En mi artículo anterior analizamos cómo el sistema financiero global, impulsado por Open Banking y Open Finance, está redefiniendo las reglas del juego.
Ese nuevo entorno no solo derriba los muros del sistema, sino que exige nuevas capacidades: interoperar, procesar datos en tiempo real y ofrecer experiencias digitales consistentes.
El sector solidario, con su fortaleza social y su confianza comunitaria, parte desde una ventaja ética y relacional; pero esa ventaja debe traducirse en conocimiento, y el conocimiento se construye a partir de los datos. La apertura financiera ha democratizado el acceso a la información; ahora el reto para las organizaciones solidarias es aprender a leer los datos con propósito, usarlos no para competir como bancos, sino para crear valor compartido.
En este nuevo escenario, el dato es el punto de encuentro entre la tecnología y la solidaridad; quiero decir que si en el siglo XX las cooperativas y fondos de empleados integraban recursos financieros, en el XXI deben integrar recursos digitales e información estructurada ya que la información transaccional, crediticia, social y educativa que hoy reposa en sus sistemas representa un activo inexplorado de enorme valor estratégico.
Ahora bien, el problema no es la ausencia de datos, sino su fragmentación ya que cada área o sistema opera como una isla y esa desconexión impide que la organización vea a cada asociado como un todo; entonces, el desafío consiste en construir una visión 360° del asociado, donde converjan aportes, consumos, educación, participación y bienestar.
Las entidades que logren integrar y analizar sus datos podrán diseñar productos que acompañen el ciclo de vida de sus asociados, anticipar riesgos crediticios o de desvinculación, medir en tiempo real el impacto social y económico de sus programas, y crear valor diferencial basado en evidencia, no en intuición; el dato es la materia prima, pero la analítica es el proceso que lo convierte en conocimiento útil y cuando ese conocimiento se aplica al propósito solidario, surge algo poderoso: la inteligencia cooperativa.
Llegados a este punto, vale la pena profundizar en cómo se genera valor a partir de los datos dentro de las organizaciones solidarias ya que la analítica no actúa en un solo nivel, sino en tres dimensiones que se entrelazan constantemente.
En el plano operacional, ayuda a detectar ineficiencias, automatizar procesos y optimizar costos. Por ejemplo, identificar picos de demanda de crédito, mejorar la atención al asociado o detectar zonas con bajo nivel de digitalización. En el plano táctico, los datos se convierten en conocimiento del asociado; a partir de patrones de comportamiento y consumo, la organización puede segmentar su base social, anticipar necesidades y ofrecer servicios personalizados. Y en el plano estratégico, la toma de decisiones se basa en evidencia ya que los datos se convierten en insumo de la planeación estratégica y del gobierno corporativo, permitiendo construir tableros ejecutivos, medir impacto social y evaluar desempeño institucional. En resumen, la analítica no reemplaza la esencia solidaria, la amplifica.
Pero si hay un punto que marca la diferencia, es el de la gobernanza del dato, esto porque el dato solidario no es un recurso comercial, sino una expresión de confianza y su uso debe estar guiado por principios éticos, transparencia y gobernanza clara.
En el nuevo entorno regulatorio, la gobernanza del dato debe ser parte del ADN institucional, no solo del área de TI porque esto implica definir políticas sobre calidad, actualización, privacidad, seguridad y uso ético de la información. En Colombia, el Decreto 0769 de 2025 avanza en esa dirección, exigiendo reportes periódicos al Consejo de Administración sobre los avances en transformación digital y gestión tecnológica, colocando a los datos en el centro de la gobernanza organizacional; de esta forma, la transparencia digital se convierte en la nueva forma de rendición de cuentas.
Al hablar de transformación y colaboración, el Open Finance surge como una oportunidad única, ya que no solo abre datos financieros; también habilita nuevas formas de colaboración entre entidades solidarias.
Gracias a la interoperabilidad, las organizaciones pueden intercambiar información bajo consentimiento, construir ecosistemas de servicios integrados y desarrollar productos conjuntos; imaginemos un escenario donde varias cooperativas y fondos de empleados comparten información anonimizada para construir modelos predictivos comunes de riesgo, educación financiera o bienestar social; esa es la esencia del dato solidario compartido, poder usar la información colectiva para fortalecer al conjunto sin vulnerar la privacidad individual. Mientras la banca tradicional compite por volumen, el sector solidario puede diferenciarse por inteligencia colectiva, bajo este escenario, Open Finance es la infraestructura de la colaboración y la analítica, su motor de conocimiento.
Ahora bien, la verdadera transformación ocurre cuando la analítica se convierte en decisiones que mejoran la vida de las personas; veamos cómo sucede en la práctica; en primer lugar, está la analítica predictiva de crédito, los modelos de machine learning permiten anticipar la probabilidad de mora y ajustar políticas de riesgo y, en lugar de castigar al asociado con mayores tasas, la organización puede acompañarlo con educación financiera o soluciones flexibles.
