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El poder de los datos para transformar la estrategia del sector solidario

En mi artículo anterior analizamos cómo el sistema financiero global, impulsado por Open Banking y Open Finance, está redefiniendo las reglas del juego.

Ese nuevo entorno no solo derriba los muros del sistema, sino que exige nuevas capacidades: interoperar, procesar datos en tiempo real y ofrecer experiencias digitales consistentes.

El sector solidario, con su fortaleza social y su confianza comunitaria, parte desde una ventaja ética y relacional; pero esa ventaja debe traducirse en conocimiento, y el conocimiento se construye a partir de los datos. La apertura financiera ha democratizado el acceso a la información; ahora el reto para las organizaciones solidarias es aprender a leer los datos con propósito, usarlos no para competir como bancos, sino para crear valor compartido.

En este nuevo escenario, el dato es el punto de encuentro entre la tecnología y la solidaridad; quiero decir que si en el siglo XX las cooperativas y fondos de empleados integraban recursos financieros, en el XXI deben integrar recursos digitales e información estructurada ya que la información transaccional, crediticia, social y educativa que hoy reposa en sus sistemas representa un activo inexplorado de enorme valor estratégico.


Ahora bien, el problema no es la ausencia de datos, sino su fragmentación ya que cada área o sistema opera como una isla y esa desconexión impide que la organización vea a cada asociado como un todo; entonces, el desafío consiste en construir una visión 360° del asociado, donde converjan aportes, consumos, educación, participación y bienestar.

Las entidades que logren integrar y analizar sus datos podrán diseñar productos que acompañen el ciclo de vida de sus asociados, anticipar riesgos crediticios o de desvinculación, medir en tiempo real el impacto social y económico de sus programas, y crear valor diferencial basado en evidencia, no en intuición; el dato es la materia prima, pero la analítica es el proceso que lo convierte en conocimiento útil y cuando ese conocimiento se aplica al propósito solidario, surge algo poderoso: la inteligencia cooperativa.

Llegados a este punto, vale la pena profundizar en cómo se genera valor a partir de los datos dentro de las organizaciones solidarias ya que la analítica no actúa en un solo nivel, sino en tres dimensiones que se entrelazan constantemente.

En el plano operacional, ayuda a detectar ineficiencias, automatizar procesos y optimizar costos. Por ejemplo, identificar picos de demanda de crédito, mejorar la atención al asociado o detectar zonas con bajo nivel de digitalización. En el plano táctico, los datos se convierten en conocimiento del asociado; a partir de patrones de comportamiento y consumo, la organización puede segmentar su base social, anticipar necesidades y ofrecer servicios personalizados. Y en el plano estratégico, la toma de decisiones se basa en evidencia ya que los datos se convierten en insumo de la planeación estratégica y del gobierno corporativo, permitiendo construir tableros ejecutivos, medir impacto social y evaluar desempeño institucional. En resumen, la analítica no reemplaza la esencia solidaria, la amplifica.

Pero si hay un punto que marca la diferencia, es el de la gobernanza del dato, esto porque el dato solidario no es un recurso comercial, sino una expresión de confianza y su uso debe estar guiado por principios éticos, transparencia y gobernanza clara.

En el nuevo entorno regulatorio, la gobernanza del dato debe ser parte del ADN institucional, no solo del área de TI porque esto implica definir políticas sobre calidad, actualización, privacidad, seguridad y uso ético de la información. En Colombia, el Decreto 0769 de 2025 avanza en esa dirección, exigiendo reportes periódicos al Consejo de Administración sobre los avances en transformación digital y gestión tecnológica, colocando a los datos en el centro de la gobernanza organizacional; de esta forma, la transparencia digital se convierte en la nueva forma de rendición de cuentas.

Al hablar de transformación y colaboración, el Open Finance surge como una oportunidad única, ya que no solo abre datos financieros; también habilita nuevas formas de colaboración entre entidades solidarias.

Gracias a la interoperabilidad, las organizaciones pueden intercambiar información bajo consentimiento, construir ecosistemas de servicios integrados y desarrollar productos conjuntos; imaginemos un escenario donde varias cooperativas y fondos de empleados comparten información anonimizada para construir modelos predictivos comunes de riesgo, educación financiera o bienestar social; esa es la esencia del dato solidario compartido, poder usar la información colectiva para fortalecer al conjunto sin vulnerar la privacidad individual. Mientras la banca tradicional compite por volumen, el sector solidario puede diferenciarse por inteligencia colectiva, bajo este escenario, Open Finance es la infraestructura de la colaboración y la analítica, su motor de conocimiento.

Ahora bien, la verdadera transformación ocurre cuando la analítica se convierte en decisiones que mejoran la vida de las personas; veamos cómo sucede en la práctica; en primer lugar, está la analítica predictiva de crédito, los modelos de machine learning permiten anticipar la probabilidad de mora y ajustar políticas de riesgo y, en lugar de castigar al asociado con mayores tasas, la organización puede acompañarlo con educación financiera o soluciones flexibles.

En 2025, tanto el sistema financiero tradicional como el solidario enfrentaron un entorno crediticio más exigente, sin embargo, la diferencia radica en la capacidad de respuesta; las entidades solidarias pueden actuar preventivamente, usando modelos basados en comportamiento transaccional, participación social y hábitos de pago para detectar alertas tempranas y ofrecer acompañamiento personalizado.

También está la segmentación inteligente, toda vez que el análisis de comportamiento permite identificar segmentos como jóvenes digitales, familias en crecimiento o emprendedores locales, y adaptar productos y beneficios personalizados;  en Colombia, este enfoque es más que una buena práctica, es una necesidad estratégica.

Uno de los desafíos más críticos del sector solidario es el envejecimiento de la base social y la baja participación de menores de 40 años; según la Supersolidaria, la proporción de asociados mayores de 60 años sigue en aumento, mientras que la entrada de personas menores de 40 años se mantiene en niveles bajos; frente a este panorama, la analítica permite detectar barreras de acceso, diseñar productos digitales de entrada, monitorear inactividad y activar estrategias de retención temprana toda vez que conocer al asociado a profundidad ya no es solo base de fidelización sino que es una condición de supervivencia.

Desde otra perspectiva, está la medición del impacto social, en razón a que los datos permiten cuantificar el valor social creado, es decir, el número de familias beneficiadas, la inclusión financiera, la generación de empleo y el retorno comunitario; estos indicadores fortalecen la legitimidad institucional y la rendición de cuentas.

Este enfoque se alinea con la Circular Externa 87 de 2025 de la Supersolidaria, que establece el Balance Social y el Beneficio Solidario como mecanismos obligatorios de reporte; la norma busca que las organizaciones midan y visibilicen su impacto social de forma estandarizada y verificable, integrando indicadores cuantitativos y cualitativos; así, la analítica de datos deja de ser solo una herramienta técnica y se convierte en un componente de gobernanza y sostenibilidad, capaz de demostrar con evidencia el propósito social del modelo solidario.

A todo esto se suma una frontera fascinante, la adquirencia cooperativa, el cual, considero uno de los avances más trascendentes del Decreto 0769 de 2025;  es la posibilidad de que las entidades solidarias actúen como adquirentes, procesando pagos electrónicos y habilitando transacciones para comercios locales; esto no solo diversifica ingresos, sino que las conecta directamente con los ecosistemas digitales de pagos instantáneos; cada transacción genera datos sobre consumo local, flujo de efectivo y comportamiento financiero.

Con analítica avanzada, esa información puede transformarse en modelos de crédito alternativo basados en ventas reales, programas de fidelización, mapas de inclusión financiera o nuevos productos cooperativos integrados; la adquirencia no debe verse solo como un servicio financiero, sino como una plataforma de conocimiento compartido que fortalece decisiones, impulsa el comercio local y demuestra el impacto real del modelo solidario en la economía.

Todo esto nos lleva a una conclusión clave y es que la madurez digital no se mide por la infraestructura tecnológica, sino por la capacidad institucional de aprender de los datos; una organización data-driven toma decisiones basadas en evidencia, promueve una cultura analítica y entiende que el dato no es un archivo, sino una historia de confianza.

El siguiente paso será incorporar inteligencia artificial ética, capaz de procesar grandes volúmenes de información y ofrecer recomendaciones sin perder la esencia humana del modelo solidario.

La ecuación es clara: Datos + Propósito = Valor Sostenible.

Y aquí aparece el mayor desafío de todos,  la cultura del dato ya que no hay transformación digital sin cambio cultural; las entidades solidarias deben formar a sus equipos y directivos en pensamiento analítico, lectura de indicadores y uso ético de la información; los Consejos de Administración deben incluir métricas basadas en datos en su agenda: evolución digital, confianza, lealtad, ciberseguridad y gobernanza.

Al hacerlo, los datos dejan de ser una herramienta técnica y se convierten en una competencia institucional.

La cultura del dato es, en esencia, cultura de transparencia y aprendizaje continuo.

El modelo solidario ha demostrado por más de un siglo que la colaboración puede ser más fuerte que la competencia; ahora,  debe demostrar que la inteligencia colectiva puede ser más poderosa que la inteligencia artificial, cuando se guía por valores ya que en un mundo hiperconectado, los datos son el nuevo patrimonio de las organizaciones.
Su verdadero valor no está en la acumulación, sino en el uso responsable y compartido.

Las entidades solidarias pueden convertirse en guardianes éticos del dato, garantizando que la información se use para generar bienestar, inclusión y desarrollo local; además, ese es su diferencial frente a bancos digitales o big tech: la confianza humana en la era de los algoritmos.

El sector solidario se encuentra frente a un cambio de época; la apertura financiera, los pagos instantáneos y la economía digital no son amenazas, sino una invitación a evolucionar y solo aquellas organizaciones que logren transformar sus datos en decisiones y sus decisiones en bienestar liderarán el nuevo ciclo de inclusión financiera.

Quien aprenda a leer sus datos, escribirá su propio futuro digital.

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El futuro cooperativo se escribe con datos: Open Banking y la nueva integración

El futuro cooperativo se escribe con datos: Open Banking y la nueva integración

 

El sistema financiero global vive una transformación sin precedentes. Conceptos como Open Banking, Open Finance y Pagos Instantáneos han dejado de ser tendencias para convertirse en realidades que reconfiguran la forma en que accedemos, procesamos y distribuimos la información financiera. 

Para el sector cooperativo,  históricamente caracterizado por su proximidad social, enfoque comunitario y modelos de gobernanza democrática, estos cambios representan un doble reto: adaptarse al nuevo marco tecnológico y regulatorio, y al mismo tiempo preservar su esencia solidaria.

El punto crítico es claro: en un mundo donde los datos, la interoperabilidad y la velocidad de las transacciones definen la competitividad, las cooperativas no pueden seguir operando en silos; deben repensar la integración cooperativa, articular plataformas conjuntas, y convertir la gestión de datos en una verdadera ventaja estratégica.

 

Open Banking: el primer paso de la apertura financiera

El Open Banking nace de la necesidad de abrir los sistemas bancarios tradicionales a la innovación. Su principio es tan simple como poderoso: los datos financieros pertenecen al cliente, no al banco. La definición estricta de  Open Bankig nos dice que los usuarios, mediante su consentimiento, autorizan a terceros (fintechs, otras entidades financieras o plataformas) a acceder a su información financiera a través de APIs seguras.  En el Reino Unido, pionero en regulación de Open Banking (2018), los clientes pueden conectar sus cuentas bancarias con apps externas para gestionar finanzas personales, créditos o inversiones en un solo lugar y el valor agregado: es que potencia la innovación, reduce costos de intermediación y obliga a las entidades a ser más competitivas en precios, productos y experiencia de usuario. 

En el caso de las cooperativas, implica ofrecer interoperabilidad real con otros actores financieros, desafía el modelo cerrado y obliga a invertir en infraestructura API-first (estrategia donde la API es el punto de partida para integrar y escalar todos los canales y servicios digitales)y abre la puerta a alianzas con fintechs para ampliar el portafolio de servicios.

El siguiente nivel es Open Finance; mientras el Open Banking se limita a información bancaria (cuentas, créditos, pagos), Open Finance integra una visión holística del ecosistema financiero: seguros, pensiones, inversiones, microcréditos, remesas, billeteras digitales, entre otros; es el marco que permite el intercambio de todos los datos financieros del cliente, más allá de la banca tradicional; por ejemplo Brasil, con su iniciativa de Open Finance lanzada en 2021, ya permite que los ciudadanos compartan datos no solo de cuentas y créditos, sino de seguros, inversiones y pensiones y el beneficio es que se empodera al usuario al darle control absoluto sobre su información, fomentando la competencia y habilitando nuevos productos hiperpersonalizados.

Para las cooperativas representa la oportunidad de convertirse en plataformas de confianza de datos, permite crear productos colectivos basados en analítica avanzada: seguros cooperativos, scoring alternativo, beneficios compartidos y requiere elevar los estándares de ciberseguridad y gobernanza de datos.

En paralelo, los sistemas de Pagos Instantáneos (24/7, bajo costo, inmediatos) se han consolidado como el nuevo estándar; infraestructuras de pago que permiten transferencias inmediatas entre cuentas, sin importar el banco o entidad; en Brasil con PIX (más de 150 millones de usuarios en menos de 4 años), en la India con UPI (procesa más de 10.000 millones de transacciones mensuales), hoy es posible hablar de el valor agregado  de estas infraestructuras dada la inclusión financiera masiva, la reducción de uso de efectivo, y la democratización del acceso a servicios financieros.

Para las cooperativas, representan un reto enorme ya que deben habilitar canales 100% digitales para competir en igualdad de condiciones con bancos y fintechs, abren la posibilidad de ofrecer billeteras cooperativas y servicios de adquirencia local para pequeños comercios asociados, e implica repensar la infraestructura tecnológica compartida a nivel gremial.

