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El Espejismo del Tablero Mágico: Por qué el Gobierno de Datos es el Verdadero Motor de Crecimiento en el Sector Solidario

Hace poco, conversando sobre transformación digital con un gran líder de nuestro sector cooperativo y solidario en Colombia, me enfrenté a una afirmación tan sincera como reveladora. Al hablar sobre la necesidad de implementar un gobierno de datos, me respondió con una inquietud muy válida desde su posición de gerente:

«¿Para qué gobierno de datos? Al final, los datos son los mismos con gobierno y sin gobierno. Lo que yo necesito ya mismo son tableros de información y soluciones analíticas que me permitan transformar el negocio, colocar más créditos y fidelizar a nuestros asociados».

Esa frase encapsula el deseo de todo líder visionario: resultados, agilidad y crecimiento. Es natural querer saltar directamente a la recompensa (los tableros, las predicciones, el aumento en la colocación de cartera). Sin embargo, la premisa de que «los datos son los mismos» esconde el mayor riesgo estratégico que puede enfrentar una entidad financiera en la era digital.

Imaginemos por un momento la bóveda de nuestra cooperativa. El dinero es dinero, sí. Pero no es lo mismo tener los billetes tirados en el suelo, sin clasificar, mezclados con papel moneda falso y sin un registro de quién los depositó, que tenerlos organizados, verificados, contabilizados y listos para ser invertidos. Con los datos ocurre exactamente lo mismo: un dato sin gobierno es un riesgo; un dato con gobierno es el activo más valioso de su entidad.

 

Construir tableros de control y desarrollar capacidades de analítica sin un gobierno de datos previo es como construir un rascacielos sobre arena. Si el tablero le indica que debe otorgar un crédito de 50 millones a un asociado basándose en datos duplicados, desactualizados o erróneos, la herramienta analítica no está transformando su negocio; está acelerando sus pérdidas. Las verdaderas capacidades analíticas; esas que fidelizan y rentabilizan, arrancan, ineludiblemente, en el gobierno de datos.

Definiendo el Norte: ¿Qué es el Gobierno y la Arquitectura de Datos?

Para entender por qué no podemos saltarnos este paso, debemos desmitificar los conceptos técnicos y llevarlos a la realidad de nuestra gestión gerencial.

En términos prácticos, el Gobierno de Datos es la planificación, la supervisión y el control exhaustivo de la gestión de los datos y de la
utilización de todos los recursos relacionados con ellos. No es un simple manual de TI; es un mandato gerencial. Es establecer quién es el dueño de cada dato, cómo se cuida, quién puede acceder a él y qué nivel de calidad debe tener para ser útil. Por su parte, la Arquitectura de Datos es la estructura general de esos datos y sus recursos. Es el plano maestro de la casa. Esta arquitectura es una pieza importantísima y fundamental de la arquitectura empresarial de la cooperativa. Sin ella, los sistemas no se hablan entre sí y los esfuerzos se diluyen.

Cuando los consultores hablamos de gobierno de datos, nos referimos a un ecosistema robusto e integral que sostiene la transformación digital. Hablamos de gobierno, arquitectura, modelado, almacenamiento, seguridad, integración, interoperabilidad, gestión de documentos y contenido, datos maestros y de referencia, Data Warehouse (almacén de datos), Business Intelligence (inteligencia de negocios), seguridad de la información y, por supuesto, la gestión de metadatos y la calidad de los datos.

Puede sonar abrumador, pero todos estos elementos trabajan en conjunto con un solo fin: garantizar que cuando usted mire su tablero de analítica, esté viendo la verdad absoluta de su cooperativa.

El Ciclo de Vida de los Datos: Su Motor de Innovación

Para que su entidad pueda colocar más créditos y fidelizar mejor, debe entender que los datos ya no son registros estáticos (un nombre o un saldo en el core financiero). En la transformación digital, los datos se convierten en un flujo continuo que alimenta el modelo de negocio.

Este flujo, para que sea un verdadero motor de innovación, atraviesa cinco pasos clave dictados y protegidos por el gobierno de datos:

Captura y Unificación: Todo comienza aquí. Se requiere automatización y estandarización de la información desde el momento en que el asociado pisa la agencia o usa la app. El gobierno de datos elimina los silos operativos (esos departamentos que no comparten información entre sí) y garantiza que los datos sean íntegros y confiables desde su misma raíz.

Almacenamiento y Estructuración: Los datos capturados se organizan bajo las reglas de la arquitectura de datos, asegurando que estén disponibles, limpios y listos para ser cruzados.

Reportería y Analítica: Aquí es donde ocurre la magia que usted busca. La transformación digital habilita la toma de decisiones basadas en evidencia. Al transformar datos confiables en hallazgos predictivos, la cooperativa pasa de una postura reactiva (ver qué pasó el mes pasado) a una proactiva (identificar qué asociado necesitará un crédito de vivienda en los próximos seis meses), descubriendo oportunidades de mercado que antes eran invisibles.

Decisión Estratégica: Con la analítica en mano, la gerencia y los equipos comerciales diseñan estrategias personalizadas, precisas y con un riesgo minimizado.

Lanzamiento de Nuevos Productos y Soluciones: Este es el resultado estratégico. La transformación digital culmina en la creación de productos y servicios financieros perfectamente alineados con las necesidades reales y actuales del entorno solidario.

¿Dónde radica la importancia del Gobierno de Datos en todo esto?

En que es el escudo protector de este ciclo. El gobierno de datos blinda todo el proceso, asegurando que el flujo sea seguro, ético y sostenible a lo largo del tiempo. Evita que la innovación sea un esfuerzo aislado de un mes y la convierte en una capacidad constante de la cooperativa.

Las Finanzas Abiertas: La Palanca del Futuro Solidario

Tener la casa en orden con el gobierno de datos nos prepara para una de
las oportunidades más grandes que tiene hoy el sector cooperativo colombiano: las Finanzas Abiertas (Open Finance).

Las finanzas abiertas permiten, con la autorización del asociado, compartir e integrar información financiera entre diferentes entidades. Imagine el poder de conocer no solo el comportamiento de su asociado dentro de su cooperativa, sino sus hábitos de pago, ahorros y necesidades en todo el sistema financiero. Esto es una palanca gigantesca para perfilar mejor, ofrecer créditos con tasas más justas (fieles a nuestra esencia solidaria) y crear una fidelización inquebrantable.

Sin embargo, las finanzas abiertas exigen un nivel de interoperabilidad y seguridad de la información altísimo. Ninguna entidad puede participar en un ecosistema de finanzas abiertas si sus datos internos son un caos. El gobierno de datos es el tiquete de entrada para jugar en las grandes ligas del sistema financiero abierto, permitiéndole a la cooperativa competir de tú a tú con la banca tradicional, pero con el valor agregado del cooperativismo.

El Primer Paso Hacia el Futuro

Estimado gerente, su visión es correcta: la cooperativa necesita soluciones analíticas, necesita tableros que hablen el lenguaje del negocio, necesita colocar más y mejores créditos, y necesita abrazar a sus asociados con ofertas que realmente transformen sus vidas.

Pero para llegar a esa meta, los cimientos deben ser inamovibles. Los datos no son los mismos con y sin gobierno. Un dato sin gobierno es una anécdota dudosa; un dato gobernado es una brújula infalible.

Definir e implementar el gobierno de datos antes de avanzar en compras de software analítico o en tableros mágicos, le ahorrará a su entidad reprocesos millonarios, dolores de cabeza operativos y, lo más importante, protegerá el activo intangible más grande del sector solidario: la confianza de sus asociados. Empecemos a construir desde los cimientos. Transformemos la cooperativa no solo digitalmente, sino desde el corazón mismo de su información.

El Camino Trazado: Un Esfuerzo de Sector

Afortunadamente, este paso hacia la madurez de nuestros datos y procesos no tenemos que darlo a ciegas ni en solitario. Entendiendo la complejidad de este reto, Confecoop y la Red Coopcentral han estructurado el Programa de Transformación Digital para el Sector Solidario.

Esta iniciativa va mucho más allá de una simple actualización tecnológica; es la ruta estratégica dispuesta por nuestro gremio para garantizar que las entidades solidarias no solo sobrevivan, sino que prosperen en la era digital.

La esencia de este programa se resume en una premisa que debería guiar todas nuestras decisiones gerenciales hoy: No es comprar software, es redefinir cómo creamos valor para nuestros asociados.

Para evitar esfuerzos aislados, el programa propone una metodología sólida que combina la Educación y la Construcción conjunta. A través de este acompañamiento, las cooperativas pueden transitar un camino seguro: partiendo de la medición real de su Índice de Madurez Digital (IMD) y un diagnóstico tecnológico profundo , hasta llegar a la creación de políticas claras, modelos de Gobernanza TI y la estructuración del Plan Estratégico de Tecnología (PETI). Es decir, le ayuda a poner en orden la casa desde los cimientos de los que hablábamos.

Implementar el gobierno de datos, automatizar nuestras operaciones y prepararnos para ecosistemas como el de las finanzas abiertas son desafíos monumentales , pero totalmente alcanzables si nos apoyamos en el conocimiento y experiencia de nuestro sector.
Al adoptar esta ruta, la transformación se traduce en beneficios tangibles: se mejora la eficiencia operativa, se habilitan decisiones basadas en datos y, lo más importante, se fomenta una transparencia operativa que fortalece la confianza de nuestros asociados, directivos y entes de supervisión.

Lo invito, desde mi posición como aliado, a que explore este programa diseñado a la medida de nuestra naturaleza solidaria. Es la oportunidad perfecta para gestionar el cambio cultural hacia una mentalidad digital, asegurando que cada dato gobernado y cada tablero analítico sirvan para amplificar nuestro ADN solidario, liberando tiempo para enfocarnos en el bienestar de nuestra base social.

 

Transformemos nuestro sector con visión, estrategia y, sobre todo, con el respaldo de una ruta construida por y para el cooperativismo.

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Cómo la Tecnología, la Confianza y el Propósito Están Redefiniendo las Finanzas Cooperativas

La Conversación Pendiente en el Corazón de la Colaboración

 

Imaginen a Don Rafael, un agricultor que ha confiado sus ahorros a su cooperativa local durante las últimas tres décadas; su relación no se basa en una tasa de interés flotante, sino en la certeza de que su gestor lo conoce por su nombre y entiende los ciclos de su cosecha; durante años, la mayor fortaleza del sector solidario se ha medido en esta cercanía, en esta confianza social tejida a mano en cada oficina.

 

Pero el ecosistema financiero ha cambiado; hoy, Don Rafael no solo escucha sobre la nueva línea de crédito de su cooperativa; también ve cómo un joven vecino gestiona un préstamo en minutos desde una fintech con una interfaz brillante y ágil.

 

Si hay un frente donde el sector solidario está viviendo una revolución real, es el financiero. Las cooperativas de ahorro y crédito, así como los bancos cooperativos, enfrentan una transformación estructural sin precedentes. Hoy ya no compiten solo con otras entidades solidarias, sino con un sistema financiero que avanza más rápido que nunca, más digital, más ágil y, sobre todo, completamente centrado en la experiencia del usuario. En este nuevo contexto, la modernización ha dejado de ser una opción. Se ha convertido en una responsabilidad estratégica ineludible.

 

La Humanización de la Experiencia Digital

Suele caerse en el error de creer que digitalizar es únicamente una tarea de implementación de herramientas: lanzar una aplicación, migrar la contabilidad o automatizar un chatbot. Sin embargo, la verdadera modernización va mucho más allá, tocando la esencia misma de la relación.

El asociado de hoy, sea Don Rafael o un joven profesional, no solo compara tasas de interés; compara experiencias. Compara la facilidad de una transacción, la rapidez de una respuesta, el diseño intuitivo de una plataforma y, fundamentalmente, la calidad del acompañamiento. La pregunta que se hace el asociado es si lo entienden o si simplemente su entidad procesa sus transacciones.

La diferencia entre una transacción fría y un vínculo duradero reside en la capacidad de ofrecer servicios digitales con calidez humana. Y aquí es donde el cooperativismo posee una ventaja natural irremplazable: su ADN solidario.

Este propósito, intrínseco al modelo, debe convertirse en el diferenciador más potente al integrarse con tecnología moderna. La Experiencia Digital no es solo cuestión de tener una app transaccional o un sistema de autoservicio; es una oportunidad para redefinir la relación con el asociado, asegurando que el canal digital sea un puente, y no una barrera, hacia la cooperación.

 

El Viento de la Regulación y el Nuevo Norte Estratégico

La adopción de tecnologías emergentes no solo obedece a la presión del mercado, sino también a un mandato regulatorio claro. En el caso de Colombia, el Decreto 0769 de 2025 marcó un punto de quiebre, abriendo por primera vez las puertas a pagos digitales, transferencias y servicios de adquirencia dentro del sector solidario. Este decreto no es solo un permiso, es una exigencia a la modernización.

Sin embargo, estas nuevas posibilidades conllevan exigencias críticas; la transformación exige fortalecer aspectos que históricamente han sido vistos como meramente operativos y hoy se revelan como esenciales para la supervivencia y la confianza: la Gobernanza Tecnológica, la Ciberseguridad, la Gestión del Riesgo Digital y la Capacidad de Reporte Estratégico.

