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¿Y si no hacemos transformación digital, saldrá muy costoso?

Imagina una cooperativa tradicional, balances saludables, confianza local arraigada; pero todo cambia el día que un competidor introdujo una app móvil que permitió abrir cuentas, enviar remesas y recibir ahorro programado en segundos. Esa cooperativa que no adoptó transformación digital perdió asociados jóvenes, ingresos potenciales y eventualmente su relevancia.

Ese escenario podría ser el tuyo. Hoy más que nunca, el costo de quedarte estático puede superar cualquier inversión en Transformación Digital. Acompáñame en esta historia que rompe mitos y revela realidades, con cifras, normas y ejemplos del sector cooperativo latinoamericano.

 

Mitos vs. realidades: ¿por qué seguimos sin transformarnos?

El mito que más escuchamos en nuestras reuniones es que la transformación digital es solo para grandes fintech o bancos; y la realidad es que hoy las cooperativas en toda Latinoamérica tienen acceso a plataformas de core bancario en la nube, módulos de pagos digitales y canales no presenciales perfectamente adaptados a su escala. El Decreto 0769 de Colombia, promulgado el 7 de julio de 2025, obliga a que cooperativas de ahorro y crédito habiliten canales no presenciales para órdenes de pago y transferencias entre asociados, diferenciando según su categoría (plena, intermedia, básica).

 

El segundo mito es que es muy costoso y arriesgado; cuando en realidad, el costo de no transformarse, en términos de eficiencia, fuga de asociados, sanciones regulatorias e imagen, solo por mencionar algunos, es mayor que el de invertir en transformación. De acuerdo con un informe de CGAP (Consultative Group to Assist the Poor) citado por BFA Global en su estudio sobre la digitalización de cooperativas en México, la adquisición digital puede ser entre un 85 % y un 95 % más barata que la adquisición a través de canales tradicionales en sucursales. En algunos casos, los bancos digitales operan con costos equivalentes al 5 % de una estructura física tradicional.

 

El tercer mito, es la interrogante que se presenta acerca de si tener una app o mejorar la web; cuando en realidad, digitalizar es solo un componente; transformarse implica cultura organizacional, gobernanza digital, métricas de madurez y gestión de cambio efectivo.

 

El cuarto mito, es  “nuestros asociados son mayores, casi no usan tecnología” y en realidad; incluso personas mayores adoptan soluciones digitales si el diseño es intuitivo y aporta un valor claro. La pandemia demostró esta capacidad de adaptación en todo el sector solidario latinoamericano.

 

Realidades y oportunidades: la digitalización como palanca de crecimiento

La transformación digital no solo moderniza procesos; es una estrategia de crecimiento integral para las cooperativas y fondos de empleados. Lejos de ser un fin en sí misma, la tecnología bien implementada amplifica el propósito social y financiero de estas entidades.

Uno de los primeros beneficios tangibles está en la eficiencia operativa ya que digitalizar procesos como la conciliación automática de transacciones, la gestión documental o los flujos de aprobación reduce errores, mejora los tiempos de respuesta y disminuye significativamente los costos de atención. Esto libera recursos que pueden redirigirse a iniciativas estratégicas o programas sociales.

Por otro lado, la digitalización también abre nuevas fuentes de ingreso ya que por ejemplo, productos como pagos digitales, remesas, microcréditos en línea o integración con fintechs permiten a las cooperativas llegar a públicos que antes estaban fuera de su alcance, especialmente a las nuevas generaciones acostumbradas a operar desde su celular.

En términos de relacionamiento con los asociados, la transformación digital fortalece la fidelización, ya que con iniciativas como la atención multicanal (presencial, telefónica, WhatsApp, app), los portales de autoservicio o la mensajería instantánea, se aumenta la satisfacción del asociado y se disminuyen la fricción en el acceso a productos y servicios.

Además, la digitalización se ha convertido en un tema regulatorio. En Colombia, por ejemplo, el Decreto 0769 de 2025 obliga a las cooperativas con sección de ahorro y crédito a formular políticas de transformación digital que incluyan gobernanza tecnológica, metas claras, cronogramas y mecanismos de reporte ante la Supersolidaria. No cumplir con estas disposiciones no solo implica riesgos legales, sino que también pone en evidencia una falta de visión estratégica.

Y finalmente, uno de los desafíos estructurales más grandes del sector: el talento humano. Las organizaciones que inician procesos de transformación digital se vuelven más atractivas para el talento joven y técnico, facilitando la renovación generacional, la profesionalización de equipos y la consolidación de culturas organizacionales orientadas al cambio y la innovación.

El informe Capacidad digital en las cooperativas financieras de América Latina y el Caribe de BID Invest (2021) muestra que las instituciones más avanzadas priorizan la transformación digital a través de visión de corto y largo plazo, alineando los canales digitales con su propósito asociativo. Por ejemplo, una cooperativa colombiana que inició un proceso digital desde 2009 creó incluso una fintech asociada que fortaleció servicios y retención. En Ecuador, otra cooperativa ha habilitado soluciones digitales para manejar remesas de asociados en EE.UU., mejorando tiempos y cobertura.

 

El costo de no hacer nada: una

Ahora imagina esta historia, la entidad aún hoy, continúa operando con sistemas manuales para registrar aportes y gestionar desembolsos. Las demoras son habituales, los errores frecuentes, las quejas crecen, pero nada cambia. Todo parece estar funcionando bien hasta que se cruzan dos factores que hoy son inevitables: la presión regulatoria y la exigencia de los usuarios digitales. A partir de ahí, el deterioro es inevitable ya que vienen las sanciones administrativas, la pérdida de reputación y, lo más crítico, la salida silenciosa de los jóvenes.