El impacto conjunto de Open Finance, Open Banking y Pagos Instantáneos es claro; se rompen los muros del sistema financiero; para las cooperativas, esto significa que la integración cooperativa no puede seguir siendo opcional ni limitada a esfuerzos gremiales fragmentados. Antes la integración cooperativa significaba acuerdos de segundo piso (centrales de ahorro, fondos comunes); pero ahora, la integración significa plataformas tecnológicas compartidas que permitan infraestructura de pagos en tiempo real, nubes de datos cooperativos para analítica avanzada, APIs conjuntas para competir en open finance; sin embargo, el riesgo de no actuar es que puedan quedar aisladas, perder relevancia frente a bancos digitales y fintechs, y ver reducido el rol histórico del cooperativismo en la inclusión financiera.

En este nuevo escenario, el activo más valioso es el dato; aquí las cooperativas cuentan con una ventaja natural, y es, la confianza social construida con sus asociados consolidándose una diferencia clave; mientras la banca tradicional y las big tech suelen percibirse como extractivas en el uso de datos, las cooperativas pueden gestionar datos bajo principios de propiedad democrática y transparencia, generando múltiples oportunidades como por ejemplo un scoring alternativo que logre evaluar capacidad de pago no solo con historial crediticio, sino con patrones de consumo, participación social o datos comunitarios; además, el desarrollo de productos personalizados, es decir, diseñar seguros, créditos y beneficios ajustados al ciclo de vida de cada asociado y finalmente, Cooperativas de Datos, es decir,  estructuras donde los asociados decidan cómo y con quién compartir sus datos. La pregunta no es si las cooperativas deben gestionar datos, sino cómo convertir esa gestión en un activo diferencial, alineado con sus valores.

La regulación está acelerando estos cambios; en Brasil,  pionero en Open Banking, Open Finance y Pagos Instantáneos (PIX), el modelo ya ha sido exportado a Chile y México. Por su parte en Colombia, el Decreto 0769 de 2025 habilita a cooperativas de categoría plena e intermedia para prestar servicios de órdenes de pago y transferencias de fondos, exige canales no presenciales, obliga a modelos de gobernanza tecnológica y abre la puerta a la actividad de adquirencia por parte de cooperativas.

Las claves para Colombia son que las cooperativas deben invertir en infraestructura digital compartida; los gremios deben evolucionar hacia plataformas tecnológicas cooperativas conjuntas y la gobernanza de datos debe ser parte de la agenda del consejo directivo, no solo del área de TI.

En Colombia, el marco normativo en torno a Open Banking y Open Finance ha avanzado con una lógica gradual, tomando referencias internacionales pero adaptándolas a la realidad del mercado local; a diferencia de países como Brasil o Reino Unido, donde la implementación fue centralizada y obligatoria desde etapas tempranas, en Colombia el enfoque ha sido más evolutivo y regulado por etapas, con énfasis en la interoperabilidad de pagos y en la protección del consumidor.

El primer hito se encuentra en la Ley 1735 de 2014, que sentó bases para la inclusión financiera y la promoción de modelos innovadores; posteriormente, la Ley 1955 de 2019 (Plan Nacional de Desarrollo) y el CONPES 3975 de 2019 sobre política de inclusión financiera ampliaron el campo para la innovación en canales digitales y Fintech; no obstante, el cambio más trascendental llegó con la Circular Externa 029 de 2019 de la Superintendencia Financiera, que introdujo lineamientos iniciales sobre interfaz estandarizada (APIs) y seguridad en el intercambio de información, marcando un primer paso hacia el Open Banking.

En 2022, el Decreto 1297 formalizó la figura de las Sociedades Especializadas en Depósitos y Pagos Electrónicos (SEDPEs), que han sido clave para dinamizar pagos digitales y billeteras; estas entidades son hoy los laboratorios naturales para Open Finance, al ser nativas digitales y enfocadas en interoperabilidad; sin embargo, el gran salto, sin embargo, llegó en 2025 con el Decreto 0769, que modifica el Decreto 1068 de 2015 y abre un nuevo capítulo para el sector solidario y las cooperativas ya que permite a las cooperativas de categoría plena e intermedia ofrecer órdenes de pago y transferencias electrónicas, lo que las conecta directamente con los ecosistemas de pagos instantáneos.

Paralelamente, la Superintendencia Financiera ha venido consolidando su estrategia de supervisión basada en datos, lo que implica que las cooperativas deberán reportar información de manera más estandarizada, bajo criterios de transparencia y trazabilidad; en cuanto al futuro inmediato, el Gobierno y la SFC trabajan en una hoja de ruta de Open Finance que incluye entre otras cosas, la estandarización obligatoria de APIs para cuentas, pagos, créditos y productos de ahorro; en segundo lugar, la ampliación de cobertura hacia seguros, pensiones y productos de inversión (siguiendo el modelo brasileño); en tercer lugar, el fortalecimiento de la seguridad digital, con exigencias más estrictas en autenticación biométrica, cifrado y gestión de riesgos y por último, espacios de sandbox regulatorio, donde fintechs, bancos y cooperativas podrán probar modelos de negocio en un entorno supervisado.

Este marco legal coloca al país en una fase de transición, avanzando del Open Banking incipiente hacia un Open Finance más amplio y robusto; para las cooperativas, el desafío es aún mayor ya que deben traducir estas obligaciones en estrategias de integración gremial y tecnológica, de lo contrario quedarán relegadas a un papel marginal en un sistema financiero cada vez más abierto, rápido y basado en datos; en síntesis, Colombia avanza hacia un escenario en el que Open Finance será un requisito normativo y competitivo, no una opción. La legislación ya no solo habilita, sino que empuja, y quienes no adapten su modelo digital corren el riesgo de perder relevancia en el corto plazo.

Las recomendaciones estratégicas para el sector cooperativo, analizando el mercado y el avance normativo son entre otras,  construir consorcios tecnológicos cooperativos, es decir, no competir de manera aislada, sino crear hubs digitales compartidos, adoptar APIs y cultura “open”; me refiero a pensar en cada producto como un servicio que puede integrarse; invertir en ciberseguridad y gobierno de datos, ya que proteger al asociado es proteger el modelo; generar billeteras digitales propias: no depender solo de fintechs externas; convertir la integración gremial en integración tecnológica, es decir, pasar de acuerdos institucionales a plataformas vivas de servicio y finalmente, educar a los asociados en el valor de sus datos; la ecuación es simple: confianza + transparencia = lealtad digital.

El mundo financiero ya se mueve en tiempo real y sobre plataformas abiertas; Open Banking, Open Finance y Pagos Instantáneos no son modas tecnológicas: son infraestructuras habilitantes de un nuevo ecosistema; de este modo, las cooperativas tienen dos caminos; el primero es adaptarse y liderar, convirtiendo la integración en plataformas digitales conjuntas y el manejo ético de datos en su sello de confianza, o quedar rezagadas, reduciendo su rol a un actor marginal frente a bancos digitales y fintechs.

El futuro cooperativo no dependerá de la nostalgia por el pasado, sino de la capacidad de abrazar la apertura, la velocidad y los datos como nuevas palancas de valor; la verdadera pregunta no es si las cooperativas pueden adaptarse, sino si están dispuestas a repensar su modelo de integración para convertirse en los guardianes éticos de la economía digital.

El desafío no es tecnológico, sino estratégico y cultural. Las cooperativas que logren integrar la velocidad de los pagos instantáneos, la apertura de datos del Open Finance y la interoperabilidad del Open Banking con su esencia solidaria serán las que lideren el nuevo ciclo de inclusión financiera.

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El arma secreta de las cooperativas para superar a bancos y fintechs: la confianza digital

El arma secreta de las cooperativas para superar a bancos y fintechs: la confianza digital

En el sector cooperativo y solidario, la conversación sobre transformación digital ha estado, durante años, excesivamente enfocada en la eficiencia operativa: reducir tiempos, optimizar procesos o automatizar tareas repetitivas; si bien estos son pasos importantes, quedarse en ese nivel es quedarse corto. La verdadera ganancia está en lo que viene después: la apertura de nuevas fuentes de ingresos, la fidelización de los asociados, el fortalecimiento de la transparencia y la construcción de reputación sostenible, dimensiones que marcan la diferencia entre sobrevivir o liderar en el contexto actual.

Aun así, en pleno 2025 persisten líderes de entidades que solo reaccionan ante la norma y esperan a que la obligatoriedad regulatoria las obligue a moverse, sin comprender que contar con un par de servicios digitales no equivale a transformarse. Ignoran que la verdadera transformación digital implica gestionar el cambio en las personas (asociados y colaboradores), responder a sus necesidades de formación y evolucionar en dimensiones críticas como la Experiencia Digital (el nivel de madurez en la interacción con los asociados), el Ecosistema Digital (la capacidad de integrarse con terceros a través de tecnologías abiertas y colaborativas), las Operaciones Digitales (procesos internos automatizados, conectados y habilitados por tecnología) y la Innovación Digital (la cultura, estructura y capacidad de crear, adoptar y escalar nuevas soluciones). 

Las organizaciones que relegan estos componentes siguen viendo la transformación como un costo, cuando en realidad es la palanca que define su sostenibilidad y relevancia en el futuro inmediato.

Un aspecto que a menudo se subestima es la gestión del cambio; la transformación digital no es solo un asunto de infraestructura tecnológica, sino de cultura organizacional. Los asociados y colaboradores deben ser acompañados en el proceso con formación, comunicación clara y espacios de participación. La resistencia al cambio es natural, pero si no se gestiona, puede convertirse en el principal obstáculo. En este sentido, programas de alfabetización digital, talleres prácticos y liderazgos inspiradores son tan importantes como las inversiones en software o infraestructura. La experiencia demuestra que una entidad puede tener la mejor tecnología, pero si su gente no la adopta, el impacto será mínimo.

 

El primer beneficio tangible es la digitalización; lejos de ser un simple cambio tecnológico, abre la puerta a modelos de negocio que antes eran impensables en el sector solidario. Hablamos de billeteras digitales, pagos en tiempo real (como Bre-B en Colombia, Pix en Brasil, CoDi y Dimo en México o Transferencias 3.0 en Argentina) que convierten a las cooperativas en actores relevantes dentro del ecosistema fintech. A esto se suman los marketplace de productos solidarios, espacios digitales donde los asociados pueden comprar, vender o intercambiar bienes bajo la confianza de su cooperativa. Incluso los servicios basados en datos, como microseguros, microcréditos personalizados o educación financiera en línea, representan una oportunidad para diversificar ingresos y posicionar a las entidades solidarias como innovadores de proximidad.

En Brasil por ejemplo, las cooperativas integradas a PIX, aumentaron el uso de sus canales en más del 40% en un año, generando ingresos adicionales por transacciones y servicios de afiliados.

El segundo gran beneficio es la fidelización del asociado, un terreno donde el sector cooperativo tiene la ventaja más significativa frente a la banca tradicional; el reto está en pasar de un asociado transaccional a uno comprometido, que vea en su cooperativa no solo una opción financiera, sino un proyecto de vida compartido. Ese sentido de pertenencia es un activo intangible que, bien gestionado con experiencias digitales personalizadas, programas de reconocimiento y canales de comunicación abiertos, puede convertirse en un círculo virtuoso de lealtad sostenida. Sin embargo, si las entidades no logran evolucionar en servicios, experiencia y capacidad de adaptación, los asociados, por más cariño que sientan, buscarán en neobancos, fintechs o bancos tradicionales lo que no encuentran en su cooperativa.

Los asociados quieren recibir de su entidad apps con experiencias integradas, en donde un asociado no solo ve su saldo, sino que accede a educación, beneficios, descuentos o comunidad; los programas de engagement digital apoyados en gamificación de metas de ahorro, reconocimiento por antigüedad o participación en actividades solidarias, y los canales conversacionales con disponibilidad 24/7 que evitan la frustración y aumentan la cercanía, son algunos ejemplos. Una caja de compensación en Chile implementó un ecosistema digital de beneficios y logró aumentar en 30% la permanencia de afiliados jóvenes.

La comparación con fintechs y neobancos es inevitable ya que estas organizaciones han ganado terreno porque ofrecen experiencias digitales intuitivas, rápidas y centradas en el usuario. Sin embargo, el sector cooperativo tiene una ventaja única: la confianza y cercanía con sus asociados. El reto está en combinar lo mejor de ambos mundos: la calidez y legitimidad del modelo solidario con la agilidad tecnológica de las fintechs. Una cooperativa que logre esta síntesis no solo retendrá a sus asociados, sino que también podrá atraer a nuevas generaciones que hoy buscan inmediatez y conveniencia en cada interacción digital.

 

El tercer beneficio clave es el fortalecimiento de la confianza a través del control y la transparencia; en el sector solidario, la confianza no es un eslogan: es la base de la relación con los asociados. La digitalización refuerza este valor al ofrecer información clara, trazabilidad en cada operación y reportes en tiempo real. Tableros de control accesibles para asociados, contratos inteligentes basados en blockchain y votaciones electrónicas seguras son ejemplos concretos de cómo la transparencia se convierte en ventaja competitiva. El caso de México, donde cooperativas que implementaron voto digital duplicaron la participación en asambleas, demuestra que la tecnología no solo mejora procesos, sino que revitaliza la democracia interna y la legitimidad institucional.