La transformación, por lo tanto, no es una moda, sino un componente esencial de la regulación (Circulares 87 y 88/2025), la competitividad y el futuro del sector.

 

El Nuevo Pilar de la Sostenibilidad es La Gobernanza

La tecnología sin una buena gobernanza es un riesgo que puede erosionar la confianza construida durante décadas.

La Gobernanza Tecnológica es hoy tan importante como la financiera. Sin ella, la modernización no es sostenible. Implica que la modernización es un acto de conciencia estratégica que exige:

  • Juntas Directivas con competencias digitales capaces de comprender el riesgo y la oportunidad tecnológica.
  • Equipos de TI estratégicos, que trascienden la mera función de mantenimiento.
  • Marcos de ciberseguridad alineados con los riesgos reales del negocio.
  • Arquitecturas tecnológicas escalables e interoperables.

La Gobernanza es, sin duda, un nuevo pilar del modelo cooperativo, garantizando que el barco digital tenga un timón firme y competente.

La transformación digital impone tensiones ineludibles. La competencia feroz en el mundo digital implica márgenes más estrechos; adicionalmente, se exige una inversión creciente en infraestructura tecnológica y el cumplimiento de exigencias regulatorias más rigurosas.

Esto nos lleva a la pregunta clave: ¿Puede el sector solidario competir basándose únicamente en la eficiencia? La respuesta, observando el panorama global, es un rotundo no. La eficiencia operativa es la fortaleza natural, intrínseca y escalable de la banca tradicional y, especialmente, de las fintech, nacidas y diseñadas bajo el paradigma digital de la optimización.

Pero existe un valor que ninguna otra entidad, por más tecnología o capital que posea, puede replicar: La combinación única de Innovación Tecnológica + Confianza Social + Propósito Cooperativo.

Este trinomio constituye el verdadero diferencial del modelo solidario. La Confianza Social, cimentada en la historia de servicio y solidaridad, actúa como un ancla poderosa. Si a esta confianza se le inyecta una Innovación Tecnológica ágil y se le guía por el Propósito Cooperativo de inclusión, el sector solidario obtiene una ventaja competitiva que debe ser protegida y fortalecida en la era digital.

El Mapa de Ruta: Integrando Estrategia, Datos y Cultura

Para que el trinomio sea efectivo, la implementación de la transformación debe ser integral.

 

Estrategia Digital y Liderazgo 

La modernización inicia en el nivel más alto. No puede ser un proyecto aislado del área de TI. Las cooperativas deben alinear su plan estratégico con la visión digital, definiendo un Plan Estratégico de TI (PETI) con Indicadores Clave de Desempeño (KPIs) digitales claros.

La Cultura y Liderazgo son los verdaderos aceleradores. Los líderes deben impulsar la gestión del cambio y la comunicación interna. Esto es vital porque la transformación cultural es lo que convierte la tecnología en impacto real: digitalizar no es tener más herramientas, es lograr que la organización piense, actúe y decida de forma más ágil y más informada.

 

El Poder del Dato 

En el nuevo entorno, los datos son el insumo más valioso. La exigencia de Datos y Analítica no solo proviene de la necesidad de la supervisión basada en datos de la Supersolidaria. 

La verdadera oportunidad reside en pasar del reporte obligatorio a la analítica predictiva: usar los datos para anticipar las necesidades de Don Rafael (nuestro agricultor) o cualquier otro asociado, diseñando productos que lleguen antes de que la necesidad sea evidente.

En las Operaciones Digitales, la integración de sistemas (core, CRM, contabilidad) y la automatización de procesos críticos no son solo una búsqueda de la eficiencia; son un mecanismo para liberar a los gestores humanos para que puedan dedicarse a lo que mejor saben hacer: el acompañamiento y la asesoría personalizada.

 

Ecosistemas de Innovación 

El sector solidario no puede ni debe innovar en solitario. La participación activa en Ecosistemas de Innovación Digital, permite a las cooperativas acceder a tecnologías de vanguardia sin tener que desarrollar cada solución desde cero. 

Es una oportunidad de co-innovar, aprovechando la intercooperación como palanca de crecimiento tecnológico.

La Oportunidad Histórica: Liderazgo e Inclusión

Las cooperativas han construido confianza durante décadas, especialmente en territorios donde el sistema financiero tradicional no siempre ha sido suficiente. Si logran ejecutar una transformación integral (tecnológica, cultural y estratégica), pueden liderar la inclusión financiera en zonas rurales, periurbanas y regiones históricamente olvidadas.

La modernización permitirá entre otras, ampliar la cobertura con canales digitales accesibles, diseñar productos más cercanos a las necesidades comunitarias y conectar la innovación con la educación financiera y el acompañamiento humano.

El reto final no es «ser digitales porque toca»; el reto es ser digitales para servir mejor. La modernización de las finanzas cooperativas no se mide por el número de apps lanzadas o la automatización de procesos; se mide por la capacidad de conectar tecnología con inclusión, datos con mejores decisiones, eficiencia con propósito, e innovación con confianza.

 

El sector solidario tiene una oportunidad histórica: la modernización es el camino, el propósito es la brújula y la confianza es el motor para convertirse en protagonista del futuro financiero de Colombia y América Latina.

La transformación digital en el sector solidario no es un camino que pueda recorrerse en soledad ni un proceso que deba improvisarse. Cada cooperativa vive realidades distintas: territorios diferentes, niveles de madurez distintos, culturas organizacionales únicas y desafíos que no siempre aparecen en los manuales.

Si en tu cooperativa están revisando su estrategia digital, fortaleciendo la gobernanza tecnológica o preguntándose cómo integrar tecnología sin perder el propósito cooperativo, estaré encantado de conversar, escuchar y compartir perspectivas.

A veces, una buena conversación técnica y humana, sin agendas comerciales, es el punto de partida para aclarar prioridades, evitar errores costosos y encontrar rutas más sostenibles. Si este artículo te resonó o te dejó alguna inquietud, abramos ese espacio.

 

El sector solidario crece cuando dialoga, comparte y se acompaña.

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Cooperativas energéticas y democratización de la energía limpia

La transición energética global no es solo un desafío ambiental: es una oportunidad histórica para redefinir el modelo económico y social; en este nuevo paradigma, las cooperativas energéticas (solares, eólicas o comunitarias) se están convirtiendo en actores clave al empoderar a los ciudadanos para pasar de consumidores pasivos a prosumidores: productores y gestores de su propia energía.

Este fenómeno representa mucho más que un cambio tecnológico; es la materialización de una nueva cultura de soberanía energética, donde la energía deja de ser un monopolio centralizado para convertirse en un bien común gestionado colectivamente.

 

Las cooperativas energéticas encarnan los principios más genuinos del cooperativismo: control local, participación democrática y equidad social.
En ellas, los miembros deciden qué fuentes de energía se priorizan, cómo se distribuyen los beneficios y qué proyectos comunitarios se financian con los excedentes.

Las micro redes, los sistemas de intercambio energético entre vecinos (peer-to-peer) y los parques solares comunitarios están demostrando que la energía puede ser gestionada con justicia, transparencia y corresponsabilidad. No se trata solo de producir electricidad, sino de producir bienestar y cohesión social.

En regiones rurales o semiurbanas, donde la infraestructura tradicional no llega, las cooperativas energéticas están llevando energía limpia y confiable, fortaleciendo la resiliencia territorial y reduciendo la pobreza energética.

 

El impacto de estas cooperativas trasciende lo técnico ya que cada kilovatio comunitario genera inclusión, reduce las brechas territoriales y promueve la descarbonización desde abajo hacia arriba.
Sin embargo, los retos siguen siendo significativos: los altos costos iniciales de instalación, la falta de incentivos fiscales, y la complejidad de los trámites regulatorios todavía limitan la expansión de este modelo en América Latina.

Para superar estos obstáculos, es necesario articular ecosistemas donde los sectores público, privado y solidario trabajen de forma coordinada. Las cooperativas aportan la confianza social y la gestión comunitaria; los gobiernos, el marco habilitante y los recursos; y las empresas tecnológicas, la innovación.

El resultado es un modelo donde la energía se convierte en un derecho y la transición ecológica en un proceso inclusivo.

 

En Colombia, por ejemplo, la transición energética justa ya cuenta con bases normativas que abren espacio para el cooperativismo.
El Decreto 1073 de 2015 (sector Minas y Energía) consolidó el marco regulatorio de autogeneración y fuentes no convencionales de energía renovable; la Ley 1715 de 2014 y su actualización mediante la Ley 2099 de 2021 establecieron incentivos tributarios y facilidades para proyectos solares y eólicos; y la Política de Transición Energética Justa (2023) promueve la participación de comunidades y entidades solidarias en proyectos descentralizados.

Además, la Unidad de Planeación Minero Energética (UPME) ha reconocido el papel de las comunidades energéticas y cooperativas locales como piezas esenciales para garantizar equidad territorial y democratización del acceso.
Estas normas no solo habilitan proyectos, sino que invitan al sector solidario a liderar la transición, alineando sus valores de sostenibilidad, equidad y autogestión con las metas del país hacia 2030.

 

El futuro energético dependerá de nuestra capacidad de construir alianzas público-cooperativas ágiles, donde los gobiernos aporten marcos y recursos, las cooperativas su conocimiento organizativo y su legitimidad social, y las comunidades su voluntad de cambio.
El cooperativismo puede convertirse en el arquitecto de un nuevo modelo energético: limpio, descentralizado y solidario.

La verdadera innovación no está solo en los paneles solares o en la tecnología, sino en la forma en que las comunidades se organizan para gobernar su energía.

 

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Cooperativas Digitales y de Datos

Vivimos la mayor revolución económica desde la industrialización; el conocimiento y su materia prima, los datos, se ha convertido en el activo más valioso del planeta. Las grandes tecnológicas lo saben y han construido imperios alrededor de él. Sin embargo, la mayoría de las organizaciones solidarias, incluyendo muchas cooperativas, siguen siendo simples usuarias de tecnología ajena, sin control sobre su información ni sobre el valor que esta genera.

En este contexto, surgen las cooperativas de datos, una evolución natural del cooperativismo tradicional hacia el ámbito digital. Son organizaciones donde los miembros no solo participan en la propiedad del capital, sino también en la propiedad, gestión y uso de los datos. Representan una nueva frontera del movimiento solidario: la propiedad colectiva del conocimiento.

 

En Europa, Asia y América Latina comienzan a aparecer ejemplos inspiradores; desde cooperativas agrícolas que comparten información climática para mejorar la producción, hasta redes de salud que gestionan historiales médicos de manera descentralizada, garantizando privacidad y valor compartido. En todos los casos, el principio es el mismo: los datos pertenecen a la comunidad que los genera.

 

Durante dos décadas, la economía digital ha funcionado bajo una lógica de concentración: unas pocas plataformas extraen, procesan y monetizan los datos de millones de usuarios; en contraste, una cooperativa de datos invierte esta relación: los miembros dejan de ser consumidores pasivos para convertirse en copropietarios activos de la información.

Esto implica un cambio profundo en el modelo de gobernanza; los asociados deciden qué datos se recopilan, cómo se almacenan y con qué fines se usan. No se trata solo de tecnología, sino de democracia digital aplicada al conocimiento.

Imaginemos una red de conductores de transporte urbano cooperativizados: cada viaje genera datos sobre rutas, tiempos y consumo energético; si esos datos se gestionan cooperativamente, pueden convertirse en inteligencia colectiva, optimizar operaciones, reducir emisiones y mejorar los ingresos sin depender de una app corporativa extranjera.

Esa es la esencia del cooperativismo digital: pasar del uso al dominio, del dato individual al valor compartido.

 

El cooperativismo de plataforma es la manifestación práctica de este paradigma. Frente al modelo dominante donde la plataforma se queda con el valor y el usuario con la dependencia, las cooperativas de plataforma ofrecen una alternativa ética y económica.

Casos como Fairbnb (turismo responsable), Stocksy (banco de imágenes cooperativo) o CoopCycle (logística compartida) demuestran que es posible crear plataformas digitales sostenibles donde los beneficios se distribuyen entre quienes las hacen posibles.

En el contexto latinoamericano, este modelo tiene un enorme potencial; las cooperativas financieras, agroindustriales, educativas y de transporte pueden desarrollar sus propias plataformas digitales, diseñadas bajo principios cooperativos, donde el valor permanezca en manos de la comunidad.

Esto no se trata de competir con las grandes tecnológicas en escala, sino de liderar un modelo alternativo de transformación digital con propósito. Un modelo en el que la innovación se mida no por descargas o usuarios activos, sino por el impacto social, la transparencia y la equidad en la distribución del valor.

 

Hablar de cooperativas digitales no es idealismo; requiere capacidad técnica, inversión y gobernanza responsable.


Los principales retos son tres:

 

Infraestructura digital y soberanía tecnológica.
Las cooperativas necesitan construir o acceder a infraestructuras que garanticen independencia tecnológica: nubes cooperativas, almacenamiento descentralizado, y arquitecturas abiertas que eviten el secuestro de sus datos por proveedores cerrados.

 

Ciberseguridad y confianza.
El activo más valioso, los datos, es también el más vulnerable; la inversión en ciberseguridad, auditorías, encriptación y formación es esencial. Una cooperativa de datos debe asegurar no solo disponibilidad y privacidad, sino también confianza colectiva.