En 2025, tanto el sistema financiero tradicional como el solidario enfrentaron un entorno crediticio más exigente, sin embargo, la diferencia radica en la capacidad de respuesta; las entidades solidarias pueden actuar preventivamente, usando modelos basados en comportamiento transaccional, participación social y hábitos de pago para detectar alertas tempranas y ofrecer acompañamiento personalizado.
También está la segmentación inteligente, toda vez que el análisis de comportamiento permite identificar segmentos como jóvenes digitales, familias en crecimiento o emprendedores locales, y adaptar productos y beneficios personalizados; en Colombia, este enfoque es más que una buena práctica, es una necesidad estratégica.
Uno de los desafíos más críticos del sector solidario es el envejecimiento de la base social y la baja participación de menores de 40 años; según la Supersolidaria, la proporción de asociados mayores de 60 años sigue en aumento, mientras que la entrada de personas menores de 40 años se mantiene en niveles bajos; frente a este panorama, la analítica permite detectar barreras de acceso, diseñar productos digitales de entrada, monitorear inactividad y activar estrategias de retención temprana toda vez que conocer al asociado a profundidad ya no es solo base de fidelización sino que es una condición de supervivencia.
Desde otra perspectiva, está la medición del impacto social, en razón a que los datos permiten cuantificar el valor social creado, es decir, el número de familias beneficiadas, la inclusión financiera, la generación de empleo y el retorno comunitario; estos indicadores fortalecen la legitimidad institucional y la rendición de cuentas.
Este enfoque se alinea con la Circular Externa 87 de 2025 de la Supersolidaria, que establece el Balance Social y el Beneficio Solidario como mecanismos obligatorios de reporte; la norma busca que las organizaciones midan y visibilicen su impacto social de forma estandarizada y verificable, integrando indicadores cuantitativos y cualitativos; así, la analítica de datos deja de ser solo una herramienta técnica y se convierte en un componente de gobernanza y sostenibilidad, capaz de demostrar con evidencia el propósito social del modelo solidario.
A todo esto se suma una frontera fascinante, la adquirencia cooperativa, el cual, considero uno de los avances más trascendentes del Decreto 0769 de 2025; es la posibilidad de que las entidades solidarias actúen como adquirentes, procesando pagos electrónicos y habilitando transacciones para comercios locales; esto no solo diversifica ingresos, sino que las conecta directamente con los ecosistemas digitales de pagos instantáneos; cada transacción genera datos sobre consumo local, flujo de efectivo y comportamiento financiero.
Con analítica avanzada, esa información puede transformarse en modelos de crédito alternativo basados en ventas reales, programas de fidelización, mapas de inclusión financiera o nuevos productos cooperativos integrados; la adquirencia no debe verse solo como un servicio financiero, sino como una plataforma de conocimiento compartido que fortalece decisiones, impulsa el comercio local y demuestra el impacto real del modelo solidario en la economía.
Todo esto nos lleva a una conclusión clave y es que la madurez digital no se mide por la infraestructura tecnológica, sino por la capacidad institucional de aprender de los datos; una organización data-driven toma decisiones basadas en evidencia, promueve una cultura analítica y entiende que el dato no es un archivo, sino una historia de confianza.
El siguiente paso será incorporar inteligencia artificial ética, capaz de procesar grandes volúmenes de información y ofrecer recomendaciones sin perder la esencia humana del modelo solidario.
La ecuación es clara: Datos + Propósito = Valor Sostenible.
Y aquí aparece el mayor desafío de todos, la cultura del dato ya que no hay transformación digital sin cambio cultural; las entidades solidarias deben formar a sus equipos y directivos en pensamiento analítico, lectura de indicadores y uso ético de la información; los Consejos de Administración deben incluir métricas basadas en datos en su agenda: evolución digital, confianza, lealtad, ciberseguridad y gobernanza.
Al hacerlo, los datos dejan de ser una herramienta técnica y se convierten en una competencia institucional.
La cultura del dato es, en esencia, cultura de transparencia y aprendizaje continuo.
El modelo solidario ha demostrado por más de un siglo que la colaboración puede ser más fuerte que la competencia; ahora, debe demostrar que la inteligencia colectiva puede ser más poderosa que la inteligencia artificial, cuando se guía por valores ya que en un mundo hiperconectado, los datos son el nuevo patrimonio de las organizaciones.
Su verdadero valor no está en la acumulación, sino en el uso responsable y compartido.
Las entidades solidarias pueden convertirse en guardianes éticos del dato, garantizando que la información se use para generar bienestar, inclusión y desarrollo local; además, ese es su diferencial frente a bancos digitales o big tech: la confianza humana en la era de los algoritmos.
El sector solidario se encuentra frente a un cambio de época; la apertura financiera, los pagos instantáneos y la economía digital no son amenazas, sino una invitación a evolucionar y solo aquellas organizaciones que logren transformar sus datos en decisiones y sus decisiones en bienestar liderarán el nuevo ciclo de inclusión financiera.
Quien aprenda a leer sus datos, escribirá su propio futuro digital.


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