El cuarto beneficio es quizás el menos visibilizado pero de enorme impacto; me refiero a  la sostenibilidad; la transformación digital se convierte en un motor directo para avanzar en compromisos ASG (Ambientales, Sociales y de Gobernanza). Digitalizar procesos documentales, eliminar impresiones innecesarias o habilitar trámites sin papel reduce de inmediato la huella de carbono. A ello se suman los créditos verdes digitales, diseñados para financiar proyectos de eficiencia energética o energías renovables, y la educación virtual en sostenibilidad, que multiplica el alcance formativo sin generar desplazamientos. Un ejemplo ilustrativo es el de una cooperativa colombiana que al digitalizar sus procesos de crédito ahorró más de 200.000 hojas de papel al año, el equivalente a preservar 20 árboles maduros. Un beneficio ambiental concreto y medible.

En la práctica, uno de los mayores retos que hemos observado en proyectos de transformación digital es la medición de resultados; declarar que una entidad ‘se transformó’ carece de sentido si no se traduce en datos verificables. Por ello es indispensable definir KPIs claros como por ejemplo: ingresos digitales (qué porcentaje proviene de canales digitales), engagement (frecuencia de interacción en apps, campañas y encuestas), transparencia (participación en votaciones electrónicas, consultas a reportes en línea) e impacto ambiental (reducción de papel, energía o huella de carbono). Estos indicadores deben integrarse al Plan Estratégico de Transformación Digital y reportarse periódicamente en juntas directivas, consejos de administración y asambleas. Solo así la transformación deja de ser discurso y se convierte en una realidad tangible y auditable.

Un caso ilustrativo es el de una cooperativa mediana en Colombia, con algo más de 30.000 asociados, que decidió invertir en un ecosistema digital integrado (app + portal + CRM + analítica); en apenas dos años (2023–2024), los resultados fueron contundentes: incremento del 22% en ingresos por servicios complementarios (seguros y convenios), reducción del 18% en costos administrativos, y participación en asambleas que pasó del 12% al 38%. Un hallazgo clave: los asociados que usaban canales digitales tenían tres veces más productos activos que los que no. La lección es clara: la digitalización no fue solo eficiencia, sino crecimiento, confianza y legitimidad fortalecida.

Mirando hacia adelante, la transformación digital en el sector cooperativo no se detendrá en los logros actuales; tendencias emergentes como la inteligencia artificial aplicada al análisis de datos, la interoperabilidad de billeteras digitales en la región, los pagos transfronterizos en tiempo real y la creciente presión regulatoria para fortalecer la ciberseguridad marcarán la agenda. Para las cooperativas, estas tendencias representan tanto un desafío como una oportunidad: adaptar su modelo de negocio para seguir siendo relevantes y, al mismo tiempo, consolidarse como actores confiables en un mercado cada vez más competitivo. Aquellas entidades que se anticipen e incorporen estas innovaciones de manera estratégica estarán mejor posicionadas para liderar el ecosistema financiero del futuro.

La transformación digital no es un destino, sino un camino continuo que exige visión, disciplina y apertura al aprendizaje. Las cooperativas que comprendan este mensaje no solo sobrevivirán, sino que liderarán la nueva era financiera en América Latina. La invitación es a que cada entidad reflexione con honestidad sobre su nivel de madurez digital y trace una hoja de ruta clara, medible y compartida con sus asociados. Porque en la transformación digital del sector solidario no se trata de competir con la banca o las fintech: se trata de honrar el propósito cooperativo y proyectarlo hacia el futuro.

La transformación digital en el sector cooperativo y solidario de América Latina no es un proyecto aislado ni una moda pasajera: es una ruta estratégica que impacta ingresos, confianza, sostenibilidad y legitimidad. Los beneficios son tangibles, pero requieren visión, compromiso y una hoja de ruta clara.

Como región, tenemos la oportunidad de posicionar al sector solidario no solo como seguidor, sino como referente en innovación con propósito. La pregunta que queda para cada entidad es: ¿Qué tan preparada está para convertir la transformación digital en un motor de crecimiento sostenible y confianza renovada en su comunidad?

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Del pasado al futuro: cómo las cooperativas están liderando la transformación sostenible en América Latina (2012–2025)

Del pasado al futuro: cómo las cooperativas están liderando la transformación sostenible en América Latina (2012–2025)

El cooperativismo en las Américas dejó de ser otra forma empresarial para convertirse en una palanca concreta ante crisis económicas, sociales y ambientales. A partir de experiencias en Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y México; y de agendas transversales como inclusión financiera, igualdad de género, innovación y economía verde, este artículo sintetiza avances, cuellos de botella y una hoja de ruta para la próxima década. La tesis es simple: donde hubo marcos habilitantes, organización del movimiento e innovación con propósito, las cooperativas crecieron, diversificaron su impacto y ganaron legitimidad pública. Donde predominaron normativas hostiles o desmantelamiento institucional, el  potencial quedó subutilizado.

En este artículo, propongo un recorrido en tres actos: primero, el mapa regional y las tendencias que modernizan al movimiento; luego, las lecciones país por país; y, por último, las agendas transversales (finanzas, género, datos y verde) que desembocan en cinco apuestas para 2025–2030.

 

  1. A nivel regional, el movimiento cooperativo se transforma.

Entre 2012 y 2025, el cooperativismo en América Latina y el Caribe vivió una etapa de transformación que podría contarse como un viaje en tres capítulos.

El primero comenzó en los pasillos de la política y la regulación. En Brasil, la voz organizada del movimiento a través de la OCB (Organización de Cooperativas Brasileñas) y Frencoop (Frente Parlamentario del Cooperativismo) logró más de 100 avances normativos que dieron seguridad jurídica y reglas claras para cada tipo de cooperativa. Paraguay, por su parte, fortaleció sus instituciones con un INCOOP más moderno, un tribunal electoral propio y la restitución de beneficios fiscales como la exención del IVA, además de dar un paso audaz al incluir la educación cooperativa en las escuelas. Chile, en cambio, apostó por actualizar su Ley General de Cooperativas para facilitar la creación de nuevas entidades, bajar el número mínimo de socios y ampliar el alcance de las cooperativas de ahorro y crédito.

El segundo capítulo lo escribieron las nuevas generaciones y actores emergentes; ya que aparecieron cooperativas de consumo que rompieron con la lógica tradicional y adoptaron formas horizontales de gestión: compras colectivas, rotación de tareas y decisiones en asambleas reducidas. También florecieron iniciativas de intermediación solidaria que acercaron directamente al productor con el consumidor, y nacieron experiencias de monedas sociales y finanzas comunitarias que, en muchos casos, fueron lideradas por mujeres.

El tercer capítulo tuvo como protagonista la sostenibilidad y la innovación. El cooperativismo se vinculó con la economía verde, impulsando proyectos de reciclaje, energías renovables y bioeconomía. Al mismo tiempo, algunas de las cooperativas más grandes, como la emblemática Cooperativa Obrera en Argentina, dieron un salto hacia la profesionalización del uso de datos, convirtiéndolos en brújulas para tomar mejores decisiones, aumentar la productividad y ofrecer servicios de mayor calidad.

En conjunto, estos tres movimientos demostraron que el cooperativismo no es un modelo atrapado en la nostalgia del pasado. Por el contrario, es una arquitectura flexible y viva, capaz de reinventarse frente a desafíos tan grandes como la desigualdad, la concentración de mercados y la crisis climática.

 

2.Cinco países, cinco lecciones: regulaciones, efectos y pendientes

La foto de Argentina muestra un cooperativismo dinámico y heterogéneo; por un lado, cooperativas de servicios, en especial las de ahorro y crédito concentran millones de personas asociadas. En paralelo, la Intermediación Solidaria (IS) se consolidó como un sector emergente que, desde 2014, articula organizaciones de comercialización y consumo en redes MOCyCS (Mesa de Organizaciones de Comercialización y Consumo Solidario, que articula experiencias de producción y consumo popular) ; y la Federación Alta Red (reúne a cooperativas y emprendimientos solidarios para ampliar escala y logística), capaces de abastecer miles de hogares con canastas más baratas que los supermercados, visibilizando problemas de acceso a alimentos y proponiendo políticas.

La innovación organizacional convivió con la innovación de datos: Cooperativa Obrera profesionalizó el análisis de información para alinear decisiones, eficiencia y competitividad con los ODS 8 y 9 (Objetivos de Desarrollo Sostenible, adoptados por la ONU en 2015 como parte de la Agenda 2030. En particular, el ODS 8 busca promover trabajo decente y crecimiento económico inclusivo y sostenible, mientras que el ODS 9 impulsa la industria, la innovación y la infraestructura resiliente y sostenible). Sin embargo, persisten brechas de género: en la provincia de Santa Fe, aunque las mujeres son mayoría entre asociadas y trabajadoras, su presencia en consejos de administración es baja, y la asistencia a asambleas es mínimamente representativa. El desafío pasa por institucionalizar mecanismos (cuotas, formación, reglas de paridad, corresponsabilidad en cuidados) que superen la idea de que la “voluntariedad” basta para la igualdad.

El caso de Brasil, prueba que la representación unificada y profesional del movimiento (OCB/Frencoop) se traduce en resultados: 115 avances regulatorios, crecimiento de personas asociadas (+152%) y de ingresos, incluso con menos cooperativas por fusiones. La lección es contundente: marcos favorables + voz política coordinada = expansión

El reto es comunicar mejor a sociedad y tomadores de decisión el valor del modelo, aprovechando 2025 como ventana de oportunidad.

En Chile, las reformas de 2002 y 2015 no solo simplificaron la constitución y operación de las cooperativas en Chile, sino que también fortalecieron su estabilidad e introdujeron criterios de equidad de género en sus órganos directivos. En paralelo, comenzó a gestarse un resurgimiento de las cooperativas de consumo de escala humana: organizaciones horizontales, con rotación de tareas, compras colectivas y un marcado énfasis en el consumo consciente, la soberanía alimentaria y los precios justos. Este modelo ha resultado especialmente atractivo para las juventudes y para personas que, hasta ahora, se mantenían al margen de espacios participativos tradicionales. Sus aportes son significativos; desde la cohesión comunitaria y las economías de escala hasta la resiliencia frente a crisis, aunque conviven con retos importantes de escalabilidad y gobernanza, como evitar la sobrecarga de sus integrantes y asegurar una participación equilibrada.

 

México representa una paradoja en el mapa cooperativo regional; a pesar de contar con entre 9 y 10 millones de personas afiliadas y con un Sector Social de la Economía (SSE) que gestiona más de la mitad del territorio nacional, el cooperativismo se encontró con parálisis legislativa y un fuerte desmantelamiento institucional, reflejado en los recortes severos al INAES desde 2018. Sin embargo, frente a ese escenario adverso, el subsector de las Sociedades Cooperativas de Ahorro y Préstamo (SOCAP) mostró fortaleza: presencia en más del 50% de las comunidades, aporte cercano al 7% del PIB financiero y un papel decisivo en la inclusión financiera.

En 2024, el proyecto “Financiamiento Cooperativo para la Sostenibilidad” impulsó un diagnóstico PFSS que identificó 612 destinos por más de $3,444 millones MXN, con énfasis en vivienda social y producción agrícola y dimensiones de biodiversidad, agua, energía, residuos, seguros y género

Incluso en entornos adversos, políticas de finanzas sostenibles y taxonomías nacionales pueden catalizar al cooperativismo de crédito como vector de ODS.

El caso de Paraguay,  refleja cómo la modernización institucional puede fortalecer al sector dado que la evolución reciente combinó normas específicas, tales como el trabajo asociado y la obligatoriedad de la educación cooperativa con un alineamiento a estándares internacionales en prevención de lavado. El resultado ha sido un cooperativismo con mayor credibilidad y control, aunque también con exigencias administrativas más estrictas que plantean nuevos retos de implementación. El resultado es, un sector con mayor credibilidad y control, aunque con más exigencias administrativas. La proyección dependerá de implementación consistente y políticas inclusivas que faciliten escala e impacto social.

 

  1. Inclusión financiera y productiva: el crédito cooperativo como política pública

El crédito cooperativo suele pasar desapercibido en los grandes titulares financieros, pero en la práctica es un instrumento irremplazable. Es la llave que abre puertas a las MiPyMEs que no acceden a la banca tradicional, a las economías populares que sostienen territorios enteros, a comunidades rurales olvidadas y a personas históricamente excluidas del sistema.

Cada país ilustra esta historia con un matiz distinto. En Argentina, las cooperativas de ahorro y crédito luchan contra fuertes restricciones para fondearse frente a bancos y fintech. En México, las SOCAP demuestran un potencial enorme al canalizar recursos hacia destinos sostenibles: vivienda social, producción agrícola, proyectos comunitarios. En Brasil, la experiencia confirma que cuando existe un marco regulatorio favorable y una representación política sólida, el crecimiento del sector es sistémico y tangible.

De estas lecciones surgen tres líneas de acción convergentes: La primera es nivelar el campo de juego; es decir, permitir que las cooperativas capten depósitos de sus asociados bajo reglas prudenciales adecuadas, con costos regulatorios proporcionales a su tamaño y riesgo, y con plena interoperabilidad en sistemas de pago digitales. La segunda, asumir el enfoque ASG (es decir, integrar criterios Ambientales, Sociales y de Gobernanza: impacto ambiental y climático, equidad e inclusión social, y transparencia y ética en la gestión) como estándar: construir taxonomías claras que aceleren el crédito verde y social, diseñar seguros climáticos inclusivos e incentivar proyectos con co-beneficios ambientales y de género. La tercera es abrazar los datos y la trazabilidad: desarrollar capacidades de analítica como lo hace la Cooperativa Obrera para entender riesgos, medir impactos y personalizar servicios.

El mensaje de fondo es simple: cuando el crédito se democratiza con criterios cooperativos, no solo financia proyectos; financia dignidad, resiliencia y futuro.