Las normativas sobre protección de datos, blockchain y gobernanza algorítmica aún están en evolución; las cooperativas deben participar activamente en estos debates para garantizar que la legislación proteja la soberanía comunitaria y no reproduzca monopolios digitales.

 

En Colombia, por ejemplo,  este debate ya no es opcional: los Decretos 0769 de 2025 y 1544 de 2024, junto con las Circulares 87 y 88 de 2025, establecen obligaciones concretas para las entidades del sector solidario en materia de gobernanza de datos, protección de la información, trazabilidad digital y ciberseguridad

 

Estas normas marcan un antes y un después: las cooperativas deberán incorporar políticas de datos, roles responsables (Data Steward, DPO), esquemas de interoperabilidad y mecanismos de reporte digital al supervisor. Lejos de ser una carga, este nuevo marco es una oportunidad para institucionalizar la gestión inteligente de la información y fortalecer la confianza del asociado.

 

El sector solidario enfrenta su propia brecha digital; la mayoría de las cooperativas aún no dispone de políticas de datos, arquitecturas tecnológicas o cuadros de talento especializado. Aquí surgen oportunidades de colaboración: centros cooperativos de datos y ecosistemas compartidos de analítica e inteligencia, pueden ser el camino para generar capacidades colectivas sin perder autonomía.

La transformación digital solidaria requiere un cambio cultural: pasar del software como gasto al dato como bien común.

 

La verdadera transformación digital del cooperativismo no se mide por cuántas apps tiene una entidad, sino por cómo usa la tecnología para cumplir su propósito solidario.
Poner los datos al servicio del bienestar colectivo implica pensar en modelos donde cada “byte” contribuya a resolver problemas reales: inclusión financiera, educación, salud, empleo digno y sostenibilidad ambiental.

El futuro del movimiento cooperativo dependerá de su capacidad para comprender que la autonomía tecnológica es la nueva forma de soberanía económica.
Así como las cooperativas nacieron para liberar a los trabajadores del capital, las cooperativas de datos surgen para liberar a las comunidades del capitalismo de la información.

Por eso, más que hablar de digitalización, debemos hablar de humanización digital. Las plataformas, los algoritmos y las métricas solo tienen sentido si fortalecen la cooperación, la confianza y la participación.

 

El desafío no es adaptarse al futuro digital, sino construirlo con valores solidarios.
Los datos son el nuevo territorio de la cooperación, y su destino no puede ser otro que el bienestar colectivo.

Hoy más que nunca, las cooperativas necesitan traducir la tecnología en estrategia y los datos en decisiones con sentido; si eres parte de una organización solidaria y te preguntas cómo avanzar en cumplimiento normativo, gobierno de datos o modelos de analítica cooperativa, es momento de actuar. Desde GBA Latam® acompañamos este proceso con metodologías adaptadas al sector, para que la transformación digital no sea un riesgo, sino una ventaja competitiva alineada con tu propósito.
Construyamos juntos la hoja de ruta hacia la soberanía digital del cooperativismo Latinoamericano.

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La Cooperativa del Futuro: Por qué la Sostenibilidad es la ÚNICA Estrategia de Crecimiento

El Amanecer de una Nueva Era: Del Propósito a la Estrategia

 

El 2025 marcó un punto de inflexión; no será un año más en la historia del cooperativismo, sino el momento en que el movimiento solidario debió mirarse al espejo y reconocer que su propósito, aunque noble, ya no era suficiente.


Durante décadas, bastaba con enarbolar los principios cooperativos como bandera moral: la ayuda mutua, la equidad, la solidaridad. Pero el mundo cambió. La desigualdad se volvió sistémica, la crisis climática dejó de ser una amenaza y se transformó en una realidad cotidiana, y la digitalización ya no es una opción, sino la infraestructura misma de la economía.

 

Hoy, las cooperativas enfrentan un desafío sin precedentes: demostrar que la solidaridad también puede ser un modelo de crecimiento sostenible, medible y rentable.
El cooperativismo, que alguna vez fue refugio de confianza, está llamado a convertirse en motor de transformación económica, tecnológica y ambiental.

 

La Declaración de la ONU sobre el Año Internacional de las Cooperativas y la ratificación del Decenio Cooperativo marcaron un cambio estructural. Ya no se trata de recordar el pasado glorioso del sector, sino de diseñar el futuro con métricas, innovación y gobernanza.
El mensaje es inequívoco: si las cooperativas no lideran la respuesta a los grandes desafíos globales tales como la inclusión, sostenibilidad y la digitalización, nadie lo hará.

 

De la Intención a la Ejecución: El Propósito en Acción

He tenido el privilegio de acompañar a entidades que han entendido que el cambio no comienza con un decreto ni con un software, sino con una decisión: abandonar la comodidad del discurso para entrar en el terreno de la evidencia.


La integración tecnológica, el fortalecimiento del gobierno corporativo y la modernización de la gestión del riesgo ya no son lujos de innovación; son la puerta de entrada al nuevo sistema financiero basado en datos, interoperabilidad y confianza digital.

En este proceso, algo se ha vuelto evidente: las cooperativas que han logrado crecer en los últimos años no son las más grandes ni las más antiguas, sino las más adaptativas, las que han entendido que su propósito social solo tiene sentido si se traduce en resultados verificables.

Hoy el desafío no es solo ser solidario, sino ser estratégicamente sólido, midiendo impacto, gestionando datos y demostrando eficiencia con la misma rigurosidad con que las empresas tradicionales miden rentabilidad.

 

La Métrica del Mañana: De la Misión al Sistema de Gestión

Durante décadas, muchas organizaciones solidarias han confundido su misión con su modelo.
El propósito de ayudar, incluir, servir es inmutable; pero el modelo debe evolucionar en razón a que hoy el mercado y la sociedad exigen a las cooperativas algo más: evidencia.

La sostenibilidad debe dejar de ser un ideal romántico para convertirse en un sistema de gestión integral.


Una cooperativa que no mide su impacto social, ambiental y de gobernanza está condenada a volverse invisible ante los ojos de la economía digital; el mundo de los inversionistas, los reguladores y los consumidores habla un nuevo idioma: el de los datos verificables.

 

El cooperativismo tiene una ventaja que no se puede programar: la confianza; sin embargo, en el siglo XXI la confianza ya no se otorga, se demuestra.


Demostrar implica diseñar indicadores, adoptar tecnologías de trazabilidad, reportar resultados y transformar el Balance Social en una herramienta estratégica, no en un requisito normativo.

El nuevo liderazgo cooperativo se medirá por su capacidad de articular tres dimensiones:

  1. Propósito social medible.
  2. Gobernanza transparente.
  3. Tecnología interoperable.

Solo las entidades que integren estas tres piezas podrán participar plenamente en la nueva economía de impacto.

 

Del Propósito a la Estrategia: Alineación con los ODS

Las cooperativas latinoamericanas han sido, históricamente, guardianas de la resiliencia social; han sostenido territorios cuando los bancos se retiraron, han generado empleo digno cuando los mercados colapsaron, y han financiado comunidades cuando nadie más lo hacía; pero el nuevo siglo no les exige solo resistir; les exige liderar.

 

Los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) son mucho más que una agenda de Naciones Unidas; son el lenguaje universal de legitimidad y acceso a capital, e integrarlos no significa adherirse a un discurso, sino alinear el modelo de negocio con el bien común medido en resultados concretos.

 

De hecho, los estudios de la Alianza Cooperativa Internacional (ACI) y la iniciativa Coops for 2030 son contundentes: las cooperativas que logran integrar los ODS a su estrategia obtienen más legitimidad, mayor acceso a financiamiento verde y una narrativa empresarial que trasciende lo financiero.

 

Adoptar los ODS no solo mejora la reputación; abre puertas en razón a que los inversionistas, las agencias multilaterales y los fondos climáticos buscan organizaciones que traduzcan el dinero invertido en resultados sociales o ambientales medibles.
La sostenibilidad, en este sentido, no es un fin ético, sino una ventaja competitiva.

 

La Presión del Mercado: Finanzas ESG y el Riesgo del Greenwashing

Vivimos un cambio silencioso pero irreversible: el dinero global ha adoptado una conciencia; los fondos de inversión, las aseguradoras y los reguladores ya no destinan recursos a instituciones que no puedan probar su impacto ambiental, social y de gobernanza (ESG).

 

Las cooperativas están en el centro de esta revolución, pero también en su punto de mayor riesgo; el greenwashing (simular impacto sin evidencia) se ha convertido en una amenaza real; hoy no basta con afirmar que se promueve el ODS 8 (Trabajo Decente) o el ODS 1 (Fin de la Pobreza); hay que demostrarlo con datos verificables, trazables y auditables.

 

En mis conversaciones con dirigentes cooperativos de la región, escucho una pregunta recurrente: “¿Y si no tenemos los sistemas para medir todo eso?”

La respuesta es simple: si no se mide, no existe.
La falta de datos no solo afecta la gestión interna, sino la credibilidad institucional.
El cooperativismo no puede permitir que la ausencia de tecnología debilite su mayor activo: la confianza.

 

Los Cimientos del Cambio: Gobernanza y Regulación

En Colombia, la Circular Externa 88 de 2025 de la Supersolidaria representa un antes y un después; bajo el principio de cumpla o explique, el regulador exige que las entidades consoliden estructuras formales de gobernanza sostenible.
Esto significa que el Buen Gobierno dejó de ser una recomendación moral para convertirse en una obligación estratégica. La gobernanza digital, el reporte de balance social, la gestión de riesgos y la divulgación de información ESG son ahora componentes esenciales de la madurez institucional y aquellas entidades que adopten estos mecanismos no solo estarán cumpliendo la ley, sino posicionándose como referentes del nuevo cooperativismo regulado, transparente y rentable.

 

El Cooperativismo como Agente de Resiliencia Climática

El cambio climático ya no es una variable ambiental: es un riesgo financiero y social.
Las sequías, inundaciones y desplazamientos están afectando directamente la capacidad de pago, la producción rural y la estabilidad territorial.

Las cooperativas, por su cercanía a la comunidad, están en posición privilegiada para convertirse en gestoras de resiliencia climática.
Eso implica tres grandes pasos; el primero de ellos es evaluar riesgos climáticos: medir cómo los eventos extremos afectan la cartera y la liquidez; en segundo lugar, diseñar productos verdes: créditos para riego, eficiencia energética o adaptación climática y en tercer lugar, monitorear resultados: verificar el impacto real sobre los ingresos del asociado, la creación de empleo verde o la reducción de huella de carbono.

 

Así, el modelo cooperativo deja de ser un receptor pasivo de ayuda internacional para transformarse en un actor financiero de desarrollo sostenible, capaz de competir en el mercado global con propósito y evidencia.

 

El Puente Obligatorio: La Digitalización del Impacto

Todo esto converge en un punto: no hay sostenibilidad sin digitalización.
Medir el impacto social, ambiental o económico sin datos integrados es tan imposible como navegar sin brújula; así las cosas, el futuro del sector dependerá de su capacidad para construir infraestructuras digitales que permitan capturar, procesar y reportar información en tiempo real.


Plataformas interoperables, analítica de datos, blockchain para trazabilidad de impacto, inteligencia artificial para segmentar necesidades sociales: estos ya no son temas de innovación, son condiciones de existencia.

 

El siguiente paso será abrazar el concepto de la Cooperativa de Plataforma: una entidad donde el asociado no solo consume servicios, sino que participa y gobierna los datos que generan valor; esto redefine el poder económico dentro del ecosistema solidario: el conocimiento deja de ser propiedad de las grandes tecnológicas y vuelve a manos de quienes lo producen, es decir, las comunidades.

 

De la Nobleza a la Excelencia: El Llamado al Liderazgo

El cooperativismo nació del propósito pero sobrevivirá gracias a la estrategia.
En la próxima década, las cooperativas que prosperen no serán las más grandes ni las más tecnológicas, sino las más coherentes; aquellas capaces de traducir su propósito en métricas, su solidaridad en datos y su compromiso social en decisiones de impacto verificable.

La sostenibilidad no debe ser vista como una tendencia, sino como una nueva gramática de liderazgo.
El Buen Gobierno, la gestión de datos y la transparencia no son requisitos técnicos; son expresiones contemporáneas de la confianza cooperativa; de este modo, la pregunta no es si el modelo cooperativo sobrevivirá, sino si está dispuesto a evolucionar para liderar.

 

Antes de preguntarse cómo crecer, las cooperativas deben preguntarse cómo demostrar que su crecimiento genera bienestar medible; medir, reportar y comunicar con transparencia no es una exigencia del mercado, es la clave para recuperar la legitimidad y proyectar el cooperativismo como la alternativa ética y rentable de la economía de impacto.


El futuro pertenece a las organizaciones que sepan combinar tecnología, propósito y sostenibilidad sin perder el alma que las fundó. La sostenibilidad no es un destino; es la manera en que el cooperativismo escribirá su próxima historia.

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La cooperativa del futuro: 10 grandes tendencias globales hacia 2030

El 2025, declarado por las Naciones Unidas como el Año Internacional de las Cooperativas, marcó el comienzo de una nueva etapa para el movimiento cooperativo mundial.

Nunca antes las cooperativas habían tenido una oportunidad tan clara de ocupar un papel central en la economía global; su naturaleza democrática, su compromiso con la equidad y su arraigo comunitario las convierten en actores decisivos frente a los grandes desafíos de nuestro tiempo: la desigualdad, el cambio climático, la digitalización y la sostenibilidad.