Este caso, que puede estar ocurriendo ahora mismo en cualquier país de América Latina, nos lleva a preguntarnos: ¿cuánto le cuesta realmente a una entidad no transformarse?

Desde el punto de vista financiero, el impacto es amplio y profundo:

Menor volumen de transacciones digitales: al no ofrecer canales ágiles ni automatizados, se pierden ingresos potenciales por comisiones, transferencias, pagos y otros servicios que podrían monetizarse.

Ineficiencias operativas crecientes: mantener personal dedicado a tareas repetitivas, resolver reprocesos, y gestionar procesos lentos genera costos invisibles pero acumulativos. A esto se suma el desgaste del equipo humano y la baja productividad.

Riesgo regulatorio y reputacional: En Colombia por ejemplo, no cumplir con normativas como el Decreto 0769 (en cooperativas) o la Circular Externa 87 (en fondos de empleados) puede implicar sanciones, llamados de atención formales e incluso procesos de vigilancia especial. Pero aún más grave es el deterioro de la confianza, tanto de los asociados como de los entes supervisores.

Fuga de asociados jóvenes: la falta de canales digitales y experiencias personalizadas expulsa silenciosamente a las nuevas generaciones, lo que compromete el crecimiento natural de la base social a mediano plazo.

Oportunidades perdidas con fintechs: sin capacidades tecnológicas básicas, la entidad no puede integrarse a ecosistemas de innovación ni aprovechar alianzas estratégicas para interoperabilidad, nuevos productos o monetización de datos.

En resumen, el costo de no hacer nada es acumulativo, silencioso y devastador. Es una pérdida de ingresos, de eficiencia, de reputación, de competitividad… y de futuro.

 

Casos de éxito reales desde México y Ecuador

El caso en México, se refiere a una cooperativa de ahorro apoyada en una plataforma digital que lanzó un canal de pagos móviles y ahorro programado en 2023; durante 12 meses, redujo el costo de adquisición de nuevos asociados en casi un 45 %, duplicó clientes digitales y disminuyó los errores en conciliaciones en un 21 %. Cerca de 3050 kilometros al sur, en Ecuador, una cooperativa rural digitalizó su core y habilitó transferencias entre asociados online y durante los primeros 18 meses, bajó tiempos de operación manual, mejoró la satisfacción de sus asociados y generó un nuevo producto de microcrédito digital, con crecimiento de cartera crediticia del 15,22 %. Ambos casos surgieron de diagnósticos internos, pilotajes controlados y liderazgo fuerte; elementos que cualquier organización puede replicar.

 

¿por dónde empezar?  

Mi recomendación es empezar con evaluar la madurez digital a través de un diagnóstico con una adecuada metodología adaptada al sector solidario, ya que tiene unas características maravillosas que lo diferencian de los demás sectores de la economía; sin embargo las dimensiones de análisis y medición deberían como mínimo cubrir: Personas, Tecnología, Gobierno, y Procesos.

La transformación digital no ocurre de la noche a la mañana, pero puede comenzar con decisiones estratégicas y acciones concretas, de acuerdo a mi experiencia, estas son algunas recomendaciones clave para iniciar:

En primer lugar, podrías identificar un piloto de alto impacto y rápida implementación: Comienza por una iniciativa sencilla pero visible, como habilitar un canal de pagos digitales, lanzar un módulo de autoservicio web o una app básica para consultas y transferencias; esto permite demostrar resultados tempranos, generar confianza interna y obtener retroalimentación real de los asociados.

Yo diseñaría una política institucional de transformación digital para la entidad; este documento deberá incluir objetivos estratégicos, cronogramas de implementación, responsables internos y mecanismos de información para los asociados. Además, debe contemplar cómo se cumplirá con los reportes periódicos exigidos por la Supersolidaria. Tener esta política no solo es obligatorio en Colombia, sino también es un marco que da coherencia y dirección al proceso de cambio.

Prestaría mucha atención al fortalecimiento del liderazgo digital dentro de la organización identificando y formando líderes internos que impulsen la transformación desde sus áreas. Además, conformaría un Comité Directivo Digital con representación de la alta gerencia, tecnología, riesgos y servicio al asociado. Este comité deberá tomar decisiones, monitorear avances y garantizar el alineamiento estratégico.

Algo que puede acelerar las cosas, de forma eficiente, es elegir aliados tecnológicos con experiencia en el sector solidario y con visión regional, ya que no todos los proveedores entienden las particularidades del modelo cooperativo; trabajaría con aliados que conozcan el contexto normativo, la dinámica social de las entidades solidarias y las oportunidades de integración con ecosistemas fintech e infraestructura de pagos en tiempo real.

 

¿Cuánto le costará a tu entidad seguir igual un año más? 

El costo del no hacer nada no es solo hipotético: es real, tangible y recurrente; cada día sin transformación, estás cediendo eficiencia, competitividad y credibilidad.

Si estás listo para dar el primer paso, contáctame: puedo ayudarte a construir un plan de transformación digital a la medida que impulse tu entidad solidaria hacia el futuro.

Transformarse no es un lujo; es la ruta para permanecer relevante, rentable y cercano a tus asociados; tu estructura puede ser tradicional, pero tu visión debe ser digital ya que el costo de no hacerlo si puede salir demasiado alto.

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