 

  1. Arquitecturas de equidad: género, cuidados y gobernanza cooperativa

El verdadero salto cualitativo requiere pasar de los discursos a las reglas concretas estableciendo paridad en los órganos de gobierno, fijando metas de participación en las asambleas, asignando presupuestos con perspectiva de género, diseñando horarios y formatos que concilien responsabilidades de cuidado, y garantizando formación directiva. 

La experiencia de los bancos comunitarios y las monedas sociales demuestra que cuando las mujeres acceden a microcréditos y servicios financieros, suelen reinvertir en negocios, alimentación y educación, generando un efecto multiplicador en sus comunidades. En este terreno, el cooperativismo cuenta con una ventaja única ya que su combinación de democracia económica y arraigo territorial le permite transformar relaciones de poder y, al mismo tiempo, reconocer y dignificar el valor del trabajo de cuidados.

 

  1. Redes solidarias y consumo crítico: otra manera de organizar la economía

Las cooperativas de consumo emergentes en Chile y la Intermediación Solidaria en Argentina comparten una intuición potente: el consumo cotidiano puede ser ciudadanía económica. Con gobernanzas horizontales, listas de compras participativas, subcomités y logística distribuida, estas organizaciones democratizan decisiones de abastecimiento, priorizan circuitos locales y promueven precios justos. Sus retos (escala, profesionalización, fatiga de voluntariado) exigen infraestructura compartida, herramientas digitales, financiamiento puente y políticas que reconozcan su servicio público en seguridad alimentaria.

 

  1. Incubar inclusión: cuando la innovación social se diseña en comunidad

Desde 2007, el Núcleo NuMI-EcoSol/UFSCar (un centro académico y comunitario de la Universidade Federal de São Carlos que investiga, forma y acompaña experiencias de economía solidaria e inclusión social) desarrolló un método de incubación de Emprendimientos Económicos Solidarios (EES) con usuarios de servicios de salud mental. Las premisas son claras: se aprende autogestión autogestionando, y la actividad productiva surge del saber ocupacional del grupo. El proceso se organiza en cuatro ejes: identidad colectiva, formación desde la práctica, inserción en redes y viabilidad con fase piloto para evitar frustraciones. El caso SEIVA (jabones ecológicos con aceite reutilizado) muestra resultados en ingresos, autonomía y proyectos de vida, y articula con una incubadora pública para sostener la trayectoria. Más allá de Brasil, el enfoque es replicable para juventudes, poblaciones con discapacidad, personas en transición laboral o egreso de sistemas penales. Es, en suma, política de salud pública con forma cooperativa.

 

  1. Energía, reciclaje y bioeconomía: la agenda verde cooperativa

En distintos rincones de América Latina, las cooperativas están demostrando que la transición ecológica no es un discurso lejano, sino una práctica cotidiana. En Argentina, Colombia y República Dominicana, los antiguos recicladores informales encontraron en las cooperativas un espacio para formalizar su labor: hoy certifican materiales, convierten plásticos en madera sintética y, al mismo tiempo que reducen emisiones, generan empleo digno. En Brasil y Costa Rica, la historia se cuenta a través del sol, el agua y el viento: cooperativas que levantaron centrales hidroeléctricas, solares y eólicas no solo diversifican la matriz energética, también democratizan el acceso y crean fondos comunitarios para reinvertir en proyectos locales. La innovación también se abre paso en la bioeconomía y la construcción sostenible. Agroindustrias cooperativas transforman subproductos del café en nuevas cadenas de valor; iniciativas de bioconstrucción modular levantan viviendas eficientes con materiales naturales; y ladrillos ecológicos, fabricados sin necesidad de cocción, ahorran energía y reducen emisiones.

Lo más poderoso, sin embargo, no está solo en la tecnología, sino en la gobernanza. Porque en las cooperativas, la comunidad es la que decide: controla excedentes, define prioridades y orienta el valor hacia donde más se necesita; ya sea agua, vivienda o empleo juvenil. Esa es la verdadera ventaja comparativa del modelo cooperativo en la transición ecológica: transformar recursos en resiliencia, y proyectos en futuro compartido.

 

  1. Retos estructurales para liberar el potencial cooperativo

Aunque el cooperativismo en la región ha demostrado una enorme capacidad de innovación y resiliencia, el camino no ha estado libre de tropiezos. A veces, la rueda avanza con fuerza, pero se traba en las mismas piedras de siempre.

En Argentina, por ejemplo, las asimetrías regulatorias y los costos desproporcionados hacen que las cooperativas de ahorro y crédito pequeñas jueguen en una cancha inclinada frente a los bancos. En México, el desmantelamiento institucional con los recortes al INAES ( Instituto Nacional de la Economía Social, organismo público descentralizado creado en 2012 y sectorizado en la Secretaría de Bienestar, encargado de promover y fortalecer a cooperativas y demás organizaciones del Sector Social de la Economía en México) cortó el puente que unía la política pública con los proyectos comunitarios, dejando a muchas iniciativas sin respaldo. Otro freno importante ha sido la competencia de las fintechs en el crédito al consumo, que crecen rápido pero sin las mismas reglas de responsabilidad social. A ello se suman las brechas de género: aunque las mujeres son mayoría en la base social, todavía encuentran puertas cerradas en los espacios de liderazgo y en la participación efectiva. También pesan los desafíos internos. Las experiencias horizontales y de escala humana, que son el corazón de muchas cooperativas, corren el riesgo de sobrecargarse y perder ese espíritu cercano que las hace únicas si no encuentran cómo escalar sin desgastarse. Y, finalmente, la falta de infraestructura y de financiamiento limita la posibilidad de invertir en logística, digitalización o proyectos verdes, impidiendo que las buenas ideas lleguen más lejos.

Estos obstáculos no niegan los avances; más bien recuerdan que el potencial cooperativo necesita reglas justas, instituciones sólidas y recursos adecuados para desplegar toda su fuerza transformadora.

 

  1. Hoja de ruta 2025–2030: cinco apuestas concretas

Imaginemos el cooperativismo de las Américas entrando al 2025 como quien se prepara para un viaje decisivo. La hoja de ruta no se mide solo en cifras, sino en apuestas concretas que marcarán la diferencia en la próxima década.

El primer paso es forjar un pacto regulatorio cooperativo; esto significa construir reglas proporcionales y prudenciales que reconozcan el tamaño y riesgo de cada entidad, abrir el acceso a sistemas de pago y permitir que los propios asociados fondeen a sus cooperativas bajo garantías claras. Aquí entran en juego las taxonomías ASG (Ambiental, Social y de Gobernanza), con créditos verdes y sociales respaldados por líneas de garantía pública.

El segundo movimiento es diseñar una política de datos con propósito; ya no se trata de acumular información, sino de gobernarla con inteligencia: tableros de control, analítica aplicada, interoperabilidad con registros públicos y métricas que midan impacto real; empleo generado, emisiones reducidas, inclusión alcanzada.

La tercera apuesta es ineludible: igualdad de género como requisito de gobernanza. No más discursos, sino reglas claras: paridad o metas verificables en los consejos, presupuestos con perspectiva de género, servicios de cuidado que liberen tiempo y formatos inclusivos que permitan a más mujeres y jóvenes estar presentes en las asambleas.

El cuarto desafío consiste en hacer crecer las experiencias horizontales sin perder su esencia. Para lograrlo, las cooperativas de consumo necesitan apoyarse en plataformas compartidas de compras, logística y distribución; contar con fondos rotatorios de capital de trabajo; y garantizar un nivel básico de profesionalización en áreas como contabilidad, aspectos legales y marketing. Solo así podrán ampliar su alcance manteniendo intacto su espíritu humano y democrático.

Finalmente, la quinta pieza del rompecabezas: ecosistemas de incubación inclusiva. Replicar el método NuMI-EcoSol (un modelo brasileño de incubación de emprendimientos económicos solidarios creado por el Núcleo de Economía Solidaria de la Universidad Federal de São Carlos, que acompaña especialmente a personas en situación de vulnerabilidad, como usuarios de servicios de salud mental, mediante procesos de autogestión, formación práctica y redes de apoyo) en nuevas alianzas entre salud y economía solidaria. Aprovechar compras públicas y ferias como motor de ventas, e integrar seguros y finanzas comunitarias que den estabilidad a los ingresos.

Cada uno de estos pasos no es una recomendación aislada, sino una brújula colectiva. Juntos dibujan un futuro donde el cooperativismo deja de ser “alternativa” para convertirse en protagonista del desarrollo justo, inclusivo y sostenible que América Latina necesita.

 

Conclusión: 2025 como punto de inflexión

Los últimos años nos enseñaron,  que el cooperativismo es moderno cuando regula, innova e incluye. Brasil confirmó que la incidencia política cambia trayectorias. Chile demostró que simplificar y abrir puertas trae actores nuevos. Paraguay asoció gobernanza y cultura para consolidar. Argentina combinó redes de comercialización, uso estratégico de datos y creatividad territorial. México evidenció que, aun en contextos adversos, las finanzas cooperativas pueden mover la aguja de los ODS si se articulan con taxonomías sostenibles y metodologías participativas.

 

De cara a 2025, el llamado no es solo conmemorativo; es programático. Si los Estados adoptan reglas proporcionales, financiamiento con criterios ASG, y políticas públicas que reconozcan el valor diferencial de la propiedad democrática, y si el movimiento cooperativo consolida paridad, gobernanza basada en datos y alianzas multisectoriales, el cooperativismo estará en posición de liderar la reconstrucción de economías más justas, resilientes y bajas en carbono. No se trata de “adaptar” el modelo cooperativo al siglo XXI, sino de entender que el siglo XXI necesita el modelo cooperativo para que desarrollo, democracia y sostenibilidad dejen de ser promesas y se vuelvan práctica cotidiana.

El cooperativismo en nuestra región ha demostrado que sabe adaptarse y reinventarse. Hoy, más que nunca, el reto es pasar de las experiencias exitosas a una transformación integral que fortalezca su papel como actor clave frente a los desafíos económicos, sociales y ambientales. La invitación es a que cada cooperativa, desde su identidad y realidad local, trace su propia hoja de ruta: aprovechar la tecnología, innovar en la gobernanza y abrir espacios de inclusión que multipliquen el impacto. No se trata solo de crecer, sino de transformar con propósito, construyendo un futuro sostenible y compartido.

 

Este artículo es una reflexión personal inspirada en la publicación “Evolución del sector cooperativo entre 2012–2025”, publicado por Cooperativas de las Américas. Todo el mérito corresponde a sus autores; las interpretaciones y opiniones aquí expresadas son únicamente mías. Agradezco a José Alves de Souza Neto y Danilo Salerno por el liderazgo que enmarca esta obra, a Paula Arzadun por coordinar la investigación. Reconozco también al comité evaluador por su solvencia académica y crítica constructiva. Mi intención es sumar una mirada personal a un trabajo que constituye una referencia clave para el movimiento cooperativo de la región.

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La hoja de ruta de una transformación digital exitosa

 La hoja de ruta de una transformación digital exitosa 

 

Cuando hablo con directivos y líderes de organizaciones especialmente en el sector solidario y cooperativo una de las preguntas más frecuentes que escucho es: “¿por dónde empiezo la transformación digital?”.

La duda es legítima ya que la presión del entorno, la competencia y las regulaciones generan urgencia; sin embargo, la tentación de resolver el tema comprando un software, contratando una app o tercerizando todo el proceso suele llevar a resultados frustrantes.

La transformación digital no empieza en la tecnología; empieza en la estrategia, en las personas y en la claridad de una hoja de ruta que marque las prioridades; ese es el verdadero punto de partida: tener una hoja de ruta ordenada y práctica que convierta la intención en resultados medibles.

En este artículo, compartiré un mapa con cinco etapas esenciales: diagnóstico, estrategia, pilotos, escalamiento y cultura. No se trata de pasos rígidos, sino de una secuencia lógica que permite avanzar con foco, minimizando riesgos y maximizando impacto.

 

1º Diagnóstico: entender dónde estamos: El primer paso de cualquier transformación es reconocer y/o identificar de forma objetiva el punto de partida; ya que muchas organizaciones creen conocerlo, pero la experiencia demuestra que suelen sobreestimar sus capacidades digitales o subestimar sus retos.

Aquí entran en juego herramientas como el Índice de Madurez Digital (IMD), que mide dimensiones clave tales como las capacidades tecnológicas, los procesos internos, la cultura organizacional y el gobierno alrededor de la transformación.

Tal es el caso de una cooperativa de ahorro y crédito que evaluamos recientemente creía que su fortaleza era la digitalización de trámites; sin embargo, el IMD mostró que, aunque tenían varios canales digitales, sus asociados seguían prefiriendo trámites presenciales porque la experiencia digital no era intuitiva. El problema no era de sistemas, sino de diseño centrado en el usuario. Sin diagnóstico, cualquier inversión puede convertirse en un salto al vacío. Con diagnóstico, la organización tiene un punto de referencia claro para decidir qué vale la pena mejorar.

 

2º Estrategia: definir hacia dónde vamos: El diagnóstico es solo el inicio; el verdadero valor está en conectar esa información con el plan estratégico de la entidad; la estrategia digital no puede ser un plan paralelo ni un anexo aislado, debe ser parte integral del modelo de negocio. Al diseñar la estrategia, la organización responde a tres preguntas críticas: ¿Qué iniciativas tienen mayor impacto en la experiencia del asociado?, ¿Cómo se conectan con la visión y el plan estratégico de la entidad?, ¿Qué inversiones deben priorizarse para generar valor real y sostenible?