El momento actual exige una evolución profunda; integrar tecnología, fortalecer el gobierno corporativo y modernizar la gestión del riesgo ya no son opciones, sino condiciones para seguir siendo relevantes en el nuevo sistema financiero abierto, interoperable y basado en datos.

Este artículo abre la serie “La cooperativa del futuro”, que explorará los cambios estructurales, tecnológicos y humanos que están definiendo el cooperativismo de la próxima década.

 

  1. Alineación con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS)

En el contexto actual, las cooperativas se consolidan como pilares de la Agenda 2030 de Naciones Unidas; su aporte trasciende el discurso ya que hoy son agentes reales en la reducción de la pobreza, la generación de empleo digno, la seguridad alimentaria y la construcción de instituciones inclusivas.

 

Iniciativas globales como Coops for 2030 y la creciente presión por reportar impacto ESG (ambiental, social y de gobernanza) marcan un cambio de era; ya no basta con ser solidario: hay que demostrar resultados medibles.

 

Las cooperativas que integren los ODS con coherencia ganarán legitimidad, financiamiento verde y reconocimiento social; pero deben evitar caer en el greenwashing (fingir sostenibilidad sin evidencia real). La credibilidad del modelo cooperativo dependerá de su capacidad de mostrar datos verificables, coherentes entre lo que se dice y lo que se hace.

 

En este escenario, la sostenibilidad dejó de ser un ideal para convertirse en un sistema de gestión. Las cooperativas tienen una ventaja única, ya que el propósito social está en su ADN; lo que ahora necesitan es traducirlo en métricas, decisiones y narrativa de impacto.

 

  1. Cooperativas digitales y de datos

Vivimos una revolución que redefine la propiedad del conocimiento; las cooperativas de datos están emergiendo como un nuevo modelo en el que los miembros dejan de ser usuarios pasivos para convertirse en propietarios y gobernantes de su información.

 

En sectores como salud, agricultura o movilidad, la soberanía de los datos ya es una ventaja competitiva; en paralelo, el cooperativismo de plataforma ofrece una alternativa ética al dominio de las grandes tecnológicas: plataformas digitales donde el valor permanece en manos de la comunidad.

Pero esta visión requiere inversión en infraestructura digital, ciberseguridad, blockchain y marcos regulatorios; las cooperativas que logren dominar este terreno podrán capturar valor sin depender de monopolios tecnológicos, conservando su autonomía y propósito solidario porque la verdadera transformación no está en la tecnología, sino en su uso con sentido: poner los datos al servicio del bienestar colectivo.

 

  1. Cooperativas energéticas y democratización de la energía limpia

La transición energética global es también una oportunidad social; las cooperativas de energía renovable (solares, eólicas o comunitarias) están empoderando a los ciudadanos para pasar de consumidores a productores.


Estos modelos reflejan los valores esenciales del cooperativismo como el control local, la participación y la equidad; las microredes y sistemas de intercambio energético están demostrando que la energía puede gestionarse colectivamente y con justicia.

 

Su impacto trasciende lo técnico fortaleciendo la resiliencia local, reduciendo la pobreza energética y promoviendo la descarbonización; sin embargo, los altos costos iniciales y las barreras regulatorias siguen siendo retos estructurales.


El camino está en alianzas público-cooperativas ágiles, donde gobiernos aporten marcos habilitantes y las cooperativas, su capacidad organizativa y confianza territorial; todos estos esfuerzos tendientes a que la energía del futuro sea limpia, descentralizada y solidaria, y las cooperativas deben ser sus arquitectas.

 

  1. Modernización de las finanzas cooperativas

Si hay un frente donde el sector solidario está viviendo una verdadera revolución, es el financiero; las cooperativas de ahorro y crédito y los bancos cooperativos están en plena transformación estructural dado que ya no compiten solo con otras entidades solidarias, sino con un sistema financiero cada vez más digital, ágil y centrado en la experiencia del usuario.

 

Esta reinvención no se trata únicamente de adoptar tecnología; se trata de redefinir la forma en que las cooperativas entienden la relación con sus asociados; hoy, el asociado no compara tasas, compara experiencias; y la diferencia entre una transacción y un vínculo radica en la capacidad de ofrecer servicios digitales con calidez humana.

 

La incorporación de tecnologías emergentes y soluciones digitales,  está cambiando el ADN de la operación cooperativa; en Colombia por ejemplo, el Decreto 0769 de 2025 marca un punto de inflexión ya que por primera vez, las cooperativas pueden ofrecer servicios de pagos digitales, transferencias y adquirencia, pero con la obligación de fortalecer su gobernanza tecnológica, ciberseguridad y capacidad de reporte estratégico.

 

Esto representa una oportunidad inmensa, pero también una prueba de madurez porque las cooperativas que abracen esta transformación con una visión integral, no solo tecnológica, sino también cultural y estratégica, estarán en capacidad de liderar la inclusión financiera en territorios donde la banca tradicional no llega.

 

Sin embargo, esta evolución trae consigo nuevos desafíos: márgenes más estrechos, competencia más intensa y regulación más exigente;  la digitalización exige eficiencia, pero también propósito, y ese es el punto donde el cooperativismo tiene una ventaja única: puede combinar innovación tecnológica con confianza social, algo que ninguna fintech puede replicar.

 

El reto, entonces, no es ser digitales “porque toca”, sino ser digitales para servir mejor; porque la modernización de las finanzas cooperativas no se mide en el número de apps lanzadas, sino en la capacidad de conectar tecnología con inclusión, datos con decisiones, y eficiencia con propósito.

 

  1. Modelos híbridos y multiactor

Las fronteras entre cooperativas, empresas sociales, ONG y startups están desapareciendo; surgen modelos híbridos y multiactor que combinan capital, innovación y propósito;  en algunos países, las cooperativas se estructuran junto a instituciones públicas o fundaciones, dando origen a cooperativas sociales con gran impacto local. Estos modelos permiten atraer talento diverso y recursos nuevos, pero también exigen estructuras de gobernanza más sofisticadas para equilibrar los intereses de trabajadores, productores y consumidores; la clave está en mantener la identidad cooperativa mientras se amplía el alcance y la capacidad de innovación.

 

  1. Cooperar entre cooperativas: el nuevo modelo de crecimiento colectivo

Uno de los principios más antiguos del cooperativismo, “cooperar entre cooperativas”, está entrando en una nueva era y lo que antes se veía como un gesto solidario, hoy se convierte en una estrategia empresarial inteligente para ganar escala, optimizar recursos y fortalecer la competitividad del sector frente al sistema financiero tradicional.

 

Desde mi experiencia, he visto cómo las cooperativas que se asocian bajo redes sectoriales, federaciones o alianzas transnacionales logran algo que, de manera individual, sería casi imposible: reducir costos, acceder a tecnología de última generación y generar innovación compartida.

Un buen ejemplo son los centros de servicios compartidos, los acuerdos de compra conjunta de tecnología o las iniciativas colaborativas en analítica y datos, que ya están demostrando que la cooperación bien gestionada puede traducirse en eficiencia real, rentabilidad y sostenibilidad; sin embargo, este nuevo modelo exige una mentalidad distinta: pasar del “yo compito” al “nosotros crecemos”.


El reto está en mantener la autonomía local sin perder la visión global, y en construir mecanismos de gobernanza que equilibren la toma de decisiones colectiva con la agilidad que exige el entorno digital; cuando la cooperación deja de ser discurso y se convierte en arquitectura con acuerdos claros, plataformas tecnológicas compartidas y modelos de datos interconectados, el sector solidario no solo se fortalece, sino que se transforma en un ecosistema capaz de innovar con propósito y escalar con identidad.

 

En definitiva, el futuro no pertenece a la cooperativa más grande, sino a las cooperativas mejor conectadas; y ese será, sin duda, el nuevo motor del crecimiento cooperativo global.

 

  1. Resiliencia, localismo y economía circular

En un contexto de crisis climática, disrupciones logísticas y tensiones sociales, las cooperativas están reafirmando su papel como nodos de resiliencia comunitaria y esto porque su capacidad para articular producción local, cadenas cortas y servicios esenciales las convierte en agentes claves de la economía circular y del desarrollo territorial sostenible.

 

Reutilizar, reciclar, compartir y producir localmente son prácticas que encajan perfectamente con la identidad cooperativa; en las regiones rurales o vulnerables, las cooperativas pueden convertirse en infraestructuras sociales esenciales para la alimentación, la energía o el financiamiento inclusivo.

 

  1. Renovación generacional y diversidad

El relevo generacional es uno de los mayores desafíos del cooperativismo contemporáneo; atraer, formar y empoderar a los jóvenes será determinante para su sostenibilidad a largo plazo; las cooperativas están destinando mayores recursos a la educación cooperativa, la alfabetización digital y el liderazgo juvenil, así como a la inclusión activa de mujeres, migrantes y minorías.

La diversidad no solo amplía la representatividad, sino que inyecta innovación y legitimidad al movimiento; el riesgo está en los choques culturales entre nuevas generaciones digitales y estructuras directivas tradicionales; superarlo implicará modernizar la gobernanza y abrazar la participación intergeneracional.

 

  1. Políticas públicas y marcos legales habilitantes

El reconocimiento internacional de 2025 como Año de las Cooperativas trajo consigo un impulso político renovado dado que muchos gobiernos están desarrollando marcos legales pro-cooperativos, incentivos fiscales, líneas de crédito y programas de compras públicas para fortalecer el sector.

 

Esta nueva ola normativa debe entenderse como una oportunidad para articular mejor las políticas de inclusión financiera, economía verde y digitalización, en las que las cooperativas pueden ser protagonistas; sin embargo, depender excesivamente de fondos públicos o de coyunturas políticas puede debilitar su independencia; el desafío será construir institucionalidad sólida y alianzas sostenibles, no subsidios temporales.

 

  1. Medición de impacto y transparencia: el nuevo lenguaje de la confianza

Hoy, el cooperativismo global enfrenta un cambio de paradigma silencioso pero profundo que resumo en una frase “la confianza ya no se declara, se demuestra”.


La exigencia de rendir cuentas y de mostrar resultados tangibles está transformando la manera en que las cooperativas gestionan su desempeño, su impacto y su reputación; aquellas entidades que adopten marcos de medición de impacto alineados con los ODS y los criterios ESG no solo fortalecerán su legitimidad, sino que abrirán la puerta a nuevas fuentes de financiación responsable, alianzas estratégicas y reconocimiento internacional.

La buena noticia es que la digitalización está haciendo posible algo que antes parecía inalcanzable; me refiero a  medir mejor, comunicar mejor y, sobre todo, decidir mejor; sin embargo, medir no basta; el riesgo está en convertir la medición en un simple trámite o en exponer datos sin contexto, lo que puede distorsionar la historia detrás de los números.


La transparencia, en el verdadero sentido del término, no es una exigencia externa; es una herramienta de aprendizaje, una forma de construir cultura y una oportunidad para mejorar continuamente desde la evidencia.

 

Las cooperativas del futuro no serán las que más hablen de su impacto, sino las que lo gestionen como un activo estratégico, integrando los datos con la toma de decisiones, la comunicación con los asociados y la rendición de cuentas ante la sociedad; y es que todas las transformaciones que estamos viviendo (digital, cultural, ambiental y social) están conectadas; veamos porqué: las cooperativas digitales facilitan la medición de impacto, las energéticas promueven resiliencia local, las políticas públicas habilitantes impulsan la innovación tecnológica, y la renovación generacional sostiene la continuidad del modelo.

 

De esa interdependencia nacerá el nuevo modelo cooperativo global, sustentado en tres pilares esenciales: propósito social claro, capacidades digitales y de datos, gobernanza transparente y sostenible, precisamente porque hacia 2030, las prioridades estarán claras: construir infraestructura y capacidades digitales, fortalecer la medición y la transparencia del impacto, incidir en políticas públicas habilitantes,  experimentar con modelos híbridos y multiactor, profundizar el compromiso de jóvenes y nuevos asociados.

 

En síntesis, el reto del cooperativismo no será solo hacer las cosas bien, sino demostrar con evidencia que lo hace mejor que nadie con propósito, con tecnología y con transparencia.

 

Mirando hacia adelante: la década cooperativa

Estamos viviendo un momento histórico; el cooperativismo, ese modelo que nació para equilibrar la economía con la solidaridad, está llamado a desempeñar un papel protagónico en la transformación global; hoy representa más del 12 % de la población mundial, con más de tres millones de organizaciones que generan alrededor de 2,4 billones de dólares anuales; sin embargo, su impacto real, el que trasciende las cifras,  dependerá de su capacidad para innovar sin perder su identidad.

 

En América Latina, las condiciones son únicas; la madurez tecnológica, los avances regulatorios y el relevo generacional están creando el contexto ideal para que el sector solidario dé el salto hacia una nueva etapa; pero este salto no se trata simplemente de incorporar tecnología o modernizar sistemas; se trata de algo mucho más profundo: de transformar la cultura organizacional, de redefinir el liderazgo y de reconectar la esencia cooperativa con los desafíos de un mundo digital, abierto y basado en datos.

