitimidad. Solo falta una cosa: dar el salto tecnológico.

Bre-B puede ser el puente.

¿Tu entidad ya está construyendo ese camino?

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La Transformación Digital del Sector Solidario en Colombia: Un Camino hacia la Relevancia y la Sostenibilidad

En un mundo cada vez más interconectado y digital, el sector solidario colombiano enfrenta el desafío ineludible de adaptarse a los cambios tecnológicos para mantenerse competitivo, sostenible y fiel a sus principios de cooperación, equidad y participación democrática. Las cooperativas, como actores clave del desarrollo económico y social del país, deben emprender una transformación digital que no solo modernice sus operaciones, sino que fortalezca su propósito solidario.

 

¿Por qué es indispensable la transformación digital en las cooperativas?

La digitalización ya no es una opción, sino una condición necesaria para mejorar la eficiencia, ampliar el alcance de los servicios, fortalecer la relación con los asociados y vincular las nuevas generaciones con las bondades que ofrece el sector cooperativo. Las nuevas tecnologías ofrecen a las cooperativas herramientas para automatizar procesos, ofrecer servicios en tiempo real, mejorar la experiencia del asociado e incorporar inteligencia de datos para decisiones estratégicas. Estos beneficios no solo optimizan la operación, sino que también refuerzan el impacto social del sector.

 

Los desafíos del viaje digital en el sector solidario

Imagina que el sector solidario en Colombia está emprendiendo una travesía hacia el futuro. Su destino: una transformación digital que lo haga más fuerte, inclusivo y sostenible. Pero el camino no es una autopista despejada… es más bien una trocha que atraviesa selvas densas, montañas empinadas y ríos caudalosos; cada tramo representa un reto, una lección, una decisión.

Todo comienza en los rincones más apartados del país, donde la señal de internet llega a ratos, si es que llega; allí, la inclusión digital no es un lujo, es una deuda histórica. El primer gran obstáculo: la brecha de conectividad y acceso. Sin redes estables, ¿cómo llegar a quienes más necesitan estos servicios?

Las cooperativas que logran sortear ese primer reto se topan con su segunda prueba: la infraestructura tecnológica limitada. Muchos de sus sistemas son antiguos, parchados con buenas intenciones, pero incapaces de responder a los desafíos actuales, y el personal que los gestiona, aunque comprometido, no siempre tiene las habilidades necesarias para conducir esta nueva etapa.

Es aquí donde aparece un personaje curioso pero poderoso: el miedo al cambio, porque no se trata solo de tecnología, sino de transformar la mentalidad. Muchos directivos y asociados aún ven con recelo las herramientas digitales, como si fueran ajenas a los valores cooperativos. Romper esa barrera es más difícil que instalar e implementar un nuevo software.

Pero incluso cuando el cambio empieza a rodar, aparece el fantasma de los riesgos cibernéticos; la digitalización abre puertas, pero también ventanas por donde pueden colarse amenazas invisibles, la ciberseguridad ya no es opcional, es un escudo imprescindible.

Por si fuera poco, el panorama normativo cambia como el clima en la montaña, nuevas reglas, decretos, circulares. La actualización normativa constante exige que las cooperativas desarrollen músculos técnicos y legales, o corren el riesgo de quedarse atrás.

Y mientras tanto, el presupuesto… escaso como el agua en el desierto. Las limitaciones financieras hacen que cada decisión tecnológica sea casi una apuesta, especialmente para las cooperativas más pequeñas.

Como si fuera poco, nuevos actores se suman al camino. Las fintech y neobancos avanzan a toda velocidad, cautivando a las nuevas generaciones con propuestas más rápidas, más visuales, más «cool». La competencia no solo es real, es feroz.

Aquí surge un dilema profundo: la base asociativa envejece. Las cooperativas deben reconectar con los jóvenes, hablar su idioma, usar sus canales, entender sus motivaciones, de lo contrario, corren el riesgo de volverse irrelevantes para las próximas generaciones.

A todo esto se suma la escasez de talento digital. No es fácil encontrar profesionales que combinen propósito social con habilidades en datos, desarrollo, UX o ciberseguridad. La guerra por el talento también ha llegado al mundo solidario.

Y si el liderazgo no está preparado, todo se complica. Muchas entidades aún tienen una gobernanza digital débil, sin un plan estratégico claro, sin líderes que impulsen la innovación desde la alta dirección.

Además, muchas cooperativas no están conectadas al ecosistema digital, operan como islas, sin interoperabilidad con plataformas públicas o privadas, sin alianzas ni colaboraciones que potencien su impacto.

Finalmente, en la mochila del viaje van toneladas de datos… pero pocos saben usarlos. El uso limitado de la información hace que muchas decisiones se tomen a ciegas, sin aprovechar el verdadero potencial que ofrece el conocimiento profundo de sus asociados.