En este caso, quiero mencionar a una mutual con la que trabajamos; ellos priorizaron dos frentes en su estrategia: digitalizar la afiliación y crear un ecosistema de formación virtual para sus asociados; en lugar de dispersarse en múltiples proyectos, decidieron concentrarse en los dos que más conectaban con su misión social y su modelo de ingresos; la estrategia es la brújula y si no existe, la organización corre el riesgo de perseguir tendencias tecnológicas sin lograr impacto en su propósito.

 

3° Pilotos: probar en pequeño, aprender en grande: Uno de los errores más costosos en transformación digital es querer hacerlo todo de una vez. El cambio digital se construye paso a paso. Aquí entran en juego los proyectos piloto ya que un piloto es una prueba controlada que permite experimentar sin comprometer toda la operación, medir impacto y ajustar antes de escalar, reducir riesgos financieros y organizacionales.

En este caso, quiero referirme a una cooperativa que decidió lanzar un piloto de ventas en línea solo en una ciudad intermedia ya que el objetivo era aprender sobre logística, pagos y experiencia del usuario; con los resultados, ajustaron el modelo antes de llevarlo al resto del país y ese aprendizaje temprano les ahorró meses de improvisación.

 

Los pilotos no son pérdida de tiempo. Son una inversión en aprendizaje rápido y seguro.

4° Escalamiento: de la prueba al modelo sostenible: Cuando un piloto demuestra resultados, llega el momento de escalar y esto significa integrar la iniciativa en la operación diaria y convertirla en parte del modelo de negocio ya que el escalamiento implica entre otras cosas, ajustar procesos internos, redefinir indicadores de gestión, asignar recursos permanentes, asegurar que la innovación no sea un proyecto aislado, sino una práctica continua.

En el sector cooperativo, varias entidades han probado billeteras digitales con grupos reducidos de asociados; cuando los resultados son positivos, el reto es integrarlas al core financiero, capacitar a todo el equipo y garantizar la interoperabilidad con otros sistemas; ese es el verdadero escalamiento. Sin esta etapa, los pilotos se convierten en proyectos bonitos que nunca pasan a ser sostenibles.

 

5° Cultura: el verdadero motor del cambio: Si hay un factor que define el éxito o el fracaso de la transformación digital, es la cultura organizacional ya que la cultura determina cómo reaccionan las personas frente al cambio, qué tanto están dispuestas a innovar y cómo integran la tecnología en su trabajo diario dado que la transformación digital no es solo técnica, es, sobre todo, transformación cultural y esta requiere formar líderes digitales en todos los niveles, incentivar la innovación y el aprendizaje continuo, colocar al asociado o cliente en el centro de las decisiones y promover una mentalidad de colaboración entre áreas.

Tal es el caso de una cooperativa que adoptó la banca móvil  y descubrió que el mayor reto no estaba en la app, sino en que muchos colaboradores seguían incentivando a los asociados a hacer filas en las oficinas para mantener el contacto humano; y solo cuando la dirección trabajó en un cambio cultural donde digital no era lo contrario de humano, sino un complemento, la adopción creció de manera sostenida.

Nuestra experiencia nos permite compartir con ustedes algunas lecciones clave de la hoja de ruta de la transformación digital; en primer lugar,  el orden si importa ya que no sirve saltarse etapas ni pretender escalar sin diagnóstico, en segundo lugar, cada organización tiene su propio ritmo, no existen recetas universales, sino principios que se adaptan a la realidad de cada entidad y acá debemos ser muy abiertos, en tercer lugar, el propósito es la guía, ya que la tecnología es un medio, porque el fin es generar valor sostenible para los asociados; y en cuarto lugar, el aprendizaje continuo es indispensable, ya que lo digital no se implementa una vez sino que se construye como una práctica constante.

Una transformación digital exitosa no comienza con una aplicación ni con un software; comienza con un mapa de ruta claro: Diagnóstico + Estrategia + Pilotos + Escalamiento + Cultura. Este camino no solo permite avanzar con orden, sino también con sentido ya que cada paso está conectado con la visión y el propósito de la entidad, y las entidades que entienden esto dejan de improvisar y comienzan a ejecutar, se convierten en referentes de innovación, no porque tengan la última tecnología, sino porque logran alinear la estrategia con la cultura y las necesidades reales de sus asociados y esa es, en últimas, la verdadera transformación: pasar de la intención a la acción, con impacto medible y sostenible.

 

Muchas veces la pregunta no es qué tecnología necesito, sino qué pasos debo dar para transformar de manera ordenada y sostenible.


Este artículo propone un mapa de ruta práctico: diagnóstico, estrategia, pilotos, escalamiento y cultura.Una invitación a repensar la transformación digital no como moda, sino como un proceso que conecta visión, propósito y acción.

 

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El dilema estratégico de las cooperativas

El dilema estratégico de las cooperativas


Hoy, las cooperativas de Latinoamérica se encuentran en una encrucijada: por un lado, preservar su esencia social y solidaria; por otro, adaptarse a un entorno cada vez más digital, regulado y competitivo. 

El desafío no es elegir entre misión o tecnología, sino lograr que la transformación digital sea coherente con la visión estratégica y el propósito social. En el sector cooperativo, donde el propósito social es tan importante como la rentabilidad, la transformación digital puede ser vista como una amenaza a la esencia o como la gran palanca para fortalecerla.

Hoy, más que nunca, las cooperativas de Latinoamérica enfrentan una encrucijada ya que por un lado, las exigencias regulatorias se intensifican, obligando a fortalecer canales digitales, gobernanza tecnológica y seguridad de la información y por otro, los asociados, especialmente las nuevas generaciones, esperan experiencias digitales inmediatas, ágiles y seguras, comparables con lo que reciben de bancos, fintechs o grandes plataformas tecnológicas, y como si fuera poco, los competidores tradicionales ya no son solo otras cooperativas o bancos locales, sino fintechs globales y bigtechs que entran al terreno financiero con propuestas disruptivas.

En este escenario, muchos gerentes y consejos de administración se hacen la misma pregunta: ¿Cómo asegurarnos de que el plan estratégico de la cooperativa no pierda su esencia al integrar la transformación digital?

Este artículo busca responder a esa inquietud. A través de principios, casos reales y pasos prácticos, exploraremos cómo alinear visión, estrategia y tecnología sin perder el rumbo cooperativo.

La mayoría de las cooperativas de la región cuentan con planes estratégicos claros; dichos planes suelen incluir objetivos como: crecer en número de asociados, ampliar la cobertura territorial, generar mayor inclusión financiera o consolidar el impacto social; sin embargo, cuando llega el momento de implementar la transformación digital, surgen varios dilemas.

Algunas entidades,  optan por invertir en soluciones tecnológicas de moda (aplicaciones móviles, chatbots, blockchain) sin un análisis de coherencia con la estrategia; otras digitalizan procesos aislados sin un plan de integración, lo que crea “islas tecnológicas” que terminan aumentando la complejidad y los costos, dando como resultado la frustración de los equipos, la pérdida de recursos y, en muchos casos, un alejamiento del propósito cooperativo.

Un ejemplo común es aquella cooperativa que lanza una aplicación móvil para solicitar créditos, pero no capacita a sus asociados mayores, en este ejemplo, la herramienta termina siendo usada solo por un segmento pequeño y no logra el impacto esperado.

La lección es clara, una estrategia sin tecnología conduce al estancamiento, mientras que la tecnología sin estrategia genera dispersión; solo cuando ambas se alinean es posible alcanzar sostenibilidad y relevancia en el tiempo. 

Principios de coherencia estratégica en cooperativas

Para que la transformación digital no desvíe el rumbo, las cooperativas necesitan trabajar bajo cuatro principios clave: El primero de ellos es que la visión de la entidad sea el norte de la estrategia y considerar la digitalización como aquella que debe servir al propósito social y solidario, nunca reemplazarlo. Tan fácil como preguntarnos ¿esta iniciativa digital fortalece el impacto en los asociados y en la comunidad?

Hablemos de gobernanza digital, me refiero a que las decisiones tecnológicas no pueden quedar solo en manos del área de TI; deben estar integradas en los órganos de gobierno (juntas, consejos, comités); una buena práctica es la de conformar un comité de estrategia y transformación digital.

Desde el punto de vista de la propuesta de valor de la entidad, ésta debe estar centrada en el asociado; el centro no es la herramienta, sino la experiencia del asociado; por ejemplo, digitalizar un proceso de crédito no solo reduce tiempos de espera, también mejora la percepción de confianza y servicio.

La piedra angular desde mi perspectiva son la cultura y un componente crítico del éxito, la educación digital ya que ninguna tecnología funciona si la gente no la adopta; los programas de alfabetización digital para empleados y asociados, comunicación clara y liderazgo visible son claves para generar confianza.

Quiero compartir algunos casos inspiradores que motivarán a quienes lean este artículo, a avanzar de forma estructurada en sus procesos de transformación.

Aunque no es cooperativa, LEGO es un referente de cómo una organización puede reinventarse; a finales de los 90 estaba al borde de la quiebra. La compañía entendió que su visión no era vender juguetes, sino inspirar creatividad en niños y adultos. A partir de esa claridad, integró experiencias digitales (videojuegos, realidad aumentada, comunidades online) que ampliaron su propósito; el aprendizaje para las cooperativas es que no se trata de hacer apps por hacerlas, sino de repensar cómo lo digital potencia la misión.

Coopenae  de Costa Rica, es una de las cooperativas financieras más grandes de Centroamérica; ellos lograron digitalizar procesos internos y fortalecer su banca en línea, todo sin perder su esencia solidaria; el aprendizaje para las cooperativas es que cuando lo digital se diseña con propósito, la experiencia del asociado mejora y la sostenibilidad crece.

En Colombia, Confiar Cooperativa Financiera ha invertido en fortalecer su plataforma digital, especialmente en servicios de banca en línea y móvil y lo ha hecho siempre desde una narrativa clara: la digitalización está al servicio de la inclusión y el bienestar de sus asociados, no como un fin aislado; de ellos podemos aprender que la comunicación coherente es tan importante como la tecnología.

Bancamía de Colombia, aunque no es cooperativa (su modelo es afín: inclusión financiera para microempresarios), logró implementar apps y canales digitales que reducen costos de operación y amplían el alcance sin sacrificar cercanía.

COOP de Brasil que es quizás, la cooperativa de consumo más grande de América Latina o al menos una de las mayores cooperativas consumidoras del continente con más de un millón de asociados y 6.000 colaboradores distribuidos en supermercados y farmacias emprendió una transformación tecnológica estratégica;  a través de la implementación de soluciones de seguridad (FortiGate, FortiSwitch, FortiAnalyzer, entre otras), logró una conectividad robusta y segura al migrar hacia la nube; y lo mejor: esto se permitió reducir costos y tiempos al desplegar nuevos sistemas, expandirse ágilmente, incluyendo aperturas de tiendas en condominios residenciales, mantener continuidad operativa, incluso en entornos complejos y distribuidos. De ellos la lección para las cooperativas es que avanzando en digitalización, incluso en tareas aparentemente operativas (como seguridad y conectividad), se pueden abrir nuevas oportunidades de crecimiento y cercanía con los asociados.

La Cooperativa de Ahorro y Crédito Policía Nacional de Ecuador con más de cuatro décadas de historia, enfrentó al reto de ofrecer servicios completamente digitales y gracias a una solución integral, logró lanzar una app móvil ligera, que opera sin consumir excesivos datos; permitir operaciones clave desde el celular significa transferencias, pagos, solicitud de créditos y gestión de tarjeta, además, transitar hacia una plataforma digital funcional y accesible para todos los públicos. De ellos podemos aprender que una digitalización bien diseñada puede transformar la experiencia del asociado, acercando servicios de valor sin comprometer la usabilidad ni incurrir en costos elevados para el usuario final.

En el caso de Sicredi Pioneira de Brasil y la Cooperativa Riobamba de Ecuador; ambas entidades fueron destacadas por su enfoque en la transformación digital dentro del sector cooperativo; en eventos del ámbito regional, presentaron los retos iniciales y aprendizajes en su camino digital; el equilibrio logrado entre modernización tecnológica y preservación de su identidad cooperativa es maravilloso, digno caso de estudio.  Considero que el aprendizaje es que, incluso en poblaciones vulnerables, la digitalización puede ser un habilitador de inclusión.

 

Pasos prácticos para alinear estrategia y transformación digital

El primer paso es partir de un diagnóstico integral y objetivo ya que antes de iniciar cualquier iniciativa digital, la cooperativa debe evaluar su plan estratégico vigente, y su madurez digital (procesos, cultura, tecnología).

Actualmente, existen herramientas como el modelo IMD o diagnósticos de PETI (Plan Estratégico de TI) muy útiles para identificar brechas y de forma sencilla conocer el punto de partida.

El segundo paso, es el mapeo de los objetivos estratégicos, es decir, que cada iniciativa digital esté vinculada a un objetivo estratégico; por ejemplo, si un objetivo estratégico: es atraer jóvenes, eso se traduciría en una app móvil intuitiva más educación financiera gamificada por ejemplo.

El tercer paso es diseñar una arquitectura digital alineada; es decir, no se trata de comprar tecnología de forma aislada, la clave es definir una arquitectura digital que converse con el plan estratégico, que incluya entre otros la integración de los diferentes sistemas, la seguridad de la información, la escalabilidad para el futuro y todo conectado con el plan estratégico.

El cuarto paso, uno de los pasos más importantes,  es la gobernanza y la priorización adecuada; crear un comité mixto de estrategia y tecnología asegura que las decisiones digitales tengan coherencia, incorporar en el ADN de la dirección, adecuados criterios de priorización como por ejemplo; analizar el impacto directo en el asociado, el retorno social y financiero, y la alineación con los  principios cooperativos entre otros.