 

El gran desafío será construir ecosistemas cooperativos digitales con propósito; espacios donde la tecnología no reemplace el vínculo humano, sino que lo potencie; donde los datos no sean un fin en sí mismos, sino una herramienta para comprender mejor a los asociados y fortalecer la confianza; he insistido muchas veces en que la tecnología debe entenderse como un medio y no como un fin. El alma del cooperativismo sigue siendo el mismo propósito: generar bienestar colectivo y fortalecer el tejido social.

 

La cooperativa del futuro no es un banco digital más; es la organización que une confianza, cercanía y propósito con tecnología, datos e innovación para multiplicar el valor económico y social de cada asociado. Esa es, en esencia, la dirección hacia la cual se mueve el mundo solidario.

 

El futuro ya comenzó, y las cooperativas que comprendan esto no serán las más grandes, sino las más preparadas para conectar propósito con innovación; las que entiendan que la transformación digital no es un proyecto tecnológico, sino una nueva forma de gestionar, decidir y servir. 

 

Las que logren traducir la confianza en datos, la cercanía en canales digitales y el propósito en resultados medibles y sostenibles.

 

Mirando hacia adelante, no se trata de adaptarse a la tecnología, sino de redefinir el papel del cooperativismo en la economía del siglo XXI; la pregunta ya no es si debemos transformarnos, sino cómo hacerlo manteniendo nuestra esencia.

Y ahí es donde está el verdadero liderazgo: en atreverse a transformar sin perder el alma.

 

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El poder de los datos para transformar la estrategia del sector solidario

En mi artículo anterior analizamos cómo el sistema financiero global, impulsado por Open Banking y Open Finance, está redefiniendo las reglas del juego.

Ese nuevo entorno no solo derriba los muros del sistema, sino que exige nuevas capacidades: interoperar, procesar datos en tiempo real y ofrecer experiencias digitales consistentes.

El sector solidario, con su fortaleza social y su confianza comunitaria, parte desde una ventaja ética y relacional; pero esa ventaja debe traducirse en conocimiento, y el conocimiento se construye a partir de los datos. La apertura financiera ha democratizado el acceso a la información; ahora el reto para las organizaciones solidarias es aprender a leer los datos con propósito, usarlos no para competir como bancos, sino para crear valor compartido.

En este nuevo escenario, el dato es el punto de encuentro entre la tecnología y la solidaridad; quiero decir que si en el siglo XX las cooperativas y fondos de empleados integraban recursos financieros, en el XXI deben integrar recursos digitales e información estructurada ya que la información transaccional, crediticia, social y educativa que hoy reposa en sus sistemas representa un activo inexplorado de enorme valor estratégico.


Ahora bien, el problema no es la ausencia de datos, sino su fragmentación ya que cada área o sistema opera como una isla y esa desconexión impide que la organización vea a cada asociado como un todo; entonces, el desafío consiste en construir una visión 360° del asociado, donde converjan aportes, consumos, educación, participación y bienestar.

Las entidades que logren integrar y analizar sus datos podrán diseñar productos que acompañen el ciclo de vida de sus asociados, anticipar riesgos crediticios o de desvinculación, medir en tiempo real el impacto social y económico de sus programas, y crear valor diferencial basado en evidencia, no en intuición; el dato es la materia prima, pero la analítica es el proceso que lo convierte en conocimiento útil y cuando ese conocimiento se aplica al propósito solidario, surge algo poderoso: la inteligencia cooperativa.

Llegados a este punto, vale la pena profundizar en cómo se genera valor a partir de los datos dentro de las organizaciones solidarias ya que la analítica no actúa en un solo nivel, sino en tres dimensiones que se entrelazan constantemente.

En el plano operacional, ayuda a detectar ineficiencias, automatizar procesos y optimizar costos. Por ejemplo, identificar picos de demanda de crédito, mejorar la atención al asociado o detectar zonas con bajo nivel de digitalización. En el plano táctico, los datos se convierten en conocimiento del asociado; a partir de patrones de comportamiento y consumo, la organización puede segmentar su base social, anticipar necesidades y ofrecer servicios personalizados. Y en el plano estratégico, la toma de decisiones se basa en evidencia ya que los datos se convierten en insumo de la planeación estratégica y del gobierno corporativo, permitiendo construir tableros ejecutivos, medir impacto social y evaluar desempeño institucional. En resumen, la analítica no reemplaza la esencia solidaria, la amplifica.

Pero si hay un punto que marca la diferencia, es el de la gobernanza del dato, esto porque el dato solidario no es un recurso comercial, sino una expresión de confianza y su uso debe estar guiado por principios éticos, transparencia y gobernanza clara.

En el nuevo entorno regulatorio, la gobernanza del dato debe ser parte del ADN institucional, no solo del área de TI porque esto implica definir políticas sobre calidad, actualización, privacidad, seguridad y uso ético de la información. En Colombia, el Decreto 0769 de 2025 avanza en esa dirección, exigiendo reportes periódicos al Consejo de Administración sobre los avances en transformación digital y gestión tecnológica, colocando a los datos en el centro de la gobernanza organizacional; de esta forma, la transparencia digital se convierte en la nueva forma de rendición de cuentas.

Al hablar de transformación y colaboración, el Open Finance surge como una oportunidad única, ya que no solo abre datos financieros; también habilita nuevas formas de colaboración entre entidades solidarias.

Gracias a la interoperabilidad, las organizaciones pueden intercambiar información bajo consentimiento, construir ecosistemas de servicios integrados y desarrollar productos conjuntos; imaginemos un escenario donde varias cooperativas y fondos de empleados comparten información anonimizada para construir modelos predictivos comunes de riesgo, educación financiera o bienestar social; esa es la esencia del dato solidario compartido, poder usar la información colectiva para fortalecer al conjunto sin vulnerar la privacidad individual. Mientras la banca tradicional compite por volumen, el sector solidario puede diferenciarse por inteligencia colectiva, bajo este escenario, Open Finance es la infraestructura de la colaboración y la analítica, su motor de conocimiento.

Ahora bien, la verdadera transformación ocurre cuando la analítica se convierte en decisiones que mejoran la vida de las personas; veamos cómo sucede en la práctica; en primer lugar, está la analítica predictiva de crédito, los modelos de machine learning permiten anticipar la probabilidad de mora y ajustar políticas de riesgo y, en lugar de castigar al asociado con mayores tasas, la organización puede acompañarlo con educación financiera o soluciones flexibles.

En 2025, tanto el sistema financiero tradicional como el solidario enfrentaron un entorno crediticio más exigente, sin embargo, la diferencia radica en la capacidad de respuesta; las entidades solidarias pueden actuar preventivamente, usando modelos basados en comportamiento transaccional, participación social y hábitos de pago para detectar alertas tempranas y ofrecer acompañamiento personalizado.

También está la segmentación inteligente, toda vez que el análisis de comportamiento permite identificar segmentos como jóvenes digitales, familias en crecimiento o emprendedores locales, y adaptar productos y beneficios personalizados;  en Colombia, este enfoque es más que una buena práctica, es una necesidad estratégica.

Uno de los desafíos más críticos del sector solidario es el envejecimiento de la base social y la baja participación de menores de 40 años; según la Supersolidaria, la proporción de asociados mayores de 60 años sigue en aumento, mientras que la entrada de personas menores de 40 años se mantiene en niveles bajos; frente a este panorama, la analítica permite detectar barreras de acceso, diseñar productos digitales de entrada, monitorear inactividad y activar estrategias de retención temprana toda vez que conocer al asociado a profundidad ya no es solo base de fidelización sino que es una condición de supervivencia.

Desde otra perspectiva, está la medición del impacto social, en razón a que los datos permiten cuantificar el valor social creado, es decir, el número de familias beneficiadas, la inclusión financiera, la generación de empleo y el retorno comunitario; estos indicadores fortalecen la legitimidad institucional y la rendición de cuentas.

Este enfoque se alinea con la Circular Externa 87 de 2025 de la Supersolidaria, que establece el Balance Social y el Beneficio Solidario como mecanismos obligatorios de reporte; la norma busca que las organizaciones midan y visibilicen su impacto social de forma estandarizada y verificable, integrando indicadores cuantitativos y cualitativos; así, la analítica de datos deja de ser solo una herramienta técnica y se convierte en un componente de gobernanza y sostenibilidad, capaz de demostrar con evidencia el propósito social del modelo solidario.

A todo esto se suma una frontera fascinante, la adquirencia cooperativa, el cual, considero uno de los avances más trascendentes del Decreto 0769 de 2025;  es la posibilidad de que las entidades solidarias actúen como adquirentes, procesando pagos electrónicos y habilitando transacciones para comercios locales; esto no solo diversifica ingresos, sino que las conecta directamente con los ecosistemas digitales de pagos instantáneos; cada transacción genera datos sobre consumo local, flujo de efectivo y comportamiento financiero.

Con analítica avanzada, esa información puede transformarse en modelos de crédito alternativo basados en ventas reales, programas de fidelización, mapas de inclusión financiera o nuevos productos cooperativos integrados; la adquirencia no debe verse solo como un servicio financiero, sino como una plataforma de conocimiento compartido que fortalece decisiones, impulsa el comercio local y demuestra el impacto real del modelo solidario en la economía.

Todo esto nos lleva a una conclusión clave y es que la madurez digital no se mide por la infraestructura tecnológica, sino por la capacidad institucional de aprender de los datos; una organización data-driven toma decisiones basadas en evidencia, promueve una cultura analítica y entiende que el dato no es un archivo, sino una historia de confianza.

El siguiente paso será incorporar inteligencia artificial ética, capaz de procesar grandes volúmenes de información y ofrecer recomendaciones sin perder la esencia humana del modelo solidario.

La ecuación es clara: Datos + Propósito = Valor Sostenible.

Y aquí aparece el mayor desafío de todos,  la cultura del dato ya que no hay transformación digital sin cambio cultural; las entidades solidarias deben formar a sus equipos y directivos en pensamiento analítico, lectura de indicadores y uso ético de la información; los Consejos de Administración deben incluir métricas basadas en datos en su agenda: evolución digital, confianza, lealtad, ciberseguridad y gobernanza.

Al hacerlo, los datos dejan de ser una herramienta técnica y se convierten en una competencia institucional.

La cultura del dato es, en esencia, cultura de transparencia y aprendizaje continuo.

El modelo solidario ha demostrado por más de un siglo que la colaboración puede ser más fuerte que la competencia; ahora,  debe demostrar que la inteligencia colectiva puede ser más poderosa que la inteligencia artificial, cuando se guía por valores ya que en un mundo hiperconectado, los datos son el nuevo patrimonio de las organizaciones.
Su verdadero valor no está en la acumulación, sino en el uso responsable y compartido.

Las entidades solidarias pueden convertirse en guardianes éticos del dato, garantizando que la información se use para generar bienestar, inclusión y desarrollo local; además, ese es su diferencial frente a bancos digitales o big tech: la confianza humana en la era de los algoritmos.

El sector solidario se encuentra frente a un cambio de época; la apertura financiera, los pagos instantáneos y la economía digital no son amenazas, sino una invitación a evolucionar y solo aquellas organizaciones que logren transformar sus datos en decisiones y sus decisiones en bienestar liderarán el nuevo ciclo de inclusión financiera.

Quien aprenda a leer sus datos, escribirá su propio futuro digital.

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El futuro cooperativo se escribe con datos: Open Banking y la nueva integración

El futuro cooperativo se escribe con datos: Open Banking y la nueva integración

 

El sistema financiero global vive una transformación sin precedentes. Conceptos como Open Banking, Open Finance y Pagos Instantáneos han dejado de ser tendencias para convertirse en realidades que reconfiguran la forma en que accedemos, procesamos y distribuimos la información financiera. 

Para el sector cooperativo,  históricamente caracterizado por su proximidad social, enfoque comunitario y modelos de gobernanza democrática, estos cambios representan un doble reto: adaptarse al nuevo marco tecnológico y regulatorio, y al mismo tiempo preservar su esencia solidaria.

El punto crítico es claro: en un mundo donde los datos, la interoperabilidad y la velocidad de las transacciones definen la competitividad, las cooperativas no pueden seguir operando en silos; deben repensar la integración cooperativa, articular plataformas conjuntas, y convertir la gestión de datos en una verdadera ventaja estratégica.

 

Open Banking: el primer paso de la apertura financiera

El Open Banking nace de la necesidad de abrir los sistemas bancarios tradicionales a la innovación. Su principio es tan simple como poderoso: los datos financieros pertenecen al cliente, no al banco. La definición estricta de  Open Bankig nos dice que los usuarios, mediante su consentimiento, autorizan a terceros (fintechs, otras entidades financieras o plataformas) a acceder a su información financiera a través de APIs seguras.  En el Reino Unido, pionero en regulación de Open Banking (2018), los clientes pueden conectar sus cuentas bancarias con apps externas para gestionar finanzas personales, créditos o inversiones en un solo lugar y el valor agregado: es que potencia la innovación, reduce costos de intermediación y obliga a las entidades a ser más competitivas en precios, productos y experiencia de usuario. 

En el caso de las cooperativas, implica ofrecer interoperabilidad real con otros actores financieros, desafía el modelo cerrado y obliga a invertir en infraestructura API-first (estrategia donde la API es el punto de partida para integrar y escalar todos los canales y servicios digitales)y abre la puerta a alianzas con fintechs para ampliar el portafolio de servicios.