Cada uno de estos desafíos es una historia en sí misma, pero también una oportunidad. Porque en cada problema hay una semilla de transformación. El sector solidario tiene todo para avanzar: propósito, comunidad y experiencia. Solo necesita sumar tecnología, talento y visión para conquistar el futuro digital que merece.

 

¿Y entonces… cómo se transforma un gigante solidario?

Superar los desafíos del camino digital no es cuestión de suerte ni de moda, es cuestión de estrategia, propósito y acción. Para que el sector solidario no solo sobreviva, sino florezca en la era digital, se necesita mucho más que tecnología: se necesita una visión clara de hacia dónde se quiere ir y con qué herramientas hacerlo.

Todo comienza con un espejo. La evaluación de necesidades tecnológicas es ese primer paso en el que la cooperativa se mira de frente y reconoce qué funciona, qué está roto y qué puede mejorar. No se trata de comprar lo último en software, sino de entender realmente en qué punto se está.

Una vez entendido el terreno, es hora de fortalecer a la gente, porque sin personas, no hay transformación. La capacitación y educación constante es la brújula que permite a empleados y asociados navegar con confianza en entornos digitales. Aprender no es una carga, es una inversión en el futuro.

Pero, ojo, no todo lo brillante es oro. No se trata de llenarse de soluciones complejas, sino de apostar por plataformas escalables, que crezcan al ritmo de la cooperativa, que no la sobrepasen ni la limiten. Tecnología que se adapte, que acompañe, que potencie.

Y en medio de tanto avance, los valores cooperativos no solo deben sobrevivir, sino brillar. La tecnología, bien usada, puede ser la mejor aliada de la participación democrática, la equidad y la transparencia. No hay contradicción entre innovación y propósito… al contrario, se potencian.

Luego viene uno de los más interesantes ingredientes: la innovación continua. Crear una cultura donde se valore la prueba y el error, donde equivocarse sea parte del camino y no un pecado o un fracaso. Donde las ideas se cultiven como semillas, sabiendo que no todas florecen, pero todas enseñan.

Y como ningún héroe llega lejos sin aliados, las alianzas estratégicas son clave. Consultoras especializadas en transformación como GBA Latam® se han dedicado a acompañar este proceso, ofreciendo programas pensados especialmente para el sector solidario colombiano. No se trata de consultar como respuesta ante los desafíos o peor aun, cuando no hay nada que hacer, sino como herramienta estratégica para anticiparse, innovar y mantenerse a la vanguardia de la transformación; no se trata de caminar solos, sino de caminar bien acompañados para construir desde ahora el camino hacia una organización más ágil, innovadora y preparada para el futuro.

¿Y qué gana una cooperativa que se transforma?

Mucho. Muchísimo. De hecho, es como si pasara de andar en carreta a volar en dron.

Empieza por algo tangible: la eficiencia operativa, automatizar tareas, reducir tiempos, eliminar el papel y los errores humanos. Menos trámites, más acción.

Luego, el acceso en tiempo real. Olvídate de horarios de oficina, los servicios están disponibles 24/7 desde una app o una página web. Donde esté el asociado, ahí estará la cooperativa.

Y con eso, la experiencia del asociado mejora notablemente. Ya no es solo un usuario: se siente parte, valorado, atendido. La fidelidad nace del buen trato, también en lo digital.

¿Y la inclusión financiera? Se multiplica. Llegar a más personas, en más lugares, en más momentos. Un celular se convierte en la nueva sede de la cooperativa.

Con tantos datos disponibles, la toma de decisiones deja de ser intuitiva y se vuelve estratégica. Se anticipan riesgos, se personalizan productos, se ajustan procesos.

Además, el cumplimiento normativo se vuelve más sencillo; con herramientas adecuadas, las auditorías, reportes y controles se hacen con un clic, no con una montaña de papeles.

Pero hay más, la transformación digital también impulsa la innovación de productos: microcréditos inteligentes, soluciones verdes, ofertas adaptadas a jóvenes emprendedores o población rural.

Todo esto permite tomar mejores decisiones, no solo operativas, sino estratégicas. Y cuando la estrategia es clara, la visión se vuelve realidad.

Finalmente, todo este viaje trae un regalo invaluable: transparencia y confianza. Cuando los procesos son claros, cuando los datos fluyen, cuando la información es compartida, los asociados creen. Y donde hay confianza, hay comunidad.

 

Conclusión

La transformación digital no implica renunciar a los principios solidarios, sino potenciar su impacto en un entorno cada vez más exigente y competitivo. Las cooperativas de Colombia tienen la oportunidad histórica de liderar una nueva etapa de desarrollo, combinando la tecnología con la esencia de su modelo organizacional. 

 

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