El paso número cinco, es una ejecución ágil y medible ya que los proyectos deben ser pequeños, medibles y con entregas rápidas; es decir, quick wins generan confianza, medir el impacto con KPIs claros y bien definidos, como por ejemplo la reducción en tiempos de atención, el incremento en la satisfacción de los asociados, el crecimiento en el número de usuarios digitales por mencionar algunos.

El paso número seis es en definitiva, la cultura y la  gestión del cambio, ya que la mayor barrera no es tecnológica, sino cultural; darle la importancia y los recursos que se merecen capacitar a empleados y asociados, así como comunicar interna y externamente los beneficios de forma clara, reconocer y celebrar los avances para reforzar la confianza tanto de colaboradores como de asociados.

Finalmente, algunos errores comunes a evitar desde nuestra perspectiva podrían ser por ejemplo, invertir en tecnología por moda sin análisis estratégico,  crear islas digitales sin integración, no definir métricas de éxito antes de iniciar cualquier proyecto, y mi favorito, subestimar la resistencia cultural pensando que es lo menos importante y por último, dejar la digitalización solo en manos de TI excluyendo las áreas de talento humano, finanzas, o mercadeo, solo por mencionar algunas.

Desde nuestra experiencia, la conclusión sería lograr digitalizar con propósito cooperativo ya que la transformación digital no es un camino paralelo al plan estratégico de las cooperativas, no debemos verlo como una exigencia más del regulador sino como un acelerador, y este, solo funciona si está alineado con la visión, la cultura y el propósito solidario de la entidad.

La verdadera innovación en el sector cooperativo no consiste en implementar la última tecnología, sino en usar la tecnología adecuada para fortalecer el propósito de inclusión, sostenibilidad y bienestar social.

Finalmente, los invito a hacer una reflexión ya que no se trata de ser los más digitales, sino de ser digitales con propósito. 

Como lo mencioné en el anterior artículo, en la última década, hemos visto cómo sectores completos en Latinoamérica han perdido relevancia por no adaptarse a tiempo. Las empresas de transporte tradicional frente a las plataformas de movilidad, las cadenas minoristas que tardaron en apostar por el comercio electrónico, o las agencias de viajes que ignoraron la digitalización son solo algunos ejemplos ilustrativos.

En todos los casos, el denominador común fue el mismo: subestimar la velocidad del cambio y confiar en exceso en la posición que ocupaban en el mercado.

En el sector cooperativo, el riesgo es similar; la transformación digital ya no es una iniciativa que pueda postergarse o esperar a que sea obligatoria para comenzar como está sucediendo en algunos países; la transformación es el elemento que definirá la competitividad, la sostenibilidad y la relevancia social de nuestras organizaciones en los próximos años; de este modo, el desafío no es solo incorporar tecnología, sino repensar cómo ésta habilita mejores experiencias para el asociado, agiliza procesos y garantiza cumplimiento regulatorio. 

En definitiva, la transformación digital no es un fin en sí mismo, ni una moda pasajera: es el acelerador que permitirá que las cooperativas sigan cumpliendo su misión solidaria en un entorno cada vez más competitivo. El verdadero reto no está en implementar la última tecnología, sino en usar la tecnología adecuada para fortalecer la inclusión, la sostenibilidad y el bienestar social.

No se trata de ser los más digitales, sino de ser digitales con propósito. Esa es la diferencia entre perder relevancia o mantenerse vigentes y trascendentes en la vida de los asociados.

La invitación es a que cada consejo de administración y cada equipo directivo se pregunten: ¿estamos listos para competir en un mundo donde la inmediatez, la experiencia del usuario y la eficiencia digital son la nueva norma?

 

 

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Rediseñar el modelo de negocio cooperativo impulsado por tecnología

Rediseñar el modelo de negocio cooperativo impulsado por tecnología

 

Esta semana quiero compartirles nueve historias de innovación en procesos y servicios digitales dentro del sector cooperativo en América Latina. El tema cobró aún más fuerza después de escuchar dos frases inspiradoras durante el Congreso Nacional Cooperativo, celebrado en Cartagena los días 28 y 29 de agosto.

El primero del gerente de una cooperativa grande en Colombia fue: “para nosotros  la transformación digital no es tener más sistemas, es hacer que el asociado pueda llevar a su cooperativa en el bolsillo y que pueda desde pedir un crédito hasta participar en una asamblea con un clic”.

 El segundo comentario,   del gerente de una cooperativa mediana también de Colombia,  quién decía con cierta nostalgia: “Oscar, hace 20 años nuestro mayor logro era entregar créditos de manera rápida en 15 días; hoy un joven asociado espera que lo hagamos en 15 minutos, desde su celular y sin papeles.” 

Me quedé pensando en estos dos comentarios y también que ambos resumen el gran desafío que enfrentan las cooperativas en América Latina por estos tiempos.

Durante varias décadas, el sector solidario se ha sostenido sobre tres pilares: confianza, solidaridad y democracia participativa; sin embargo, los cambios en los hábitos transaccionales de los asociados, la entrada de las fintechs, las billeteras digitales, los avances en open finance en América Latina que están abriendo el acceso y la interoperabilidad de datos financieros entre entidades y las nuevas exigencias regulatorias como la llegada de los pagos en tiempo real (RTP), han acelerado un proceso inevitable: rediseñar el modelo de negocio cooperativo y solidario con apoyo de la tecnología.

Sin embargo, la pregunta que muchos líderes cooperativos se están haciendo hoy, es ¿cómo puede una entidad con varias décadas de historia, adaptarse a un mundo digital sin perder su esencia solidaria? Personalmente, considero que la respuesta está en comprender que la tecnología no sustituye el ADN cooperativo sino que por el contrario, lo amplifica, lo vuelve más cercano y más relevante en la vida de los asociados.

Cuando hablamos de rediseñar, no nos referimos a comprar la última plataforma de moda sino de algo más profundo que consiste en repensar cómo la cooperativa crea, entrega y multiplica valor para sus asociados; es decir, rediseñar no es digitalizar, es re-imaginar el valor; en la práctica, esto implica, esforzarnos como entidad por integrar experiencias digitales en toda la cadena de valor, generar nuevos ingresos a través de alianzas y servicios complementarios, usar datos y analítica para ampliar el impacto social.

Estudiando un poco,  investigando en toda Latam, y revisando algunos proyectos recientes, logré consolidar algunas historias de innovación en procesos que me parecieron interesantes para compartir.

La primera de ellas,  tiene que ver con la aprobación de Créditos solidarios en horas, y no en semanas; en este caso me refiero a una cooperativa mexicana, en la cual, los créditos solían tardar entre 7-9 días en aprobarse; pero hoy, gracias a un modelo de machine learning que cruza información alternativa como los pagos de servicios, el historial de aportes, y su consumo digital, la aprobación llega en cuestión de horas.

El impacto fue enorme ya que cientos de asociados que antes quedaban por fuera del sistema financiero, hoy acceden a crédito justo a tiempo; un cambio de proceso que no solo mejora la experiencia, sino que fortalece la inclusión financiera.

La segunda historia, tiene que ver con las asambleas digitales; en este caso,  se trata de una cooperativa rural en Colombia. Para los asociados, asistir a la asamblea implicaba viajar horas por carretera; sin embargo, hoy, con una plataforma de asambleas virtuales y votación en blockchain, esos mismos asociados participan desde sus celulares y el resultado logrado, es que la participación subió del 41% al 73%;  y esto significa que a más voces, más democracia, por ende, más esencia cooperativa.

En Chile, nuestra tercera historia, tiene que ver con varias cooperativas medianas que migraron su operación contable y de gestión documental a la nube y el resultado fue de  cerca de un 30% menos en costos operativos y la posibilidad de presentar reportes regulatorios en la mitad del tiempo; el ahorro se reinvirtió en programas de educación financiera para jóvenes asociados; este es un ejemplo claro de cómo la tecnología libera recursos para fortalecer el propósito social cooperativo.

Nuestra cuarta historia, tiene que ver con los servicios digitales; en este caso, el desarrollo de una billetera solidaria en Argentina;  resulta que un grupo de cooperativas lanzó una billetera electrónica propia; los asociados pueden transferir dinero sin costo, acceder a descuentos en comercios aliados y, lo más innovador, recibir beneficios sociales integrados en la app; esta historia me gusta en particular porque no se trata solo de competir con bancos o fintechs, sino de crear un ecosistema donde cada transacción refuerza la pertenencia cooperativa.

En Chile, varias cooperativas agrícolas enfrentaban un problema común ya que tenían que  vender su producción a precios injustos; y acá empieza la quinta historia de éxito, la solución fue un marketplace solidario donde los asociados venden directamente al consumidor. El resultado: hasta un 40% más de ingresos para los productores. La tecnología no solo transformó un canal de venta, transformó vidas.

En Colombia, un fondo de empleados es el protagonista de nuestra sexta historia; el fondo, lanzó una app gamificada para enseñar a los jóvenes a ahorrar, y a medida que cada reto es cumplido, se otorgan insignias y recompensas simbólicas. En seis meses, más del 60% de los menores de 30 años aumentaron su saldo de ahorro voluntario, constituyéndose como una prueba de que la educación financiera también puede ser divertida y efectiva.

Ejemplos con casos de éxito dignos de emular, existen muchos, mi objetivo al compartirlos con todos ustedes es motivarlos a pensar por fuera de la caja, a dejar de lado los mitos alrededor de la transformación digital y la falsa idea de que si no se realizan inversiones cuantiosas, no es posible llevar la entidad a un nivel de madurez digital más avanzado. Para finalizar quiero contarles las últimas tres historias; la Caja Popular Mexicana; protagonista de nuestra séptima historia de éxito, esta entidad,  digitalizó créditos y transferencias, manteniendo la confianza de más de tres millones de socios. La octava historia, corresponde a Cooprogreso de Ecuador, quienes crearon una “superapp solidaria” que integra desde apertura de cuentas hasta pagos de servicios básicos. Y finalmente, nuestra novena historia de éxito corresponde a Credicoop de Argentina, quienes apostaron por la banca electrónica y los servicios digitales sin perder su identidad de base social. 

En todos estos casos analizados, se demuestra que la clave no es el tamaño de la entidad, ni el país, sino la decisión de innovar con visión digital; considero que el verdadero riesgo es no actúar ya que el inmovilismo tiene un costo alto; para empezar nos podríamos convertir en irrelevantes frente a fintechs más ágiles, corremos el riesgo además de desconectar a las nuevas generaciones que esperan experiencias móviles y finalmente, quedar rezagados frente a las exigencias regulatorias de seguridad y digitalización de cada país.

La verdadera amenaza no es la tecnología, es no moverse a tiempo. La tecnología no debe verse como un fin, sino como una herramienta al servicio del propósito solidario. Rediseñar el modelo de negocio cooperativo no significa traicionar la esencia, significa ser coherentes con ella; y si el propósito es servir al asociado y generar bienestar colectivo, la tecnología es el vehículo más poderoso para lograrlo de manera más inclusiva, eficiente y sostenible. 

Las claves son claras desde mi perspectiva; en primer lugar, mantener el propósito social en el centro, pensando siempre desde las necesidades del asociado, para quien trabajamos todos nosotros finalmente; en segundo lugar, usar la tecnología para multiplicar valor y finalmente, construir una cultura de innovación constante.

El futuro de las cooperativas en América Latina no se decidirá por quién tiene la app más vistosa, sino por quién logra hacer de la tecnología un aliado estratégico del propósito solidario; de este modo, las preguntas que cada entidad debe hacerse son sencillas; por ejemplo: ¿Qué proceso puedo transformar hoy? , ¿Qué servicio digital puedo lanzar mañana?, ¿Cómo quiero que mis asociados recuerden a su cooperativa en 10 años?, entre otras.

Aquellas cooperativas que se atrevan a responder con acción serán las que marquen el futuro del sector; no se trata de comprar más tecnología, sino de diseñar estrategias digitales coherentes con el propósito solidario.

Si alguna(s) de estas historias te motivaron, o si  en tu cooperativa están evaluando cómo dar este paso, conversemos: será un gusto escuchar sus retos y compartir experiencias que les ayuden a avanzar con confianza.

¿Cómo rediseñar el modelo de negocio cooperativo con apoyo de la tecnología sin perder la esencia solidaria?


En este artículo comparto 9 historias de innovación en procesos y servicios digitales en Latinoamérica que muestran que sí es posible.

 

Te invito a leerlo y a compartir tu experiencia.


#TransformaciónDigital #SectorSolidario #InnovaciónCooperativa #OpenFinance 

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¿Está tu cooperativa lista para el futuro digital? el reloj ya empezó a correr.

En la última década, hemos visto cómo sectores completos en Latinoamérica han perdido relevancia por no adaptarse a tiempo. Las empresas de transporte tradicional frente a las plataformas de movilidad, las cadenas minoristas que tardaron en apostar por el comercio electrónico, o las agencias de viajes que ignoraron la digitalización son solo algunos ejemplos ilustrativos.

En todos los casos, el denominador común fue el mismo: subestimar la velocidad del cambio y confiar en exceso en la posición que ocupaban en el mercado.

En el sector cooperativo, el riesgo es similar. La transformación digital ya no es una iniciativa que pueda postergarse o “esperar a que sea obligatoria para comenzar”. Hoy es el elemento que definirá la competitividad, la sostenibilidad y la relevancia social de nuestras organizaciones en los próximos años.