El siguiente nivel es Open Finance; mientras el Open Banking se limita a información bancaria (cuentas, créditos, pagos), Open Finance integra una visión holística del ecosistema financiero: seguros, pensiones, inversiones, microcréditos, remesas, billeteras digitales, entre otros; es el marco que permite el intercambio de todos los datos financieros del cliente, más allá de la banca tradicional; por ejemplo Brasil, con su iniciativa de Open Finance lanzada en 2021, ya permite que los ciudadanos compartan datos no solo de cuentas y créditos, sino de seguros, inversiones y pensiones y el beneficio es que se empodera al usuario al darle control absoluto sobre su información, fomentando la competencia y habilitando nuevos productos hiperpersonalizados.

Para las cooperativas representa la oportunidad de convertirse en plataformas de confianza de datos, permite crear productos colectivos basados en analítica avanzada: seguros cooperativos, scoring alternativo, beneficios compartidos y requiere elevar los estándares de ciberseguridad y gobernanza de datos.

En paralelo, los sistemas de Pagos Instantáneos (24/7, bajo costo, inmediatos) se han consolidado como el nuevo estándar; infraestructuras de pago que permiten transferencias inmediatas entre cuentas, sin importar el banco o entidad; en Brasil con PIX (más de 150 millones de usuarios en menos de 4 años), en la India con UPI (procesa más de 10.000 millones de transacciones mensuales), hoy es posible hablar de el valor agregado  de estas infraestructuras dada la inclusión financiera masiva, la reducción de uso de efectivo, y la democratización del acceso a servicios financieros.

Para las cooperativas, representan un reto enorme ya que deben habilitar canales 100% digitales para competir en igualdad de condiciones con bancos y fintechs, abren la posibilidad de ofrecer billeteras cooperativas y servicios de adquirencia local para pequeños comercios asociados, e implica repensar la infraestructura tecnológica compartida a nivel gremial.

El impacto conjunto de Open Finance, Open Banking y Pagos Instantáneos es claro; se rompen los muros del sistema financiero; para las cooperativas, esto significa que la integración cooperativa no puede seguir siendo opcional ni limitada a esfuerzos gremiales fragmentados. Antes la integración cooperativa significaba acuerdos de segundo piso (centrales de ahorro, fondos comunes); pero ahora, la integración significa plataformas tecnológicas compartidas que permitan infraestructura de pagos en tiempo real, nubes de datos cooperativos para analítica avanzada, APIs conjuntas para competir en open finance; sin embargo, el riesgo de no actuar es que puedan quedar aisladas, perder relevancia frente a bancos digitales y fintechs, y ver reducido el rol histórico del cooperativismo en la inclusión financiera.

En este nuevo escenario, el activo más valioso es el dato; aquí las cooperativas cuentan con una ventaja natural, y es, la confianza social construida con sus asociados consolidándose una diferencia clave; mientras la banca tradicional y las big tech suelen percibirse como extractivas en el uso de datos, las cooperativas pueden gestionar datos bajo principios de propiedad democrática y transparencia, generando múltiples oportunidades como por ejemplo un scoring alternativo que logre evaluar capacidad de pago no solo con historial crediticio, sino con patrones de consumo, participación social o datos comunitarios; además, el desarrollo de productos personalizados, es decir, diseñar seguros, créditos y beneficios ajustados al ciclo de vida de cada asociado y finalmente, Cooperativas de Datos, es decir,  estructuras donde los asociados decidan cómo y con quién compartir sus datos. La pregunta no es si las cooperativas deben gestionar datos, sino cómo convertir esa gestión en un activo diferencial, alineado con sus valores.

La regulación está acelerando estos cambios; en Brasil,  pionero en Open Banking, Open Finance y Pagos Instantáneos (PIX), el modelo ya ha sido exportado a Chile y México. Por su parte en Colombia, el Decreto 0769 de 2025 habilita a cooperativas de categoría plena e intermedia para prestar servicios de órdenes de pago y transferencias de fondos, exige canales no presenciales, obliga a modelos de gobernanza tecnológica y abre la puerta a la actividad de adquirencia por parte de cooperativas.

Las claves para Colombia son que las cooperativas deben invertir en infraestructura digital compartida; los gremios deben evolucionar hacia plataformas tecnológicas cooperativas conjuntas y la gobernanza de datos debe ser parte de la agenda del consejo directivo, no solo del área de TI.

En Colombia, el marco normativo en torno a Open Banking y Open Finance ha avanzado con una lógica gradual, tomando referencias internacionales pero adaptándolas a la realidad del mercado local; a diferencia de países como Brasil o Reino Unido, donde la implementación fue centralizada y obligatoria desde etapas tempranas, en Colombia el enfoque ha sido más evolutivo y regulado por etapas, con énfasis en la interoperabilidad de pagos y en la protección del consumidor.

El primer hito se encuentra en la Ley 1735 de 2014, que sentó bases para la inclusión financiera y la promoción de modelos innovadores; posteriormente, la Ley 1955 de 2019 (Plan Nacional de Desarrollo) y el CONPES 3975 de 2019 sobre política de inclusión financiera ampliaron el campo para la innovación en canales digitales y Fintech; no obstante, el cambio más trascendental llegó con la Circular Externa 029 de 2019 de la Superintendencia Financiera, que introdujo lineamientos iniciales sobre interfaz estandarizada (APIs) y seguridad en el intercambio de información, marcando un primer paso hacia el Open Banking.

En 2022, el Decreto 1297 formalizó la figura de las Sociedades Especializadas en Depósitos y Pagos Electrónicos (SEDPEs), que han sido clave para dinamizar pagos digitales y billeteras; estas entidades son hoy los laboratorios naturales para Open Finance, al ser nativas digitales y enfocadas en interoperabilidad; sin embargo, el gran salto, sin embargo, llegó en 2025 con el Decreto 0769, que modifica el Decreto 1068 de 2015 y abre un nuevo capítulo para el sector solidario y las cooperativas ya que permite a las cooperativas de categoría plena e intermedia ofrecer órdenes de pago y transferencias electrónicas, lo que las conecta directamente con los ecosistemas de pagos instantáneos.

Paralelamente, la Superintendencia Financiera ha venido consolidando su estrategia de supervisión basada en datos, lo que implica que las cooperativas deberán reportar información de manera más estandarizada, bajo criterios de transparencia y trazabilidad; en cuanto al futuro inmediato, el Gobierno y la SFC trabajan en una hoja de ruta de Open Finance que incluye entre otras cosas, la estandarización obligatoria de APIs para cuentas, pagos, créditos y productos de ahorro; en segundo lugar, la ampliación de cobertura hacia seguros, pensiones y productos de inversión (siguiendo el modelo brasileño); en tercer lugar, el fortalecimiento de la seguridad digital, con exigencias más estrictas en autenticación biométrica, cifrado y gestión de riesgos y por último, espacios de sandbox regulatorio, donde fintechs, bancos y cooperativas podrán probar modelos de negocio en un entorno supervisado.

Este marco legal coloca al país en una fase de transición, avanzando del Open Banking incipiente hacia un Open Finance más amplio y robusto; para las cooperativas, el desafío es aún mayor ya que deben traducir estas obligaciones en estrategias de integración gremial y tecnológica, de lo contrario quedarán relegadas a un papel marginal en un sistema financiero cada vez más abierto, rápido y basado en datos; en síntesis, Colombia avanza hacia un escenario en el que Open Finance será un requisito normativo y competitivo, no una opción. La legislación ya no solo habilita, sino que empuja, y quienes no adapten su modelo digital corren el riesgo de perder relevancia en el corto plazo.

Las recomendaciones estratégicas para el sector cooperativo, analizando el mercado y el avance normativo son entre otras,  construir consorcios tecnológicos cooperativos, es decir, no competir de manera aislada, sino crear hubs digitales compartidos, adoptar APIs y cultura “open”; me refiero a pensar en cada producto como un servicio que puede integrarse; invertir en ciberseguridad y gobierno de datos, ya que proteger al asociado es proteger el modelo; generar billeteras digitales propias: no depender solo de fintechs externas; convertir la integración gremial en integración tecnológica, es decir, pasar de acuerdos institucionales a plataformas vivas de servicio y finalmente, educar a los asociados en el valor de sus datos; la ecuación es simple: confianza + transparencia = lealtad digital.

El mundo financiero ya se mueve en tiempo real y sobre plataformas abiertas; Open Banking, Open Finance y Pagos Instantáneos no son modas tecnológicas: son infraestructuras habilitantes de un nuevo ecosistema; de este modo, las cooperativas tienen dos caminos; el primero es adaptarse y liderar, convirtiendo la integración en plataformas digitales conjuntas y el manejo ético de datos en su sello de confianza, o quedar rezagadas, reduciendo su rol a un actor marginal frente a bancos digitales y fintechs.

El futuro cooperativo no dependerá de la nostalgia por el pasado, sino de la capacidad de abrazar la apertura, la velocidad y los datos como nuevas palancas de valor; la verdadera pregunta no es si las cooperativas pueden adaptarse, sino si están dispuestas a repensar su modelo de integración para convertirse en los guardianes éticos de la economía digital.

El desafío no es tecnológico, sino estratégico y cultural. Las cooperativas que logren integrar la velocidad de los pagos instantáneos, la apertura de datos del Open Finance y la interoperabilidad del Open Banking con su esencia solidaria serán las que lideren el nuevo ciclo de inclusión financiera.

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El arma secreta de las cooperativas para superar a bancos y fintechs: la confianza digital

El arma secreta de las cooperativas para superar a bancos y fintechs: la confianza digital

En el sector cooperativo y solidario, la conversación sobre transformación digital ha estado, durante años, excesivamente enfocada en la eficiencia operativa: reducir tiempos, optimizar procesos o automatizar tareas repetitivas; si bien estos son pasos importantes, quedarse en ese nivel es quedarse corto. La verdadera ganancia está en lo que viene después: la apertura de nuevas fuentes de ingresos, la fidelización de los asociados, el fortalecimiento de la transparencia y la construcción de reputación sostenible, dimensiones que marcan la diferencia entre sobrevivir o liderar en el contexto actual.

Aun así, en pleno 2025 persisten líderes de entidades que solo reaccionan ante la norma y esperan a que la obligatoriedad regulatoria las obligue a moverse, sin comprender que contar con un par de servicios digitales no equivale a transformarse. Ignoran que la verdadera transformación digital implica gestionar el cambio en las personas (asociados y colaboradores), responder a sus necesidades de formación y evolucionar en dimensiones críticas como la Experiencia Digital (el nivel de madurez en la interacción con los asociados), el Ecosistema Digital (la capacidad de integrarse con terceros a través de tecnologías abiertas y colaborativas), las Operaciones Digitales (procesos internos automatizados, conectados y habilitados por tecnología) y la Innovación Digital (la cultura, estructura y capacidad de crear, adoptar y escalar nuevas soluciones). 

Las organizaciones que relegan estos componentes siguen viendo la transformación como un costo, cuando en realidad es la palanca que define su sostenibilidad y relevancia en el futuro inmediato.

Un aspecto que a menudo se subestima es la gestión del cambio; la transformación digital no es solo un asunto de infraestructura tecnológica, sino de cultura organizacional. Los asociados y colaboradores deben ser acompañados en el proceso con formación, comunicación clara y espacios de participación. La resistencia al cambio es natural, pero si no se gestiona, puede convertirse en el principal obstáculo. En este sentido, programas de alfabetización digital, talleres prácticos y liderazgos inspiradores son tan importantes como las inversiones en software o infraestructura. La experiencia demuestra que una entidad puede tener la mejor tecnología, pero si su gente no la adopta, el impacto será mínimo.

 

El primer beneficio tangible es la digitalización; lejos de ser un simple cambio tecnológico, abre la puerta a modelos de negocio que antes eran impensables en el sector solidario. Hablamos de billeteras digitales, pagos en tiempo real (como Bre-B en Colombia, Pix en Brasil, CoDi y Dimo en México o Transferencias 3.0 en Argentina) que convierten a las cooperativas en actores relevantes dentro del ecosistema fintech. A esto se suman los marketplace de productos solidarios, espacios digitales donde los asociados pueden comprar, vender o intercambiar bienes bajo la confianza de su cooperativa. Incluso los servicios basados en datos, como microseguros, microcréditos personalizados o educación financiera en línea, representan una oportunidad para diversificar ingresos y posicionar a las entidades solidarias como innovadores de proximidad.

En Brasil por ejemplo, las cooperativas integradas a PIX, aumentaron el uso de sus canales en más del 40% en un año, generando ingresos adicionales por transacciones y servicios de afiliados.

El segundo gran beneficio es la fidelización del asociado, un terreno donde el sector cooperativo tiene la ventaja más significativa frente a la banca tradicional; el reto está en pasar de un asociado transaccional a uno comprometido, que vea en su cooperativa no solo una opción financiera, sino un proyecto de vida compartido. Ese sentido de pertenencia es un activo intangible que, bien gestionado con experiencias digitales personalizadas, programas de reconocimiento y canales de comunicación abiertos, puede convertirse en un círculo virtuoso de lealtad sostenida. Sin embargo, si las entidades no logran evolucionar en servicios, experiencia y capacidad de adaptación, los asociados, por más cariño que sientan, buscarán en neobancos, fintechs o bancos tradicionales lo que no encuentran en su cooperativa.

Los asociados quieren recibir de su entidad apps con experiencias integradas, en donde un asociado no solo ve su saldo, sino que accede a educación, beneficios, descuentos o comunidad; los programas de engagement digital apoyados en gamificación de metas de ahorro, reconocimiento por antigüedad o participación en actividades solidarias, y los canales conversacionales con disponibilidad 24/7 que evitan la frustración y aumentan la cercanía, son algunos ejemplos. Una caja de compensación en Chile implementó un ecosistema digital de beneficios y logró aumentar en 30% la permanencia de afiliados jóvenes.

La comparación con fintechs y neobancos es inevitable ya que estas organizaciones han ganado terreno porque ofrecen experiencias digitales intuitivas, rápidas y centradas en el usuario. Sin embargo, el sector cooperativo tiene una ventaja única: la confianza y cercanía con sus asociados. El reto está en combinar lo mejor de ambos mundos: la calidez y legitimidad del modelo solidario con la agilidad tecnológica de las fintechs. Una cooperativa que logre esta síntesis no solo retendrá a sus asociados, sino que también podrá atraer a nuevas generaciones que hoy buscan inmediatez y conveniencia en cada interacción digital.

 

El tercer beneficio clave es el fortalecimiento de la confianza a través del control y la transparencia; en el sector solidario, la confianza no es un eslogan: es la base de la relación con los asociados. La digitalización refuerza este valor al ofrecer información clara, trazabilidad en cada operación y reportes en tiempo real. Tableros de control accesibles para asociados, contratos inteligentes basados en blockchain y votaciones electrónicas seguras son ejemplos concretos de cómo la transparencia se convierte en ventaja competitiva. El caso de México, donde cooperativas que implementaron voto digital duplicaron la participación en asambleas, demuestra que la tecnología no solo mejora procesos, sino que revitaliza la democracia interna y la legitimidad institucional.

El cuarto beneficio es quizás el menos visibilizado pero de enorme impacto; me refiero a  la sostenibilidad; la transformación digital se convierte en un motor directo para avanzar en compromisos ASG (Ambientales, Sociales y de Gobernanza). Digitalizar procesos documentales, eliminar impresiones innecesarias o habilitar trámites sin papel reduce de inmediato la huella de carbono. A ello se suman los créditos verdes digitales, diseñados para financiar proyectos de eficiencia energética o energías renovables, y la educación virtual en sostenibilidad, que multiplica el alcance formativo sin generar desplazamientos. Un ejemplo ilustrativo es el de una cooperativa colombiana que al digitalizar sus procesos de crédito ahorró más de 200.000 hojas de papel al año, el equivalente a preservar 20 árboles maduros. Un beneficio ambiental concreto y medible.

En la práctica, uno de los mayores retos que hemos observado en proyectos de transformación digital es la medición de resultados; declarar que una entidad ‘se transformó’ carece de sentido si no se traduce en datos verificables. Por ello es indispensable definir KPIs claros como por ejemplo: ingresos digitales (qué porcentaje proviene de canales digitales), engagement (frecuencia de interacción en apps, campañas y encuestas), transparencia (participación en votaciones electrónicas, consultas a reportes en línea) e impacto ambiental (reducción de papel, energía o huella de carbono). Estos indicadores deben integrarse al Plan Estratégico de Transformación Digital y reportarse periódicamente en juntas directivas, consejos de administración y asambleas. Solo así la transformación deja de ser discurso y se convierte en una realidad tangible y auditable.

Un caso ilustrativo es el de una cooperativa mediana en Colombia, con algo más de 30.000 asociados, que decidió invertir en un ecosistema digital integrado (app + portal + CRM + analítica); en apenas dos años (2023–2024), los resultados fueron contundentes: incremento del 22% en ingresos por servicios complementarios (seguros y convenios), reducción del 18% en costos administrativos, y participación en asambleas que pasó del 12% al 38%. Un hallazgo clave: los asociados que usaban canales digitales tenían tres veces más productos activos que los que no. La lección es clara: la digitalización no fue solo eficiencia, sino crecimiento, confianza y legitimidad fortalecida.

Mirando hacia adelante, la transformación digital en el sector cooperativo no se detendrá en los logros actuales; tendencias emergentes como la inteligencia artificial aplicada al análisis de datos, la interoperabilidad de billeteras digitales en la región, los pagos transfronterizos en tiempo real y la creciente presión regulatoria para fortalecer la ciberseguridad marcarán la agenda. Para las cooperativas, estas tendencias representan tanto un desafío como una oportunidad: adaptar su modelo de negocio para seguir siendo relevantes y, al mismo tiempo, consolidarse como actores confiables en un mercado cada vez más competitivo. Aquellas entidades que se anticipen e incorporen estas innovaciones de manera estratégica estarán mejor posicionadas para liderar el ecosistema financiero del futuro.

La transformación digital no es un destino, sino un camino continuo que exige visión, disciplina y apertura al aprendizaje. Las cooperativas que comprendan este mensaje no solo sobrevivirán, sino que liderarán la nueva era financiera en América Latina. La invitación es a que cada entidad reflexione con honestidad sobre su nivel de madurez digital y trace una hoja de ruta clara, medible y compartida con sus asociados. Porque en la transformación digital del sector solidario no se trata de competir con la banca o las fintech: se trata de honrar el propósito cooperativo y proyectarlo hacia el futuro.

La transformación digital en el sector cooperativo y solidario de América Latina no es un proyecto aislado ni una moda pasajera: es una ruta estratégica que impacta ingresos, confianza, sostenibilidad y legitimidad. Los beneficios son tangibles, pero requieren visión, compromiso y una hoja de ruta clara.

Como región, tenemos la oportunidad de posicionar al sector solidario no solo como seguidor, sino como referente en innovación con propósito. La pregunta que queda para cada entidad es: ¿Qué tan preparada está para convertir la transformación digital en un motor de crecimiento sostenible y confianza renovada en su comunidad?

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Del pasado al futuro: cómo las cooperativas están liderando la transformación sostenible en América Latina (2012–2025)

Del pasado al futuro: cómo las cooperativas están liderando la transformación sostenible en América Latina (2012–2025)

El cooperativismo en las Américas dejó de ser otra forma empresarial para convertirse en una palanca concreta ante crisis económicas, sociales y ambientales. A partir de experiencias en Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y México; y de agendas transversales como inclusión financiera, igualdad de género, innovación y economía verde, este artículo sintetiza avances, cuellos de botella y una hoja de ruta para la próxima década. La tesis es simple: donde hubo marcos habilitantes, organización del movimiento e innovación con propósito, las cooperativas crecieron, diversificaron su impacto y ganaron legitimidad pública. Donde predominaron normativas hostiles o desmantelamiento institucional, el  potencial quedó subutilizado.

En este artículo, propongo un recorrido en tres actos: primero, el mapa regional y las tendencias que modernizan al movimiento; luego, las lecciones país por país; y, por último, las agendas transversales (finanzas, género, datos y verde) que desembocan en cinco apuestas para 2025–2030.

 

  1. A nivel regional, el movimiento cooperativo se transforma.

Entre 2012 y 2025, el cooperativismo en América Latina y el Caribe vivió una etapa de transformación que podría contarse como un viaje en tres capítulos.

El primero comenzó en los pasillos de la política y la regulación. En Brasil, la voz organizada del movimiento a través de la OCB (Organización de Cooperativas Brasileñas) y Frencoop (Frente Parlamentario del Cooperativismo) logró más de 100 avances normativos que dieron seguridad jurídica y reglas claras para cada tipo de cooperativa. Paraguay, por su parte, fortaleció sus instituciones con un INCOOP más moderno, un tribunal electoral propio y la restitución de beneficios fiscales como la exención del IVA, además de dar un paso audaz al incluir la educación cooperativa en las escuelas. Chile, en cambio, apostó por actualizar su Ley General de Cooperativas para facilitar la creación de nuevas entidades, bajar el número mínimo de socios y ampliar el alcance de las cooperativas de ahorro y crédito.

El segundo capítulo lo escribieron las nuevas generaciones y actores emergentes; ya que aparecieron cooperativas de consumo que rompieron con la lógica tradicional y adoptaron formas horizontales de gestión: compras colectivas, rotación de tareas y decisiones en asambleas reducidas. También florecieron iniciativas de intermediación solidaria que acercaron directamente al productor con el consumidor, y nacieron experiencias de monedas sociales y finanzas comunitarias que, en muchos casos, fueron lideradas por mujeres.

El tercer capítulo tuvo como protagonista la sostenibilidad y la innovación. El cooperativismo se vinculó con la economía verde, impulsando proyectos de reciclaje, energías renovables y bioeconomía. Al mismo tiempo, algunas de las cooperativas más grandes, como la emblemática Cooperativa Obrera en Argentina, dieron un salto hacia la profesionalización del uso de datos, convirtiéndolos en brújulas para tomar mejores decisiones, aumentar la productividad y ofrecer servicios de mayor calidad.

En conjunto, estos tres movimientos demostraron que el cooperativismo no es un modelo atrapado en la nostalgia del pasado. Por el contrario, es una arquitectura flexible y viva, capaz de reinventarse frente a desafíos tan grandes como la desigualdad, la concentración de mercados y la crisis climática.

 

2.Cinco países, cinco lecciones: regulaciones, efectos y pendientes

La foto de Argentina muestra un cooperativismo dinámico y heterogéneo; por un lado, cooperativas de servicios, en especial las de ahorro y crédito concentran millones de personas asociadas. En paralelo, la Intermediación Solidaria (IS) se consolidó como un sector emergente que, desde 2014, articula organizaciones de comercialización y consumo en redes MOCyCS (Mesa de Organizaciones de Comercialización y Consumo Solidario, que articula experiencias de producción y consumo popular) ; y la Federación Alta Red (reúne a cooperativas y emprendimientos solidarios para ampliar escala y logística), capaces de abastecer miles de hogares con canastas más baratas que los supermercados, visibilizando problemas de acceso a alimentos y proponiendo políticas.

La innovación organizacional convivió con la innovación de datos: Cooperativa Obrera profesionalizó el análisis de información para alinear decisiones, eficiencia y competitividad con los ODS 8 y 9 (Objetivos de Desarrollo Sostenible, adoptados por la ONU en 2015 como parte de la Agenda 2030. En particular, el ODS 8 busca promover trabajo decente y crecimiento económico inclusivo y sostenible, mientras que el ODS 9 impulsa la industria, la innovación y la infraestructura resiliente y sostenible). Sin embargo, persisten brechas de género: en la provincia de Santa Fe, aunque las mujeres son mayoría entre asociadas y trabajadoras, su presencia en consejos de administración es baja, y la asistencia a asambleas es mínimamente representativa. El desafío pasa por institucionalizar mecanismos (cuotas, formación, reglas de paridad, corresponsabilidad en cuidados) que superen la idea de que la “voluntariedad” basta para la igualdad.

El caso de Brasil, prueba que la representación unificada y profesional del movimiento (OCB/Frencoop) se traduce en resultados: 115 avances regulatorios, crecimiento de personas asociadas (+152%) y de ingresos, incluso con menos cooperativas por fusiones. La lección es contundente: marcos favorables + voz política coordinada = expansión

El reto es comunicar mejor a sociedad y tomadores de decisión el valor del modelo, aprovechando 2025 como ventana de oportunidad.

En Chile, las reformas de 2002 y 2015 no solo simplificaron la constitución y operación de las cooperativas en Chile, sino que también fortalecieron su estabilidad e introdujeron criterios de equidad de género en sus órganos directivos. En paralelo, comenzó a gestarse un resurgimiento de las cooperativas de consumo de escala humana: organizaciones horizontales, con rotación de tareas, compras colectivas y un marcado énfasis en el consumo consciente, la soberanía alimentaria y los precios justos. Este modelo ha resultado especialmente atractivo para las juventudes y para personas que, hasta ahora, se mantenían al margen de espacios participativos tradicionales. Sus aportes son significativos; desde la cohesión comunitaria y las economías de escala hasta la resiliencia frente a crisis, aunque conviven con retos importantes de escalabilidad y gobernanza, como evitar la sobrecarga de sus integrantes y asegurar una participación equilibrada.

 

México representa una paradoja en el mapa cooperativo regional; a pesar de contar con entre 9 y 10 millones de personas afiliadas y con un Sector Social de la Economía (SSE) que gestiona más de la mitad del territorio nacional, el cooperativismo se encontró con parálisis legislativa y un fuerte desmantelamiento institucional, reflejado en los recortes severos al INAES desde 2018. Sin embargo, frente a ese escenario adverso, el subsector de las Sociedades Cooperativas de Ahorro y Préstamo (SOCAP) mostró fortaleza: presencia en más del 50% de las comunidades, aporte cercano al 7% del PIB financiero y un papel decisivo en la inclusión financiera.

En 2024, el proyecto “Financiamiento Cooperativo para la Sostenibilidad” impulsó un diagnóstico PFSS que identificó 612 destinos por más de $3,444 millones MXN, con énfasis en vivienda social y producción agrícola y dimensiones de biodiversidad, agua, energía, residuos, seguros y género

Incluso en entornos adversos, políticas de finanzas sostenibles y taxonomías nacionales pueden catalizar al cooperativismo de crédito como vector de ODS.