El desafío no es solo incorporar tecnología, sino repensar cómo ésta habilita mejores experiencias para el asociado, agiliza procesos y garantiza cumplimiento regulatorio. La pregunta clave es:


¿Está mi cooperativa preparada para competir en un entorno donde la inmediatez, la experiencia del usuario y la eficiencia digital son la norma?

En el sector solidario, digitalizarse no se trata simplemente de instalar una aplicación móvil o modernizar la página web; la verdadera transformación digital implica repensar el modelo de negocio, es decir, revisar cómo generamos valor, qué servicios ofrecemos y cómo los entregamos a nuestros asociados; implica además, alinear el plan estratégico con la tecnología, no adoptar herramientas de moda, sino aquellas que soporten y potencien la visión de la organización, de acuerdo a nuestra realidad tecnológica y presupuestal; y desde mi experiencia, la más importante es la de construir una cultura digital que involucre a todos los colaboradores  en una mentalidad de mejora continua, agilidad y apertura al cambio.

Una cooperativa que se limita a comprar tecnología sin repensar sus procesos y cultura puede terminar gastando mucho dinero sin obtener beneficios reales.

El Índice de Madurez Digital (IMD) es una herramienta que evalúa de forma estructurada el nivel de digitalización de una entidad;  analiza variables como la digitalización de los procesos internos, la experiencia que tienen en los diferentes canales digitales nuestros asociados, el nivel de adopción tecnológica de nuestro equipo humano, la integración con ecosistemas externos como por ejemplo Open Finance, interoperabilidad, redes sectoriales, entre otros y finalmente, pero no menos importante, la seguridad y gobernanza tecnológica.

El IMD es clave, porque lo que no se puede  medir, no se puede mejorar; nosotros siempre sugerimos involucrar a la alta dirección con datos claros y comparables y en lo posible conformar un comité del cuál hagan parte las personas claves de la entidad. Volviendo al IMD, saber si la entidad está en un nivel inicial, intermedio o avanzado permitirá priorizar inversiones según el impacto, evitar compras tecnológicas innecesarias, diseñar una hoja de ruta realista que parta del diagnóstico, esté alineada con la estrategia, validada por algún(os) proyectos pilotos que me den la capacidad de escalar, y todo esto soportado y potencializado a través de la cultura organizacional.

Muchas veces se ve la transformación digital como un gasto; qué lástima! sin embargo, el verdadero costo puede estar en no actuar, como lo mencionamos en un artículo anterior, son innumerables los riesgos, solo por mencionar algunos podríamos hablar de la pérdida de asociados jóvenes que esperan inmediatez, personalización y autogestión digital; las sanciones regulatorias,  la eficiencia, dejando procesos manuales de lado, dado que implican más tiempo, más errores y mayores costos operativos; y finalmente, el deterioro reputacional, ya que un servicio lento o poco confiable daña la confianza, el activo más valioso de cualquier cooperativa.

 

En 2023 por ejemplo,  una cooperativa mediana en Centroamérica perdió el 18% de sus asociados menores de 35 años en un año. Las encuestas internas mostraron que el principal motivo fue la falta de servicios móviles y pagos digitales. La inversión para recuperar esa base terminó costando 3 veces más que haber modernizado su plataforma a tiempo.

Sobre los aspectos regulatorios, hemos observado patrones de comportamiento similares en toda la región durante los últimos años; tal es el caso de Colombia, en donde el Decreto 0769 de 2025 establece obligaciones claras para las entidades solidarias en materia de canales digitales, ciberseguridad y gobernanza tecnológica, fijando plazos y responsables para implementar una política de transformación digital alineada con las exigencias de la Superintendencia de la Economía Solidaria. 

En Ecuador, la Resolución No. 584-2020-F habilita a las cooperativas a realizar asambleas y procesos deliberativos de forma virtual, incorporando herramientas digitales seguras para votación, registro y participación, fortaleciendo así la modernización de su gobernanza. Complementariamente, la Ley Orgánica para la Transformación Digital exige planes estratégicos que integren objetivos, métricas y programas de digitalización institucional; en Guatemala, las iniciativas como el programa DigiLab Finance, impulsado por la IFC y Visa, han guiado a cooperativas de ahorro y crédito en la definición de hojas de ruta digitales, con énfasis en pagos electrónicos, canales digitales y modelos de negocio adaptados a un entorno tecnológico creciente, y de manera general en Centroamérica, las normativas prudenciales y de supervisión en países como Costa Rica, El Salvador y Panamá incorporan requisitos de gestión de riesgos operativos y tecnológicos, incentivando a las cooperativas a fortalecer sus canales digitales, su infraestructura tecnológica y sus protocolos de ciberseguridad. 

Existen casos inspiradores en toda la región, como es el caso de Cooperativas en Brasil que adoptaron integraciones con Pix (pagos inmediatos), aumentando su base de asociados activos en un 25% en un año. Fondos de empleados en Colombia que implementaron onboarding 100% digital, reduciendo los tiempos de vinculación de 7 días a 30 minutos. Cajas de compensación en Chile que incorporaron inteligencia artificial para responder consultas por WhatsApp, mejorando la satisfacción del usuario y reduciendo en un 40% la carga del call center.

El patrón común de todos ellos: una visión clara de negocio, un liderazgo comprometido y un plan gradual pero consistente.

Para evitar que la tecnología se convierta en un parche sin dirección, la clave está en alinear el plan estratégico con la transformación digital, algunos pasos recomendados de acuerdo a nuestra experiencia serían, en primer lugar, partir de un diagnóstico integral, medir IMD, evaluar procesos, la cultura de la entidad y las expectativas de los asociados; en segundo lugar, definir prioridades estratégicas, es decir, lo que queremos lograr en los próximos 12, 24, 36 meses (No recomendamos planes a más de dos o tres años); en tercer lugar, seleccionar tecnologías habilitadoras como plataformas de core financiero, canales digitales, CRM, analítica, automatización entre otras, en cuarto lugar, involucrar al liderazgo de la entidad (no “lanzarle” al responsable de TI el asunto), formar un comité directivo digital que tome decisiones informadas; y en quinto lugar, medir y ajustar continuamente con KPIs claros y revisiones periódicas.

La transformación digital no es un accesorio, es una oportunidad para reinventar cómo creamos valor rediseñando el modelo de negocio cooperativo con tecnología en el centro; logrando con esto, muchas cosas práctica:  tener la capacidad como entidad de desarrollar nuevos productos y servicios, tales como microcréditos instantáneos, programas de ahorro gamificados, seguros on-demand; ofrecer canales de atención 24/7 apoyados en chatbots, apps móviles, banca por voz; y como siempre le digo a nuestros clientes, el mundo no es blanco o negro, la transformación no es 100% digital o 100% física, debemos pensar en modelos híbridos, combinando cercanía física con eficiencia digital como es el caso de una cooperativa de crédito en México que integró un marketplace de productos y servicios para sus asociados dentro de su app, generando nuevas fuentes de ingreso por alianzas comerciales.

En múltiples proyectos de consultoría hemos visto patrones de error tales como comprar tecnología sin estrategia, vemos a menudo plataformas subutilizadas y altos costos de mantenimiento sin un “doliente”; falta de liderazgo digital en proyectos que dependen de una sola persona y se frenan ante cambios de personal; subestimar la gestión del cambio y la resistencia interna, generalmente por miedo y cuando haces doble click, es desconocimiento; y mi favorita, no medir resultados; muchas iniciativas sin métricas que terminan perdiendo relevancia y drenando recursos valiosos.

Cuando la transformación digital está bien ejecutada, son muchos los beneficios tangibles;  y no hablo solo de eficiencia;  los resultados se notan cuando los proyectos de transformación bien diseñados y aun mejor, ejecutados de forma adecuada, representan ingresos adicionales por nuevos servicios digitales; incremento en la fidelización gracias a experiencias personalizadas; transparencia y control con datos en tiempo real además por supuesto de la sostenibilidad al reducir consumo de papel, energía y desplazamientos.

Desde nuestra perspectiva, para 2026, algunas tendencias tecnológicas marcarán el sector; obviamente la tan de moda inteligencia artificial que evoluciona a diario pero aplicada al servicio para nuestro asociado, análisis de riesgos más ágiles,  y  la personalización de ofertas por citar algunos; desde la perspectiva de Open Finance y pagos inmediatos, que abrirán oportunidades de integración y nuevos modelos de negocio (creo que será el próximo gran movimiento), pasando por la interoperabilidad a través de conexiones entre cooperativas para compartir servicios y reducir costos y finalizando con la automatización de procesos, RPA y flujos inteligentes que eliminan tareas repetitivas.

El tiempo para actuar no es mañana, es hoy.

 

Cada cooperativa tiene un punto de partida distinto, pero todas comparten la misma urgencia: entender dónde están, definir hacia dónde ir y construir el camino para llegar. La transformación digital no se improvisa; se diseña, se lidera y se ejecuta con propósito.

Si en tu organización aún no han hecho un diagnóstico claro o no tienen una hoja de ruta priorizada, este es el momento de sentarse a evaluarlo con datos y perspectiva estratégica. No se trata de correr detrás de la tecnología, sino de ponerla al servicio de la visión y el propósito cooperativo.

La pregunta ya no es si avanzar, sino cómo hacerlo de manera ordenada, sostenible y con resultados medibles. El reloj ya está corriendo; la decisión está en tus manos.

La transformación digital en el sector cooperativo de LATAM ya no es opcional y no se trata solo de tecnología, sino de repensar procesos, cultura y modelo de negocio para seguir siendo relevantes; en mi último artículo comparto experiencias, cifras y pasos clave para construir una hoja de ruta realista que genere impacto.

Si eres parte de una entidad del sector cooperativo de LATAM como asociado o colaborador; quisiera conocer tu percepción sobre el avance digital de tu entidad.

Pregunta:

¿En qué nivel crees que está la madurez digital de tu entidad?

1️ Nivel inicial: procesos manuales y baja digitalización.
2️ Nivel intermedio: algunos servicios y canales digitales.
3️ Nivel avanzado: servicios 100% digitales y cultura innovadora.

 

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¿Qué piensas que es lo más difícil en el camino hacia la transformación?

 

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¿Y si no hacemos transformación digital, saldrá muy costoso?

Imagina una cooperativa tradicional, balances saludables, confianza local arraigada; pero todo cambia el día que un competidor introdujo una app móvil que permitió abrir cuentas, enviar remesas y recibir ahorro programado en segundos. Esa cooperativa que no adoptó transformación digital perdió asociados jóvenes, ingresos potenciales y eventualmente su relevancia.

Ese escenario podría ser el tuyo. Hoy más que nunca, el costo de quedarte estático puede superar cualquier inversión en Transformación Digital. Acompáñame en esta historia que rompe mitos y revela realidades, con cifras, normas y ejemplos del sector cooperativo latinoamericano.

 

Mitos vs. realidades: ¿por qué seguimos sin transformarnos?

El mito que más escuchamos en nuestras reuniones es que la transformación digital es solo para grandes fintech o bancos; y la realidad es que hoy las cooperativas en toda Latinoamérica tienen acceso a plataformas de core bancario en la nube, módulos de pagos digitales y canales no presenciales perfectamente adaptados a su escala. El Decreto 0769 de Colombia, promulgado el 7 de julio de 2025, obliga a que cooperativas de ahorro y crédito habiliten canales no presenciales para órdenes de pago y transferencias entre asociados, diferenciando según su categoría (plena, intermedia, básica).

 

El segundo mito es que es muy costoso y arriesgado; cuando en realidad, el costo de no transformarse, en términos de eficiencia, fuga de asociados, sanciones regulatorias e imagen, solo por mencionar algunos, es mayor que el de invertir en transformación. De acuerdo con un informe de CGAP (Consultative Group to Assist the Poor) citado por BFA Global en su estudio sobre la digitalización de cooperativas en México, la adquisición digital puede ser entre un 85 % y un 95 % más barata que la adquisición a través de canales tradicionales en sucursales. En algunos casos, los bancos digitales operan con costos equivalentes al 5 % de una estructura física tradicional.

 

El tercer mito, es la interrogante que se presenta acerca de si tener una app o mejorar la web; cuando en realidad, digitalizar es solo un componente; transformarse implica cultura organizacional, gobernanza digital, métricas de madurez y gestión de cambio efectivo.

 

El cuarto mito, es  “nuestros asociados son mayores, casi no usan tecnología” y en realidad; incluso personas mayores adoptan soluciones digitales si el diseño es intuitivo y aporta un valor claro. La pandemia demostró esta capacidad de adaptación en todo el sector solidario latinoamericano.

 

Realidades y oportunidades: la digitalización como palanca de crecimiento

La transformación digital no solo moderniza procesos; es una estrategia de crecimiento integral para las cooperativas y fondos de empleados. Lejos de ser un fin en sí misma, la tecnología bien implementada amplifica el propósito social y financiero de estas entidades.

Uno de los primeros beneficios tangibles está en la eficiencia operativa ya que digitalizar procesos como la conciliación automática de transacciones, la gestión documental o los flujos de aprobación reduce errores, mejora los tiempos de respuesta y disminuye significativamente los costos de atención. Esto libera recursos que pueden redirigirse a iniciativas estratégicas o programas sociales.

Por otro lado, la digitalización también abre nuevas fuentes de ingreso ya que por ejemplo, productos como pagos digitales, remesas, microcréditos en línea o integración con fintechs permiten a las cooperativas llegar a públicos que antes estaban fuera de su alcance, especialmente a las nuevas generaciones acostumbradas a operar desde su celular.

En términos de relacionamiento con los asociados, la transformación digital fortalece la fidelización, ya que con iniciativas como la atención multicanal (presencial, telefónica, WhatsApp, app), los portales de autoservicio o la mensajería instantánea, se aumenta la satisfacción del asociado y se disminuyen la fricción en el acceso a productos y servicios.

Además, la digitalización se ha convertido en un tema regulatorio. En Colombia, por ejemplo, el Decreto 0769 de 2025 obliga a las cooperativas con sección de ahorro y crédito a formular políticas de transformación digital que incluyan gobernanza tecnológica, metas claras, cronogramas y mecanismos de reporte ante la Supersolidaria. No cumplir con estas disposiciones no solo implica riesgos legales, sino que también pone en evidencia una falta de visión estratégica.

Y finalmente, uno de los desafíos estructurales más grandes del sector: el talento humano. Las organizaciones que inician procesos de transformación digital se vuelven más atractivas para el talento joven y técnico, facilitando la renovación generacional, la profesionalización de equipos y la consolidación de culturas organizacionales orientadas al cambio y la innovación.

El informe Capacidad digital en las cooperativas financieras de América Latina y el Caribe de BID Invest (2021) muestra que las instituciones más avanzadas priorizan la transformación digital a través de visión de corto y largo plazo, alineando los canales digitales con su propósito asociativo. Por ejemplo, una cooperativa colombiana que inició un proceso digital desde 2009 creó incluso una fintech asociada que fortaleció servicios y retención. En Ecuador, otra cooperativa ha habilitado soluciones digitales para manejar remesas de asociados en EE.UU., mejorando tiempos y cobertura.

 

El costo de no hacer nada: una

Ahora imagina esta historia, la entidad aún hoy, continúa operando con sistemas manuales para registrar aportes y gestionar desembolsos. Las demoras son habituales, los errores frecuentes, las quejas crecen, pero nada cambia. Todo parece estar funcionando bien hasta que se cruzan dos factores que hoy son inevitables: la presión regulatoria y la exigencia de los usuarios digitales. A partir de ahí, el deterioro es inevitable ya que vienen las sanciones administrativas, la pérdida de reputación y, lo más crítico, la salida silenciosa de los jóvenes.

Este caso, que puede estar ocurriendo ahora mismo en cualquier país de América Latina, nos lleva a preguntarnos: ¿cuánto le cuesta realmente a una entidad no transformarse?

Desde el punto de vista financiero, el impacto es amplio y profundo:

Menor volumen de transacciones digitales: al no ofrecer canales ágiles ni automatizados, se pierden ingresos potenciales por comisiones, transferencias, pagos y otros servicios que podrían monetizarse.

Ineficiencias operativas crecientes: mantener personal dedicado a tareas repetitivas, resolver reprocesos, y gestionar procesos lentos genera costos invisibles pero acumulativos. A esto se suma el desgaste del equipo humano y la baja productividad.

Riesgo regulatorio y reputacional: En Colombia por ejemplo, no cumplir con normativas como el Decreto 0769 (en cooperativas) o la Circular Externa 87 (en fondos de empleados) puede implicar sanciones, llamados de atención formales e incluso procesos de vigilancia especial. Pero aún más grave es el deterioro de la confianza, tanto de los asociados como de los entes supervisores.

Fuga de asociados jóvenes: la falta de canales digitales y experiencias personalizadas expulsa silenciosamente a las nuevas generaciones, lo que compromete el crecimiento natural de la base social a mediano plazo.

Oportunidades perdidas con fintechs: sin capacidades tecnológicas básicas, la entidad no puede integrarse a ecosistemas de innovación ni aprovechar alianzas estratégicas para interoperabilidad, nuevos productos o monetización de datos.

En resumen, el costo de no hacer nada es acumulativo, silencioso y devastador. Es una pérdida de ingresos, de eficiencia, de reputación, de competitividad… y de futuro.

 

Casos de éxito reales desde México y Ecuador

El caso en México, se refiere a una cooperativa de ahorro apoyada en una plataforma digital que lanzó un canal de pagos móviles y ahorro programado en 2023; durante 12 meses, redujo el costo de adquisición de nuevos asociados en casi un 45 %, duplicó clientes digitales y disminuyó los errores en conciliaciones en un 21 %. Cerca de 3050 kilometros al sur, en Ecuador, una cooperativa rural digitalizó su core y habilitó transferencias entre asociados online y durante los primeros 18 meses, bajó tiempos de operación manual, mejoró la satisfacción de sus asociados y generó un nuevo producto de microcrédito digital, con crecimiento de cartera crediticia del 15,22 %. Ambos casos surgieron de diagnósticos internos, pilotajes controlados y liderazgo fuerte; elementos que cualquier organización puede replicar.

 

¿por dónde empezar?  

Mi recomendación es empezar con evaluar la madurez digital a través de un diagnóstico con una adecuada metodología adaptada al sector solidario, ya que tiene unas características maravillosas que lo diferencian de los demás sectores de la economía; sin embargo las dimensiones de análisis y medición deberían como mínimo cubrir: Personas, Tecnología, Gobierno, y Procesos.

La transformación digital no ocurre de la noche a la mañana, pero puede comenzar con decisiones estratégicas y acciones concretas, de acuerdo a mi experiencia, estas son algunas recomendaciones clave para iniciar:

En primer lugar, podrías identificar un piloto de alto impacto y rápida implementación: Comienza por una iniciativa sencilla pero visible, como habilitar un canal de pagos digitales, lanzar un módulo de autoservicio web o una app básica para consultas y transferencias; esto permite demostrar resultados tempranos, generar confianza interna y obtener retroalimentación real de los asociados.

Yo diseñaría una política institucional de transformación digital para la entidad; este documento deberá incluir objetivos estratégicos, cronogramas de implementación, responsables internos y mecanismos de información para los asociados. Además, debe contemplar cómo se cumplirá con los reportes periódicos exigidos por la Supersolidaria. Tener esta política no solo es obligatorio en Colombia, sino también es un marco que da coherencia y dirección al proceso de cambio.

Prestaría mucha atención al fortalecimiento del liderazgo digital dentro de la organización identificando y formando líderes internos que impulsen la transformación desde sus áreas. Además, conformaría un Comité Directivo Digital con representación de la alta gerencia, tecnología, riesgos y servicio al asociado. Este comité deberá tomar decisiones, monitorear avances y garantizar el alineamiento estratégico.

Algo que puede acelerar las cosas, de forma eficiente, es elegir aliados tecnológicos con experiencia en el sector solidario y con visión regional, ya que no todos los proveedores entienden las particularidades del modelo cooperativo; trabajaría con aliados que conozcan el contexto normativo, la dinámica social de las entidades solidarias y las oportunidades de integración con ecosistemas fintech e infraestructura de pagos en tiempo real.

 

¿Cuánto le costará a tu entidad seguir igual un año más? 

El costo del no hacer nada no es solo hipotético: es real, tangible y recurrente; cada día sin transformación, estás cediendo eficiencia, competitividad y credibilidad.

Si estás listo para dar el primer paso, contáctame: puedo ayudarte a construir un plan de transformación digital a la medida que impulse tu entidad solidaria hacia el futuro.

Transformarse no es un lujo; es la ruta para permanecer relevante, rentable y cercano a tus asociados; tu estructura puede ser tradicional, pero tu visión debe ser digital ya que el costo de no hacerlo si puede salir demasiado alto.

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Bre-B y el futuro del sector solidario: ¿Estamos listos para dar el salto?

Imagina que estás en una fila esperando una transferencia bancaria. Es lunes, son las 3:59 p. m., y tienes que enviarla “antes de las 4”. El sistema del banco está lento, y sabes que si no logras hacerlo ahora, tendrás que esperar hasta el día siguiente. ¿Te suena familiar?

Ahora imagina que esa transferencia llega en segundos, a cualquier hora del día, incluso un domingo a las 10 de la noche, sin importar la entidad. Esa es la promesa de los pagos en tiempo real. Y en Colombia, esa realidad está más cerca de lo que pensamos.

Durante septiembre comenzará a operar Bre-B, el nuevo sistema de pagos inmediatos del Banco de la República. Inspirado en el exitoso modelo PIX de Brasil, este sistema busca transformar radicalmente cómo enviamos y recibimos dinero en el país. Pero la gran pregunta es: ¿está listo el sector solidario para este cambio?

 

Bre-B no es solo tecnología. Es una oportunidad histórica

No estamos hablando de una nueva app ni de una simple actualización tecnológica. Estamos hablando de un cambio estructural en la manera como operan las entidades financieras. Un cambio que representa una oportunidad única para el sector solidario colombiano: cooperativas, fondos de empleados, cajas de compensación y demás organizaciones de ahorro y crédito.

Estas entidades han sido históricamente los actores más cercanos a las comunidades. Han garantizado el acceso al crédito en zonas donde la banca tradicional no llega. Pero también han enfrentado retos importantes: limitaciones tecnológicas, procesos manuales, baja interoperabilidad y, en muchos casos, una transformación digital aún pendiente.

 

¿Por qué Bre-B importa tanto?

Porque representa mucho más que rapidez. Bre-B promueve inclusión financiera, reducción del uso de efectivo, interoperabilidad real y acceso equitativo, con el respaldo del banco central colombiano. Cualquier entidad —grande o pequeña— podrá permitir transferencias 24/7, 365 días al año, en segundos, entre cualquier entidad del sistema.

Y eso no es un lujo. Es una expectativa del usuario moderno. Un asociado que ya está acostumbrado a la inmediatez de las plataformas digitales, a las billeteras móviles y a experiencias simples, seguras y rápidas.

 

¿Y qué rol debe jugar el sector solidario?

Un rol protagónico. Las cooperativas y fondos no deben ser simples observadores de este cambio, sino actores activos de esta transformación. Pero para lograrlo, necesitan enfrentar algunos desafíos clave:

  • Modernizar su infraestructura tecnológica.
  • Digitalizar sus procesos internos y canales de atención.
  • Elevar su madurez digital institucional.

Porque la transformación digital no se trata solo de tener una app. Se trata de transformar la cultura, el modelo operativo y la relación con sus asociados. Es un viaje profundo que toca todos los rincones de la organización.

 

¿Por dónde empezar?

Aquí algunas acciones urgentes para no quedarse atrás:

  1. Sensibilizar a directivos y juntas.
    La transformación digital ya no es un tema del área de sistemas. Es una prioridad estratégica.
  2. Medir el nivel de madurez digital.
    ¿Dónde está la entidad hoy? ¿Qué capacidades necesita para conectarse a Bre-B?
  3. Diseñar una hoja de ruta clara.
    Con metas, prioridades y enfoque en mejorar la experiencia del asociado.
  4. Buscar aliados tecnológicos.
    No hay que inventar la rueda. Existen soluciones asequibles y adaptables al sector.
  5. Conectarse con el ecosistema Bre-B.
    Participar en pilotos, entender la regulación, escuchar al Banco de la República.

 

Bre-B no es solo para los grandes bancos

Un mito común es pensar que este tipo de innovaciones son exclusivas de bancos grandes o fintechs. Nada más lejano de la realidad.

Bre-B está diseñado como un sistema abierto y colaborativo, donde todas las entidades pueden participar. Lo que se necesita es decisión, liderazgo y una visión clara del futuro.

 

El momento de actuar es ahora

El sector solidario colombiano ha sido clave para el desarrollo del país. Pero también enfrenta una encrucijada: adaptarse o volverse irrelevante para las nuevas generaciones.

Bre-B puede ser el impulso que necesitamos para dar el salto digital. Para renovar la promesa de valor del modelo solidario. Para competir con calidad y confianza en un mundo donde lo digital ya no es una opción, sino la norma.

Con la entrada de Bre-B, se prevé una transformación profunda del ecosistema de pagos del país. Este cambio estructural afectará tanto los hábitos de los usuarios como la estrategia de los distintos actores del sistema financiero, incluyendo al sector solidario.

Uno de los principales impactos será sobre el uso del efectivo, actualmente el medio preferido por más del 75% de los colombianos. Bre-B, al facilitar transferencias instantáneas 24/7, reducirá de forma significativa la dependencia del efectivo, especialmente en zonas rurales y sectores tradicionalmente excluidos. Esto representa una oportunidad para cooperativas y fondos de empleados de ampliar su cobertura y eficiencia operativa.

El uso de tarjetas débito podría disminuir, dado que su propuesta de valor es comparable (o incluso inferior) a la de los pagos inmediatos. Con más de 41 millones de tarjetas activas en el país, este cambio podría impactar el modelo tradicional de adquirencia y originar ajustes en la estrategia de los bancos y redes.

En contraste, las tarjetas de crédito mantendrán su vigencia, ya que ofrecen beneficios adicionales como financiación, lealtad o cashback. Igualmente, las billeteras digitales (Nequi, Daviplata, etc.) podrían integrarse al sistema Bre-B, logrando por fin una interoperabilidad real entre ellas y con los canales del sector solidario.

Por su parte, PSE también podría ver reducida su participación, como ocurrió en Brasil tras la entrada de su sistema RTP. Esto abre la puerta a modelos de pago más sencillos, interoperables y de bajo costo.

En este nuevo panorama, el rol de las cooperativas y entidades solidarias puede ser crucial si se adaptan estratégicamente, integran nuevas tecnologías y fortalecen su propuesta de valor digital. Bre-B no solo es una infraestructura, es una invitación a transformar la inclusión financiera desde la base solidaria del país.

 

Conclusión

La inclusión financiera del siglo XXI no se mide por el número de oficinas, sino por la capacidad de brindar servicios ágiles, confiables e interoperables.

Y ahí, el sector solidario tiene todo para destacar: cercanía con las comunidades, propósito social y legitimidad. Solo falta una cosa: dar el salto tecnológico.

Bre-B puede ser el puente.

¿Tu entidad ya está construyendo ese camino?

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