El caso de Paraguay,  refleja cómo la modernización institucional puede fortalecer al sector dado que la evolución reciente combinó normas específicas, tales como el trabajo asociado y la obligatoriedad de la educación cooperativa con un alineamiento a estándares internacionales en prevención de lavado. El resultado ha sido un cooperativismo con mayor credibilidad y control, aunque también con exigencias administrativas más estrictas que plantean nuevos retos de implementación. El resultado es, un sector con mayor credibilidad y control, aunque con más exigencias administrativas. La proyección dependerá de implementación consistente y políticas inclusivas que faciliten escala e impacto social.

 

  1. Inclusión financiera y productiva: el crédito cooperativo como política pública

El crédito cooperativo suele pasar desapercibido en los grandes titulares financieros, pero en la práctica es un instrumento irremplazable. Es la llave que abre puertas a las MiPyMEs que no acceden a la banca tradicional, a las economías populares que sostienen territorios enteros, a comunidades rurales olvidadas y a personas históricamente excluidas del sistema.

Cada país ilustra esta historia con un matiz distinto. En Argentina, las cooperativas de ahorro y crédito luchan contra fuertes restricciones para fondearse frente a bancos y fintech. En México, las SOCAP demuestran un potencial enorme al canalizar recursos hacia destinos sostenibles: vivienda social, producción agrícola, proyectos comunitarios. En Brasil, la experiencia confirma que cuando existe un marco regulatorio favorable y una representación política sólida, el crecimiento del sector es sistémico y tangible.

De estas lecciones surgen tres líneas de acción convergentes: La primera es nivelar el campo de juego; es decir, permitir que las cooperativas capten depósitos de sus asociados bajo reglas prudenciales adecuadas, con costos regulatorios proporcionales a su tamaño y riesgo, y con plena interoperabilidad en sistemas de pago digitales. La segunda, asumir el enfoque ASG (es decir, integrar criterios Ambientales, Sociales y de Gobernanza: impacto ambiental y climático, equidad e inclusión social, y transparencia y ética en la gestión) como estándar: construir taxonomías claras que aceleren el crédito verde y social, diseñar seguros climáticos inclusivos e incentivar proyectos con co-beneficios ambientales y de género. La tercera es abrazar los datos y la trazabilidad: desarrollar capacidades de analítica como lo hace la Cooperativa Obrera para entender riesgos, medir impactos y personalizar servicios.

El mensaje de fondo es simple: cuando el crédito se democratiza con criterios cooperativos, no solo financia proyectos; financia dignidad, resiliencia y futuro.

 

  1. Arquitecturas de equidad: género, cuidados y gobernanza cooperativa

El verdadero salto cualitativo requiere pasar de los discursos a las reglas concretas estableciendo paridad en los órganos de gobierno, fijando metas de participación en las asambleas, asignando presupuestos con perspectiva de género, diseñando horarios y formatos que concilien responsabilidades de cuidado, y garantizando formación directiva. 

La experiencia de los bancos comunitarios y las monedas sociales demuestra que cuando las mujeres acceden a microcréditos y servicios financieros, suelen reinvertir en negocios, alimentación y educación, generando un efecto multiplicador en sus comunidades. En este terreno, el cooperativismo cuenta con una ventaja única ya que su combinación de democracia económica y arraigo territorial le permite transformar relaciones de poder y, al mismo tiempo, reconocer y dignificar el valor del trabajo de cuidados.

 

  1. Redes solidarias y consumo crítico: otra manera de organizar la economía

Las cooperativas de consumo emergentes en Chile y la Intermediación Solidaria en Argentina comparten una intuición potente: el consumo cotidiano puede ser ciudadanía económica. Con gobernanzas horizontales, listas de compras participativas, subcomités y logística distribuida, estas organizaciones democratizan decisiones de abastecimiento, priorizan circuitos locales y promueven precios justos. Sus retos (escala, profesionalización, fatiga de voluntariado) exigen infraestructura compartida, herramientas digitales, financiamiento puente y políticas que reconozcan su servicio público en seguridad alimentaria.

 

  1. Incubar inclusión: cuando la innovación social se diseña en comunidad

Desde 2007, el Núcleo NuMI-EcoSol/UFSCar (un centro académico y comunitario de la Universidade Federal de São Carlos que investiga, forma y acompaña experiencias de economía solidaria e inclusión social) desarrolló un método de incubación de Emprendimientos Económicos Solidarios (EES) con usuarios de servicios de salud mental. Las premisas son claras: se aprende autogestión autogestionando, y la actividad productiva surge del saber ocupacional del grupo. El proceso se organiza en cuatro ejes: identidad colectiva, formación desde la práctica, inserción en redes y viabilidad con fase piloto para evitar frustraciones. El caso SEIVA (jabones ecológicos con aceite reutilizado) muestra resultados en ingresos, autonomía y proyectos de vida, y articula con una incubadora pública para sostener la trayectoria. Más allá de Brasil, el enfoque es replicable para juventudes, poblaciones con discapacidad, personas en transición laboral o egreso de sistemas penales. Es, en suma, política de salud pública con forma cooperativa.

 

  1. Energía, reciclaje y bioeconomía: la agenda verde cooperativa

En distintos rincones de América Latina, las cooperativas están demostrando que la transición ecológica no es un discurso lejano, sino una práctica cotidiana. En Argentina, Colombia y República Dominicana, los antiguos recicladores informales encontraron en las cooperativas un espacio para formalizar su labor: hoy certifican materiales, convierten plásticos en madera sintética y, al mismo tiempo que reducen emisiones, generan empleo digno. En Brasil y Costa Rica, la historia se cuenta a través del sol, el agua y el viento: cooperativas que levantaron centrales hidroeléctricas, solares y eólicas no solo diversifican la matriz energética, también democratizan el acceso y crean fondos comunitarios para reinvertir en proyectos locales. La innovación también se abre paso en la bioeconomía y la construcción sostenible. Agroindustrias cooperativas transforman subproductos del café en nuevas cadenas de valor; iniciativas de bioconstrucción modular levantan viviendas eficientes con materiales naturales; y ladrillos ecológicos, fabricados sin necesidad de cocción, ahorran energía y reducen emisiones.

Lo más poderoso, sin embargo, no está solo en la tecnología, sino en la gobernanza. Porque en las cooperativas, la comunidad es la que decide: controla excedentes, define prioridades y orienta el valor hacia donde más se necesita; ya sea agua, vivienda o empleo juvenil. Esa es la verdadera ventaja comparativa del modelo cooperativo en la transición ecológica: transformar recursos en resiliencia, y proyectos en futuro compartido.

 

  1. Retos estructurales para liberar el potencial cooperativo

Aunque el cooperativismo en la región ha demostrado una enorme capacidad de innovación y resiliencia, el camino no ha estado libre de tropiezos. A veces, la rueda avanza con fuerza, pero se traba en las mismas piedras de siempre.

En Argentina, por ejemplo, las asimetrías regulatorias y los costos desproporcionados hacen que las cooperativas de ahorro y crédito pequeñas jueguen en una cancha inclinada frente a los bancos. En México, el desmantelamiento institucional con los recortes al INAES ( Instituto Nacional de la Economía Social, organismo público descentralizado creado en 2012 y sectorizado en la Secretaría de Bienestar, encargado de promover y fortalecer a cooperativas y demás organizaciones del Sector Social de la Economía en México) cortó el puente que unía la política pública con los proyectos comunitarios, dejando a muchas iniciativas sin respaldo. Otro freno importante ha sido la competencia de las fintechs en el crédito al consumo, que crecen rápido pero sin las mismas reglas de responsabilidad social. A ello se suman las brechas de género: aunque las mujeres son mayoría en la base social, todavía encuentran puertas cerradas en los espacios de liderazgo y en la participación efectiva. También pesan los desafíos internos. Las experiencias horizontales y de escala humana, que son el corazón de muchas cooperativas, corren el riesgo de sobrecargarse y perder ese espíritu cercano que las hace únicas si no encuentran cómo escalar sin desgastarse. Y, finalmente, la falta de infraestructura y de financiamiento limita la posibilidad de invertir en logística, digitalización o proyectos verdes, impidiendo que las buenas ideas lleguen más lejos.

Estos obstáculos no niegan los avances; más bien recuerdan que el potencial cooperativo necesita reglas justas, instituciones sólidas y recursos adecuados para desplegar toda su fuerza transformadora.

 

  1. Hoja de ruta 2025–2030: cinco apuestas concretas

Imaginemos el cooperativismo de las Américas entrando al 2025 como quien se prepara para un viaje decisivo. La hoja de ruta no se mide solo en cifras, sino en apuestas concretas que marcarán la diferencia en la próxima década.

El primer paso es forjar un pacto regulatorio cooperativo; esto significa construir reglas proporcionales y prudenciales que reconozcan el tamaño y riesgo de cada entidad, abrir el acceso a sistemas de pago y permitir que los propios asociados fondeen a sus cooperativas bajo garantías claras. Aquí entran en juego las taxonomías ASG (Ambiental, Social y de Gobernanza), con créditos verdes y sociales respaldados por líneas de garantía pública.

El segundo movimiento es diseñar una política de datos con propósito; ya no se trata de acumular información, sino de gobernarla con inteligencia: tableros de control, analítica aplicada, interoperabilidad con registros públicos y métricas que midan impacto real; empleo generado, emisiones reducidas, inclusión alcanzada.

La tercera apuesta es ineludible: igualdad de género como requisito de gobernanza. No más discursos, sino reglas claras: paridad o metas verificables en los consejos, presupuestos con perspectiva de género, servicios de cuidado que liberen tiempo y formatos inclusivos que permitan a más mujeres y jóvenes estar presentes en las asambleas.

El cuarto desafío consiste en hacer crecer las experiencias horizontales sin perder su esencia. Para lograrlo, las cooperativas de consumo necesitan apoyarse en plataformas compartidas de compras, logística y distribución; contar con fondos rotatorios de capital de trabajo; y garantizar un nivel básico de profesionalización en áreas como contabilidad, aspectos legales y marketing. Solo así podrán ampliar su alcance manteniendo intacto su espíritu humano y democrático.

Finalmente, la quinta pieza del rompecabezas: ecosistemas de incubación inclusiva. Replicar el método NuMI-EcoSol (un modelo brasileño de incubación de emprendimientos económicos solidarios creado por el Núcleo de Economía Solidaria de la Universidad Federal de São Carlos, que acompaña especialmente a personas en situación de vulnerabilidad, como usuarios de servicios de salud mental, mediante procesos de autogestión, formación práctica y redes de apoyo) en nuevas alianzas entre salud y economía solidaria. Aprovechar compras públicas y ferias como motor de ventas, e integrar seguros y finanzas comunitarias que den estabilidad a los ingresos.

Cada uno de estos pasos no es una recomendación aislada, sino una brújula colectiva. Juntos dibujan un futuro donde el cooperativismo deja de ser “alternativa” para convertirse en protagonista del desarrollo justo, inclusivo y sostenible que América Latina necesita.

 

Conclusión: 2025 como punto de inflexión

Los últimos años nos enseñaron,  que el cooperativismo es moderno cuando regula, innova e incluye. Brasil confirmó que la incidencia política cambia trayectorias. Chile demostró que simplificar y abrir puertas trae actores nuevos. Paraguay asoció gobernanza y cultura para consolidar. Argentina combinó redes de comercialización, uso estratégico de datos y creatividad territorial. México evidenció que, aun en contextos adversos, las finanzas cooperativas pueden mover la aguja de los ODS si se articulan con taxonomías sostenibles y metodologías participativas.

 

De cara a 2025, el llamado no es solo conmemorativo; es programático. Si los Estados adoptan reglas proporcionales, financiamiento con criterios ASG, y políticas públicas que reconozcan el valor diferencial de la propiedad democrática, y si el movimiento cooperativo consolida paridad, gobernanza basada en datos y alianzas multisectoriales, el cooperativismo estará en posición de liderar la reconstrucción de economías más justas, resilientes y bajas en carbono. No se trata de “adaptar” el modelo cooperativo al siglo XXI, sino de entender que el siglo XXI necesita el modelo cooperativo para que desarrollo, democracia y sostenibilidad dejen de ser promesas y se vuelvan práctica cotidiana.

El cooperativismo en nuestra región ha demostrado que sabe adaptarse y reinventarse. Hoy, más que nunca, el reto es pasar de las experiencias exitosas a una transformación integral que fortalezca su papel como actor clave frente a los desafíos económicos, sociales y ambientales. La invitación es a que cada cooperativa, desde su identidad y realidad local, trace su propia hoja de ruta: aprovechar la tecnología, innovar en la gobernanza y abrir espacios de inclusión que multipliquen el impacto. No se trata solo de crecer, sino de transformar con propósito, construyendo un futuro sostenible y compartido.

 

Este artículo es una reflexión personal inspirada en la publicación “Evolución del sector cooperativo entre 2012–2025”, publicado por Cooperativas de las Américas. Todo el mérito corresponde a sus autores; las interpretaciones y opiniones aquí expresadas son únicamente mías. Agradezco a José Alves de Souza Neto y Danilo Salerno por el liderazgo que enmarca esta obra, a Paula Arzadun por coordinar la investigación. Reconozco también al comité evaluador por su solvencia académica y crítica constructiva. Mi intención es sumar una mirada personal a un trabajo que constituye una referencia clave para el movimiento cooperativo de la región.